Mostrando las entradas con la etiqueta asesinos seriales. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta asesinos seriales. Mostrar todas las entradas

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Lombroso, Landru & Landrú.

En el siglo XIX, por ejemplo, nos encontramos con el uso instrumental de la fotografía en según que prácticas administrativas privilegiadas y en los discursos profesionalizados de las nuevas ciencias sociales – antropología, criminología, anatomía médica, psiquiatría, salud pública, urbanismo, saneamiento, etcétera- (…) En la terminología de aquellos discursos, las clases trabajadoras, los pueblos colonizados, los criminales, los pobres, los habitantes de infraviviendas, los enfermos o los locos eran designados como los objetos pasivos (…) de conocimiento. Sometidos a una mirada escrutadora, forzados a emitir signos, pero apartados del control del significado, esos grupos eran representados e intencionadamente mostrados como incapaces de hablar, actuar u organizarse a sí mismos. La retórica de la documentación fotográfica en este período (…) es por tanto una retórica de precisión, medición, cálculo y comprobación, que separa sus objetos de conocimiento unos de otros, huye de la apelación emocional y la dramatización y hace depender su posición de reglas y protocolos de carácter técnico (…) Como estrategia de control, su éxito se ha exagerado en exceso; pero como estrategia de representación, sus argumentos y consecuencias permanecen en buen parte vigentes

John Tagg, El Peso de la Representación, 19-20.

Cesare Lombroso fue un teórico italiano, pionero en el naciente campo de la criminología. Lombroso creía que los criminales podían ser reconocidos mediante sus deformaciones físicas, que la criminalidad era una forma de imbecilidad hereditaria que se traslucía en los rasgos, en los labios simioides, el cráneo prominente, el ceño hirsuto, la piel rugosa y las uñas largas, el tamaño de las orejas. Impulsado por el fanatismo positivista de mitades a finales del siglo XIX y su manía por medir todo y compilarlo en grandes tratados que demostraban más allá de toda duda que el ser humano era un ser de hábitos regulares, Lombroso tuvo una gran prédica por Europa, justificando los prejuicios largamente arraigados de un continente que finalmente iba a conquistar al mundo.

La teoría de Lombroso estaba profundamente emparentada con esa otra maravillosa pseudociencia del siglo XIX que fue la frenología. La frenología establecía que los rasgos de la mente se encontraban arraigados en el cerebro, en una serie de “órganos” (que podían variar de 27 a 40 dependiendo del teórico) cuya utilización determinaba la manera en que tu cráneo crecía y modificaba las protuberancias de tu cabeza. Entonces, con la ayuda de manos expertamente entrenadas (“Iron Fist: Phrenologyst, a four issue mini-series by Howard Mackie and Ron Lim”) los frenólogos tocaban tu cabeza y determinaban si podías dedicarte a las artes o no, si la maldad anidaba en tu alma o si querías a tus hijos. La frenología tuvo una extensión bastante amplia en Europa entre el 1810 y 1840, momento en que las diferencias entre los frenólogos en cuestiones básicas y el desarrollo de los experimentos neurológicos en animales permitieron un mejor entendimiento del sistema nervioso y el cerebro. Luego resurgiría a finales del siglo XIX, ayudada en parte por la prédica de Lombroso y tendría gran éxito, de entre todos los lugares del mundo, en Bélgica, llegando al extremo de que los enviados de Su Majestad al Congo Belga (y presumiblemente el Tintín pre-iluminado) la utilizarían en los años 30 para determinar la supremacía de los Tutsis sobre los Hutus.


Lombroso, asimismo, se oponía a la escuela criminalística clásica, con ancianas raíces en las teorías políticas de Hobbes y Locke, en su idea fundamental de que existe una sociedad que debe ser sostenida continuamente ya sea por la aquiescencia de sus miembros o por la imposición de una fuerza legítima por el soberano. La teoría criminalística clásica, postulada entre otros por Beccaria y Bentham (y Bentham realizaría una reaparición en la obra de cierto sodomita calvo cuya influencia marca el trabajo de Tagg, cuya cita abre el post), concibe al crimen como algo inherente en un hombre racional que actúa en pos de una lógica de beneficio o detrimento. No hay un determinismo, sino solamente una oportunidad, y por ello se debe generar un código legal que castigue el crimen con la misma severidad con que se cometió. Una especie de código penal ideal, en la línea de la máxima economía racional. Cuerpo versus sociedad, determinismo versus racionalidad.

