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jueves, 7 de febrero de 2013

El Proyecto JLA (Parte 03).


JLA #01 (1996).

Finalmente, llegamos al segundo relanzamiento que vale la pena de la Liga post-Crisis. Y el último, por ahora. Le entregan a Grant Morrison, quién en aquel entonces todavía no era una super-estrella, las llaves del auto familiar. Y éste realiza, por primera vez en un escenario tan grande, su tradicional operación de nuevo-y-viejo. Rescatar lo viejo que vale la pena, el concepto principal, y rodearlo de ideas nuevas, de una pintura totalmente moderna, que confunde a los puristas pero oculta un corazón clásico.

La JLA de Morrison (y ahora es JLA, como si eso sencillamente significase TODO, ya no importa si es de América o si es de Justicia, es una sigla, un sello, una agencia gubernamental, un mantra) es un retorno a la idea de los Superhéroes Más Grandes Del Mundo. Pero acompañados de desafíos (y un estilo taquigráfico de escritura) acorde a los grandes momentos que se supone que viven estos seres. La Liga de Morrison está hecha de situaciones en las cuales todo parece perdido, de grandes frases, de escenas en las cuales con uno o dos gestos corta al núcleo de los personajes, de rescates de último minuto. Como el “I know who you are” del primer arco, o la bala al cerebro de Darkseid, o el ojo parpadeando bajo el lago.

Para acompañar este retorno a la grandeza, Morrison redujo en principio el elenco a los “Siete Grandes”, uno de los detalles más recordados de esta época, pero que olvida que prontamente la pobló de múltiples personajes secundarios. Y lo curioso es que esas adiciones son totalmente de su época: Steel, Aztek, Zauriel, Oracle, son todos personajes solo posibles a mitad de los 90s, que la vuelven totalmente de su tiempo, de una buena manera. Como toda serie de Morrison, todo apunta a un final pre-ordenado al principio, al combate contra un enemigo final. JLA, sin embargo, es una serie donde  Morrison estructura los arcos de una forma continuamente creciente. Siempre pensé que es en esta serie donde el escocés de algún modo inventa aquello que luego será conocido como el estilo wide-screen de comics, un par de años antes que The Authority. La diferencia es que Ellis tenía un concepto y a Bryan Hitch, mientras que Morrison solo tenía una idea difusa y a Howard Porter (cuyo dibujo plástico, brillante, colorido, carente de perspectiva y de narración clara es quizás el defecto más grande de este período).

El primer número es un affaire bastante tranquilo en el que se nos presentan a los nuevos villanos, se ataca a los héroes y se los junta a todos en un mismo lugar (exceptuando a Aquaman, que aparece recién en el próximo número). En comparación con los comics actuales, sin embargo, es una aventura rapidísima. A la vez, todo el primer arco saca parte de su inspiración (y sus títulos!) del sustrato de ciencia ficción absurdo que también cubrió a la primera JLA, la de los sesentas, con sus Kanjar Ro’s, Gamma Gongs, Desperos y Starros. Todo lo viejo es nuevo de nuevo pero de una manera que resalta lo maravilloso y obvia lo aburrido. En el medio del número, está la clásica destrucción del viejo equipo post-Zero Hour, que en la práctica ya no existía más.

Hay una cierta generación de lector que creció en los 80s y se vio arruinado por la rápida sucesión de la Liga de Giffen y la Liga de Morrison. Pensamos, por un breve tiempo, que la liga podría ser sobre ALGO, que podría ser un comic divertido, o un comic grandioso, y no solamente la colección de un montón de personajes taquilleros. Los próximos relanzamientos se encargarán de probarnos lo contrario.