***

(Landru en le Petit Journal)

Henri Désiré Landru fue un criminal francés de la Primera Guerra Mundial. Su modus operandi consistía en citar mujeres a través de avisos clasificados, haciéndose pasar por un viudo de buena posición, seducirlas durante un tiempo, llevarlas a su villa en París y luego (una vez que le habían dado acceso a sus bienes, ya que Landru vivía de vender muebles usados) matarlas y quemarlas en su horno. Así mató a 11 víctimas entre 1914 y 1919. Finalmente apresado luego de la búsqueda de la hermana de una de sus víctimas, la policía encontró detallados libros donde anotaba las falsas identidades con las cuales contactaba a sus víctimas y cartas de amor. La investigación duró dos años, en los cuales, cada vez que Landru era interrogado negaba por completo cualquier tipo de involucramiento en algún crimen de esa naturaleza. “Sin cuerpos no hay crimen” era su razonamiento. Según los testimonios, Landru tenía una personalidad avasalladora, bordeando en lo caballeresco (“No puedo hablar de lo que sucedió entre Mme. Cuchet y yo sin la autorización de la dama” fue una de sus muchas respuestas) y con un gran sentido del humor. Finalmente fue llevado a juicio en noviembre de 1921 (el mismo mes en que se fundaron el Partido Fascista Nacional en Italia y el Partido Comunista Español) y luego de 25 días de testimonios se lo encontró culpable y se lo condenó a muerte. Tres meses después, el 23 de Febrero de 1922, el mismo estado que 30 años antes lo había nombrado sargento de sus fuerzas armadas lo decapitó haciendo uso de la guillotina, ese invento limpio y seguro de la revolución que le había dado origen.

Pero antes de morir le entregó a uno de sus abogados un dibujo, realizado por él mismo, de la cocina de su casa que incluía el horno donde quemaba a sus víctimas luego de descuartizarlas. El dibujo se mantuvo inédito hasta 1967. En el reverso, escrito en lápiz, decía “Ce n'est pas le mur derrière lequel il se passe quelque chose, mais bien la cuisinière dans laquelle on a brûlé quelque chose” que traducido sería algo así como (perdonen mi francés rudimentario) “No es el muro detrás del que sucede una cosa, sino la cocina en la que se quema alguna cosa”.

 (El dibujo del propio Landru)

(En 1993 Landru aparecería sano y salvo en un“Especial de Invierno” del Dr. Strange, como el propietario de una tienda de cráneos. Lo cual convierte a Stephen Strange no solo en propietario de esclavos orientales sino también en amigo de famosos asesinos seriales.)

***


Landrú es Juan Carlos Colombres, humorista gráfico y caricaturista argentino activo entre mitades de la década del 40 y principios del 2000. En sus primeros años de carrera firmaba con su nombre hasta que publica, en el 45, su primer dibujo político. En él se ve a un gordito que escribe MUERA PERÓN en un muro. Ante la llegada de un policía continua la escritura con trazo tembloroso (el mismo trazo tembloroso que caracterizó a Landrú toda su carrera) hasta convertirlo en un MUERA PERONBORINI. Entonces “intuyendo cierto peligro firmé ese dibujo con las iniciales J.C., y empecé a sentir la necesidad de encontrar un seudónimo. Trabajaba en la administración pública y se venían tiempos difíciles… Fue entonces cuando el hijo de Lino Palacio me dijo que si yo usara barba sería igualito al asesino francés Landru, de modo que decidí adoptarlo como seudónimo, castellanizándolo con un acento en la u.” (Landrú por Landrú, Apuntes para una autobiografía).