La base que estableció Morrison durará bastante tiempo, siendo continuado con diverso éxito por Mark Waid y Joe Kelly, a pesar de que con el tiempo serían víctimas de la erosión tan común en la Liga que hace que la mayoría de los personajes importantes desaparezcan para ser reemplazados por segundones. El último clavo en el cajón de esta versión sería Identity Crisis, que haría estallar la imagen de los héroes más puros del mundo yendo al pasado y violándolo, específicamente la etapa del satélite, la más recordada de la JLA clásica. Si Morrison intentó volver a Gardner Fox con una sensibilidad futurista, Identity Crisis avanza a los 70s y los deforma en sintonía con un absurdo deseo de relevancia, en un comic que siempre estuvo mejor cuando solamente trataba sobre héroes brillantes y sonrientes. Luego vendría Superboy Prime y sus puños y no habría mejor momento para realizar un nuevo relanzamiento.




Justice League of America #01 (2006).

Este relanzamiento se sucede a Identity Crisis e Infinite Crisis, esos dos pedazos de mierda con forma de “historia” que machacaron insistentemente sobre la disolución de la “trinidad” (otro concepto innecesario) de Batman, Wonder Woman y Superman mediante la sospecha, la paranoia y el actuar salvajemente fuera de personaje.

Encargada la Liga a Brad Meltzer (también responsable de Identity Crisis), uno de los tipos con éxito más inexplicables de la faz de la tierra, su objetivo sería reconstruir aquello que rompió con un estilo de escritura de cuarta: esa confianza, esa “amistad”, entre los héroes más grandes de DC. Y ese propósito lo resuelve sentándolos durante 22 páginas a discutir el futuro plantel de la Liga de la Justicia en la Baticueva. Una cosa insufrible e insoportable donde los personajes se llaman continuamente por su nombre de pila, donde se pasan fotos en donde están un montón de héroes y votan, deciden quién entra y quién no, como si fuesen el comité de una multinacional en una especie de búsqueda de trabajo. Pero sacándose la ficha continuamente porque ESTA GENTE SE CONOCE Y SE QUIERE MUCHO.

Hay pocas palabras para describir el asco que me produce este relanzamiento de la Liga. Meltzer es un patán sin talento, que escribe como si nunca jamás hubiese visto a personas reales hablar, cuya comprensión del género superheroico se reduce a la formula “spandex + lágrimas”. Encima está acompañado por el infame Ed Benes, un tipo que jamás debería haberse elevado de dibujar cosas como Bloodsport o Brigade o alguna otra serie de Image de los 90s, pero por algún error del destino, la mitad de los 2000s lo encuentran en la devaluada posición de artista hot. Dibuja como era de esperar de él: cuerpos absurdos, mucho cross hatching, caras con emociones implausibles, culos brillantes. Ed Benes es un atentado contra tus ojos y dibujaba el título más importante de DC Comics.

Además, la formación del equipo de Meltzer está empapada de nostalgia, nostalgia por lo peor de una época de la Liga (el satélite) que, como vimos, si bien es mejor que sus primeros años, tampoco es ninguna maravilla. Le encanta Red Tornado. De hecho todo el primer arco argumental está construido alrededor de Red Tornado. Red Tornado, gente. El clon de la Visión que crearon para que los chicos modernos tengan su propio androide con sentimientos en el Universo DC. En primer lugar: en mi corazón hay solo lugar para un robot con sentimientos y ese es ROBOTMAN. En segundo lugar, Red Tornado nunca tuvo una personalidad, ni una gracia, ni un rasgo distintivo. Bah, quizás solo su traje (que es un buen traje desperdiciado en un personaje de mierda). Es curioso pensar que es el único personaje de la Liga clásica que no fue re-habilitado y re-aprovechado de una manera moderna en la época de la caracterización superheroica contemporánea, o sea, la que se abre luego de Daredevil de Miller. ¿Y saben por qué es eso? Porque es un personaje de mierda. Es un llorón con una esposa aburridísima y poderes sobre los vientos y una hija que nadie sabe de donde salió. En este comic su esposa se pasa al menos 10 cuadritos con lágrimas corriéndole por los cachetes.

Después el equipo está compuesto por perdedores o sujetos interesantes a los que Meltzer intenta volver lo más aburridos posibles. Vixen, sin un rastro de su crecimiento en Suicide Squad, Black Lightning en el rol de “heroe-que-hizo-cosas-malas-y-sabe-moverse-en-el-inframundo-criminal-pero-tiene-conciencia”, Black Canary sin sal, Hal Jordan (y todos sabemos que Hal Jordan es el personaje más aburrido del mundo) y otros que no recuerdo. Bah, si, recuerdo a Red Arrow, ese intento risible de rehabilitar a Roy Harper, el ex sidekick de Green Arrow cuya mayor gracia es haber sido adicto a la heroína. Pero la manera en que lo escribe Meltzer, dios mío, como un cancherito con chivita que hace chistes sobre viejos y es muy cool a pesar de tener una hija. Dios santo, todo en esta Liga de la Justicia está TAN MAL.

Al abandonar la acción cósmica, no encuentra nada para reemplazarla, e intenta reemplazarla con lugares comunes de autoayuda y con la peor caracterización del mundo. La Liga siempre fue un acto de balance entre caracterización y acción (como cualquier grupo de superhéroes) pero a Meltzer no le interesa escribir acción y es HORRIBLE en la caracterización. Entonces queda una cáscara sin sentido, que huele a años setentas recalentados, al recuerdo difuso y equivocado de una época de gloria que no fue tal. Meltzer se iría luego de 12 números y la serie caería en un limbo de desprestigio, progresiva caída de ventas y micro-management por parte del equipo editorial de DC Comics, que la vería envuelta en eventos absurdos, desviaría sus historias continuamente y básicamente la haría caer en la irrelevancia, a pesar de los valerosos esfuerzos de Dwayne McDuffie y James Robinson.

Por otro lado, si uno ve la tapa del número 1 (esa agrupación gigante de héroes donde se mezclan Superman y Batman con Star Spangled Kid y el nuevo Blue Beetle) parece premonitoria de una despedida del DCU post-Crisis. Ese DCU conflictivo, hecho de retazos y parches de continuidad pero a la vez inmensamente creativo y particular. Quizás los mejores 25 años de la editorial a nivel de producción de ideas y de autores. El próximo y último relanzamiento ya será en un panorama muy muy cambiado.


Justice League #01 (2011).

Y finalmente llegamos al comic que me hizo dar ganas de escribir todo esta masa de cosas, el relanzamiento dentro del marco del New (ya cada vez menos New) 52, hace un año y medio. El comic más vendido del 2011, creo. ¡Jim Lee! ¡Geoff Johns! ¡Los seis grandes más Cyborg! ¡Darkseid! ¡Parademonios!

Y bueno, nada, es un comic mediocre, como casi todo el New 52. No es espantoso como la JLA de Meltzer, pero tampoco es muy genial. El primer número está dedicado a Batman y Green Lantern y como se encuentran y se llevan mal y cazan un parademonio y buscan a Superman en Metrópolis. El arco inicial es una clásica “reunión de fuerzas” en la que se enfrentan a una amenaza superior que todos ellos y terminan triunfando y aprendiendo a confiar el uno en el otro. Ah, cuanto han cambiado los tiempos desde que en su lanzamiento la JLA se enfrentaba a Starro, porque ahora su némesis es nada menos que Darkseid. Es un poco triste la sobre-exposición de Darkseid en el Universo DC, la falta de otro villano cósmico a su escala, el continuo desaprovechar gracias a trucos baratos de alternativas como el Anti Monitor, Nekron o Parallax. En fin. Y saludos a Geoff Johns por escribir un Darkseid que no tiene ABSOLUTAMENTE NADA de amenazante. Es un pedazo de granito que se para en un lugar y tira unos rayos, pero no queda nada del tirano intergaláctico cuya sola presencia debería ser suficiente para darte pesadillas. ¿Donde están las frases memorables, la sensación de que una vez que Darkseid te mira a los ojos toda tu individualidad es borrada para siempre, la reptante degradación? Para Geoff Johns Darkseid es solamente un musculoso de otro planeta. Y para eso ya tenemos a Mongul.