Luego de la década peronista, fundó la revista Tía Vicenta, que durante casi 10 años fue la revista más popular de sátira política en Argentina. En ella la identificación del autor con el seudónimo sería tal que todas las fotos que apareciesen “de” Landrú serían en realidad fotos del asesino, con su tradicional barba de enanito, fotos que por otro lado procedían de la colección personal del dibujante, quién era un archivista fascinado con todo lo anacrónico. Hasta el día de hoy me cuesta acostumbrarme a sus fotos reales, en las que aparece lampiño y sonriente. Asimismo, comenzaría a dibujarse como una representación del seductor parisino, con barba y sombrero. Por otro lado, la imagen de Don Juan de Landru seguramente le gustaba a Landrú, quién en su revista patentó expresiones tales como Villa Cariño y quién era un afamado y regular concurrente a boites y discos, fanático de la cumbia, el cha cha cha y el twist (a mitades de los 60 intentó abrir una boite en San Telmo, proyecto que parecería que no llegó a nada). Incluso uno de sus personajes, Jacinto W. El Reblan es un viejito verde que todo el tiempo quiere apio y ostras y bailar con negras pulposas.


Ahora bien, dentro de Tía Vicenta, Landrú se dedicará esporádicamente, a lo largo de sus 9 años de historia, a realizar análisis lombrosianos de las principales figuras de la política del momento. En ellos, realiza la operación tradicional de la caricatura (exponer en la piel aquello que se supone oculto) de una manera metódica y extensiva. Cada político muestra en la cara su ideología, una ideología oculta que de alguna manera los maneja como si fuesen títeres, como si detrás de sus ojos tuviesen otros seres humanos que mueven sus órganos cerebrales. Es una operación de revelación que tiene algo de vindicativo, de furia del ciudadano descargándose en la cara, y no es casualidad que tanto Frondizi como Gómez y Onganía ellos tengan el ceño fruncido y la cara enojada, mientras que Castro parece un vociferante y Guido tiene cara de pobrecito. El único que sonríe es Alsogaray, como si ocultase una gran broma privada a costa de la audiencia. En este tratar a los políticos como criminales, la actitud y la furia no es tan diferente de la famosa turba iracunda.


Frondizi entonces tiene “depuestismo encubierto” (depuestismo = peronismo, una manera de referirse a su pacto con Perón), Gómez, su vicepresidente, acusado de conspirar en su contra con el ejército sufre de “complotismo crónico”, Fidel Castro oculta en su diente de oro “su oculto anhelo de convertirse en capitalista” y la mitad de los rasgos de José María Guido (presidente débil encumbrado luego del golpe a Frondizi) son síntomas del pánico a algún militar.

Una excepción y una ausencia. Onganía aparece representado como un dechado de virtudes, en un momento de mucho poder político personal luego de haber resuelto la salida institucional al golpe de Frondizi. La caracterización positiva es un juego con el anuncio de ser un número dirigido por El Generalísimo, pero al mismo tiempo porta una ironía adivinatoria macabra: Onganía cerraría la revista 3 años después. 


El ausente es Illia. Arturo el bueno. El presidente del 23%. El que, cuenta la leyenda, fue derrocado por los dibujos y textos que lo describían como lento, inepto, provinciano, anciano, aburrido, cansino y de miras cortas. La tortuga. Quizás su figura no aparece porque no encontré la revista donde se publicó. Quizás no aparece porque, a pesar de su imagen negativa, algo que nunca se le cuestiono fue su honestidad. Quizás era demasiado poco importante como para incitar una respuesta de esa magnitud. Quizás sencillamente se olvidaron de él.


También falta uno con cara manchada y sonrisa prominente, pero en esa época a ese no se lo encontraba en todo el país. 

jueves, 6 de diciembre de 2007

The Lurker In The Dark.