Johns intenta reconstruir la JLA sobre la base de la amistad, una vez más, y como en toda construcción de este tipo elige iniciar la historia en el momento en que todavía se tienen desconfianza y crecen a depender el uno del otro. El problema es que todo parece tremendamente forzado. El pacto de amistad se sella en una escena absurda en que Batman se desenmascara frente a Hal Jordan y le dice quién es. Somos sometidos a la escuela de caracterización Geoff Johns, en el cual todos los personajes son reducidos a un rasgo característico que luego es machacado una y otra vez convirtiéndose en toda su motivación. De algún modo, en la idea de amistad dentro de un equipo y en cierta caracterización que resalta lo peculiar de cada personaje, ésta Liga parecería tomar una página de los New Avengers de Bendis, una vez más atrasando con los tiempos. Es otro ejemplo de la rara mezcla de viejo y viejo del New DCU. Es como un hombre de setenta años vistiendo las ropas de un tipo de cuarenta. Una pátina de pintura noventista ya rancia sobre ideas de los ochenta.

El problema es que un universo ficcional es una cosa frágil, y cuando reseteas y reacomodás las piezas, al principio nunca va a parecer una cosa natural. Y tarde o temprano, el orden natural se reimpone. Este primer arco sirve, además, como origen de Cyborg, que ahora es un miembro imprescindible de la Liga, a pesar de que nunca se nos muestre el por qué con acciones. Es el clásico implante que intenta refrescar con la renovación de una pieza un conjunto de ideas nada nuevas. Es un pedazo de aglomerado fácil de cambiar de nuevo.

Lo que creo haber descubierto escribiendo esto es que la Liga es un animal muy extraño: no tiene concepto y funciona mejor cuando 1) o esa falta de concepto está a la vista y no se intenta hacer nada con sus personajes (la JLA de Morrison) o 2) cuando se la cambia tanto que su concepto es otro y prácticamente podría no ser la Liga (Giffen). No podés tener a Superman, Batman, Wonder Woman y etc. y pretender cambiar su dinámica o volverlos amigos o amantes. Si podés contar grandes historias cósmicas totalmente vacías de sentimiento. No podés tener avance y espectáculo al mismo tiempo. Al menos no en la Liga. Y esa es la espada en la que generaciones de guionistas procedentes de las fabricas de carne de la industria del comic norteamericano se van a seguir inmolando por siempre. 

miércoles, 11 de marzo de 2009

El Mayor Espectáculo Sobre La Tierra (pt. 2)

New Gods A Go-Go!
(Final Crisis #01-07, Superman Beyond 3d#1-2, Final Crisis: Submit, Batman #682-683, leidos según el orden del autor. Advierto que todo el artículo es un gran spoiler, eh!)

Sorprende el modo en que Final Crisis parece estructurada de manera diametralmente opuesta a Secret Invasion. En primer lugar, porque es prácticamente auto-contenida. Lo único que hace falta para entenderla son los 7 números de la miniserie principal más otros 5 tie-ins escritos por Morrison (Submit, Superman Beyond y los dos números últimos números de su Batman), lo cual le da una longitud muy similar a la de la Crisis original. En segundo lugar, el acercamiento de Morrison a la escritura de la serie podría resumirse en “nada de detalle innecesario”. El escocés lleva la técnica con la que viene trabajando en los últimos años hasta sus últimos extremos en FC, volviéndola una serie completamente densa en la que en ningún momento se toma un segundo para dar una explicación redundante, para explicitar cosas que sus lectores pueden inferir. No existen captions de lugar o tiempo, el diálogo es espartano, reducido a su mínima expresión y las escenas se suceden rápidamente, saltando de un lugar a otro sin dar muchas explicaciones. Es un comic hiper-comprimido que, sin embargo, arranca de manera relativamente sedada para ir aumentando la velocidad de lo que sucede número a número hasta llegar al final, una especie de cacofonía en la que saltamos de escena a escena casi a un ritmo de un cuadrito por vez, donde todos los infinitos conceptos del universo DC chocan y se mezclan en una salsa deliciosa.