Hará una semana vi “Zodiac” de David Fincher, después de mucho tiempo y muchas recomendaciones. La película, para hacerla corta, me pareció excelente. Es lo mejor que de Fincher, sin lugar a dudas. Los meritos de la película son varios, pero me parece que nos podemos concentrar en dos cosas: en primer lugar, en los personajes. Los 3 protagonistas son enormes personajes, muy bien delineados. Si bien a Donnie Darko se le va un poco la mano con los manierismos de tipo nervioso (cosa que a mí no me molestó tanto, creo que es en lo mejor en lo que actuó desde la película del conejo perturbador), los otros dos están excelentes. Obviamente no podíamos esperar menos del GRAN Robert Downey Jr., uno de esos actores únicos, como Christopher Walken, que transforman cualquier película en la que actúan. Automáticamente deja de ser “buena” o “mala” para pasar a ser “una película con Christopher Walken”. O con Robert Downey Jr.
La otra sorpresa es Mark Ruffalo, que logra un policía que al mismo tiempo parece una reminiscencia de aquellos duros vigilantes de los 70 (hasta lo comparan con Bullitt, por dios!) pero con enormes toques de humor y una buena dosis de autoconciencia. Combina afabilidad y detalles humanizantes con una plena conciencia de que en cualquier momento te puede partir un brazo.
Pero es el segundo elemento el más interesante y tiene que ver con la manera en que pinta al mal: como un agujero negro por el que los protagonistas se pierden. Lo mejor del film es que el mal no tiene cara, que las pistas se acumulan, formando pilas y pilas y pilas de papel inservible, incriminando a uno y a otro, pero jamás resolviéndose. La tesis, muy similar a la de “The Thing”, es que el mal es multiforme, que nos rodea, que podría ser cualquiera de nosotros y que la búsqueda de justicia es algo fútil en este mundo.
Al mismo tiempo, al centrarse en un caso sin solución, un asesino serial sin cara, la película lo eleva, lo transforma, volviéndolo el arquetipo del “cuco”, del “hombre de la bolsa”. El Zodiaco es casi sobrenatural, una presencia siempre ominosa pero nunca descubierta. Y hay un elemento que demuestra la genialidad de Fincher: el uso de la canción “Hurdy Gurdy Man” de Donovan al final de la película. A pesar de haberla escuchado miles de veces antes de ver “Zodiac”, hoy por hoy puedo decir con seguridad que me va a costar horrores no pensarla como un elemento fundamental de la película.
Porque funciona tan bien. “Hurdy Gurdy Man” es una canción hippie, completamente. Incluida en un disco compuesto por Donovan poco después de volver a la India (acompañado, entre otros, por los Beatles y Mike Love), como gran parte de la obra del pequeño escocés en los 60 es uno de esos himnos al amor, las flores, el pelo largo y todas esas boludeces.
Ahora bien, yo detesto al hippismo, pero con Donovan nunca tuve problemas. ¿Porque? Creo que es porque lo que para mi constituye la base de la música de Donovan tiene mas que ver con una tradición pastoral, infantil, de cuento de hadas inglés que con un verdadero apego al flower power (chequeen el sublime “H.M.S. Donovan”* para entender de lo que estoy hablando). Si bien es parte del zeitgeist, muy felizmente, yo siento que su música esta filtrada por una óptica literata y (a falta de mejor palabra) whimsical que lo emparenta más con gente como Lewis Carroll y J.M. Barrie que con, no se, Jefferson Airplane.



La genialidad de Finch reside en entender perfectamente esta aura y darla vuelta. Donde antes el Hurdy Gurdy Man era o un personaje de cuentos infantiles que trae caramelos y felicidad o un guru misterioso que trae ácido y felicidad (que es mas o menos lo mismo, si lo piensan), en el contexto de Zodiaco es El Cuco, el hombre malo que sale de la oscuridad y te dispara en el cuello con pistola y silenciador. Esa inversión que realiza Fincher es aun más terrorífica porque los asesinatos comienzan justo cuando el verano del amor estaba llegando a su fin. Y justamente en San Francisco. El Zodiaco también es un producto de los 60, el resabio, el aborto oscuro de una época que se suponía destinada a la gloria. Un virus mucho mejor adaptado al mundo que los sueños de amor libre y felicidad y que por lo tanto resiste en esa década de esperanzas destrozadas que son los 70.
Es la materia de la que están hechos nuestros sueños convertida en una cabeza dada vuelta, piernas tentaculares y ojos alienígenos saliendo del cuello. Y creo que el impacto de esa canción al final de “Zodiac” va a perseguirme por siempre.

***

Thrown like a star in my vast sleep
I'm opening my eyes to take a peep

To find that I was by the sea
Gazing with tranquility


'Twas then when the hurdy gurdy man

Came singing songs of love

Then when the hurdy gurdy man

Came singing songs of love

Hurdy gurdy, hurdy gurdy, hurdy gurdy gurdy he sang
Hurdy gurdy, hurdy gurdy, hurdy gurdy gurdy he sang

Hurdy gurdy, hurdy gurdy, hurdy gurdy gurdy he sang


Histories of ages past

Unenlightened shadows cast

Down through all eternity

The crying of humanity


'Tis then when the hurdy gurdy man

Comes singing songs of love

Then when the hurdy gurdy man

Comes singing songs of love

Hurdy gurdy, hurdy gurdy, hurdy gurdy gurdy he sang
Hurdy gurdy, hurdy gurdy, hurdy gurdy, hurdy gurdy hurdy gurd

Hurdy gurdy, hurdy gurdy, hurdy gurdy gurdy he sang

Hurdy gurdy, hurdy gurdy, hurdy gurdy gurdy he sang


Here comes the roly-poly man

He's singing songs of love

Roly poly, roly poly, roly poly poly he sang

Hurdy gurdy, hurdy gurdy, hurdy gurdy gurdy he sang

Hurdy gurdy, hurdy gurdy, hurdy gurdy gurdy he sang
Roly poly, roly poly, roly poly poly he sang

***



Sin embargo, ya existe un gemelo deforme de “Hurdy Gurdy Man”: el cover de los Butthole Surfers. Si bien no cuenta con el nivel de malignidad en el que la recontextualización de Fincher coloca a la canción, en la gloriosa tradición de los B.S. logran hacerla sonar como una canción del infierno, como la versión lisiada, con quemaduras de tercer grado del original.
Lo logran con muy pocos elementos. Básicamente lo que hacen es amplificar al mango las propiedades psicodélicas inherentes en la composición, pasando la voz en reverso de manera que quede como una especie de balbuceo estuporoso y utilizando las guitarras como largos, larguísimos, lamentos producidos por un vagabundo en ácido. Todas esas propiedades están en la canción original, que tiene un componente de repetición y drone muy grande, pero en manos de los Buttholes, esos adorables freaks (los verdaderos fearless freaks son ellos, no los maricas de los Flaming Lips), la canción se transforma a su imagen y semejanza. Esto es: fea, amenazadora, ligeramente inquietante y siempre, siempre, proviniendo de un lugar lleno de niebla en el que pulula un grupo de locos escapados de un manicomio.
Es una versión fabulosa porque es un espejo oscuro, porque toma todo lo que era bueno en la canción y lo vuelve payasesco. Pero payasesco a la manera de los Surfers, lo cual quiere decir que en cualquier momento podemos tener una nariz de goma en fuego o unos pantalones gigantes manchados de sangre.
Creo que lo mas genial de la versión (que acá hago sonar como mas maligna de lo que en realidad es, pero los texanos locos siempre supieron ponerle muchísimo humor a sus veladas amenazas) es el oscurecimiento de la voz. Si leen la letra van a ver que es casi una idiotez, un compendio de optimismo y sol. Al volver la letra incomprensible los Surfers nos dicen que el optimismo, el sol, la bondad, el amor, son cosas pantanosas en el mejor de los casos, oscurecidas por las nubes, por la mancha negra que es la humanidad y la locura, que se extiende como brea impidiendo la comunicación. Y que todo esto puede residir en los lugares más insospechados, en la noche, producto de nuestros sueños, esperando oculto para saltarnos por la espalda como un duende de colmillos afilados.

Donovan - Hurdy Gurdy Man
Butthole Surfers - Hurdy Gurdy Man

(*Fé de erratas: puse "A Gift From A Flower To A Garden" cuando en realidad pensaba en "H.M.S. Donovan", disco precioso e increíble de canciones infantiles, en el que se da el gusto de ponerle música a gente como Carroll, Lear y Yeats. Búsquenlo porque vale MUCHO la pena.)