Final Crisis es diametralmente opuesta a Secret Invasion desde su inicio, si la de Marvel concluye con el triunfo del mal, Final Crisis parte de esa premisa. Darkseid ganó la guerra contra los New Gods, causando la destrucción del Fourth World y, cayendo hacia atrás en el tiempo luego de la batalla, se instala en la tierra decidido, de una vez y por todas, a unificar a toda la raza humana mediante la ecuación de la anti vida en una sola entidad, Darkseid, eterno e infinito. Vemos, así, que el homenaje que el escocés le viene dando al Rey Kirby en los últimos años aquí se vuelve explícito, y si, es una serie que se aprovecha grandemente de los conceptos que cedio al DCU (y hasta les da su propia tierra!, pero me estoy adelantando), pero intentando coserlos y actualizarlos al universo DC actual.
Los héroes, por una vez, no tienen idea de lo que pasa, se enteran tarde y los primeros 3 números de la serie están empapados de una sensación espantosa de derrota y terror. El Martian Manhunter es asesinado, Batman es capturado por los dioses oscuros, Wonder Woman poseída y Superman tiene que abandonar ese universo en búsqueda de la salvación de Lois Lane. Al mismo tiempo, seguimos la decadencia de los Monitores, esa raza de policías del multiverso que habían aparecido por primera vez (en versión singular) en Crisis On Infinite Earths, y observamos como Nix Uotan, el monitor más joven y progresista, es exiliado a la tierra por fallar en la defensa de su universo. La única esperanza parece estar en un extraño símbolo que le dio Metron, el nuevo dios del conocimiento, al primer hombre.



El otro día le decía a Dario que, para mi, la diferencia fundamental entre Morrison y Moore es que Moore es un formalista, un tipo preocupadísimo por la estructura y porque las historias funcionen, lo cual en general le da un aire más frío y cerebral a sus trabajos, mientras que Morrison es un entusiasta, un tipo preocupado por la emoción y la sensación que transmiten sus trabajos, que adopta estructuras pero muchas veces está dispuesto a tirarlas por la ventana cuando se ponen en el camino de una escena o una sensación que quiere desarrollar. Bueno, los 3 primeros números de Final Crisis son exactamente eso: un momento completamente lóbrego y depresivo, todo fatalidad y terror. Al final del número 3 Darkseid ya ha extendido la ecuación de la anti-vida por toda la tierra, un número que concluye con los Flashes (Wally West y Barry Allen, que retorna y en tres escenas ya es un personaje simpatiquísimo) apareciendo en la tierra un mes luego de esto, para ver esta increíble escena:


Pero detrás de todo esto, Final Crisis es directamente una historia sobre historias, una bestia rarísima y sumamente metaficcional (como todo el trabajo del pelado escocés) que es sorprendente que le hayan dejado publicar de ese modo. Lo novedoso del acercamiento de Morrison al crossover es que concibe al Universo DC como entidad (no como hilo-de-historias-conectadas como en Marvel) como el protagonista, por encima de los personajes individuales. El universo DC como organismo productor de historias infinitas, de diversidad interminable. Y, aún más allá, el Universo DC como Multiverso, como infinitas posibilidades. Lo hermoso es que (con la posible excepción del número siete) siempre esta exploración esta anclada en perfectas escenas que telegrafían en unas pocas líneas lo que es genial de sus habitantes. Green Arrow con su actitud izquierdista de cartón, por primera vez cómica en vez de exasperante (“¡Si alguien se deja seducir por esta basura autoritaria y militarista voy a probar que tenía toda la razón sobre todo!”), Barry Allen como científico ultra genial y encarnación de la Silver Age (cada vez que dice “Flash fact” uno simplemente confía en el tipo), Black Canary como líder súper-eficiente, Supergirl como curiosidad y compasión. Todos tienen su escenita (junto con muchos otros) y el pelado en general acierta totalmente en su caracterización, destilándolos a su más pura esencia.
Y esto se balancea con su concepción sobre la magnitud gigantesca de un crossover que, encima, es de la línea Crisis. Cualquier aproximación que no incluya TODO no esta bien. Esto se pone muy en evidencia en Superman Beyond, que esta diseñado para ingresar en el hueco que se arma entre el número 3 y el 4.
Bellamente ilustrada por Doug Mahnke, Superman Beyond es una de esas aventuras supremas del hombre de azul. El “alien” es reclutado por una Monitor para salvar su civilización y el multiverso mismo de la destrucción de Mandrakk, el monitor oscuro. Lo acompañan, en una nave que parece el Submarino Amarillo, cuatro de sus versiones análogas de otras tierras: el Captain Marvel de Tierra 5; Overman, el Superman nazi; Ultraman, del Crime Syndicate of Amerika; y el Capitán Allen Adam, básicamente el Captain Atom en su versión Dr. Manhattan (y juro que algún día escribiré ese artículo sobre la “ansiedad de la influencia” Moore-Morrison).


En Superman Beyond es donde se revela gran parte del trasfondo metaficcional y de la historia-sobre-historias que esta escribiendo Morrison y es, también, donde se hace uso de la metáfora musical para describir al universo DC. El multiverso “vibra” con la música celestial de cada uno de sus planos en perfecta armonía, cada uno creciendo y multiplicando lo que es posible. Morrison equipara al universo DC con la creatividad y la diversidad. A lo largo de la serie vemos como casi todos los personajes principales expresan una creatividad permanente: Supergirl en su departamento repleto de pinturas y elementos de costura para realizar nuevos trajes, los Green Lanterns con sus anillos de imaginación, el Tattooed Man con sus tatuajes vivos, Nix Uotan, el monitor exiliado, dibujando las visiones del multiverso que aun recuerda, Batman utilizando toda su vida (que es, sobre todo, una vida de creatividad, de los esfuerzos de miles de artistas por contar algo sobre un personaje) como un arma, el Super Young Team, héroes japoneses obsesionados con la fama introducidos en el segundo número, usando su ingenio para volverse superhéroes. Frente a esto está Darkseid, el fin de la diversidad y la elección, el tirano supremo, un Hitler (o, quizás, Stalin) perfecto, que quiere acabar con el disenso, la posibilidad de un ser humano para elegir y pensar por si mismo, de crear su propia vida e historia hasta el punto cósmico de que todo sea él.
Pero detrás de Darkseid hay un villano aún peor, que aparece en Superman Beyond. La idea básica es la siguiente: el universo DC esta “contenido” adentro de una conciencia cósmica interminable que solo se conoce como MONITOR. Esa conciencia, similar a una supercomputadora, no piensa ni decide, solo es, y representa un plano de existencia superior, incomprensible para lo que nosotros conocemos como personajes. Pero MONITOR se encuentra un día con una falla, una “herida”, en su interior: el multiverso, alimentado por The Bleed, ese pasaje entre mundos sangriento creado por Warren Ellis para The Authority. Intrigado por lo que encuentra aquí, envía una sonda, que descubre que el multiverso esta habitado por…historias. Héroes, villanos, principios y finales. La sonda desciende y se divide en dos, el Monitor y el Anti-Monitor de la Crisis original, vive su propia historia dentro del universo DC y luego, shockeado por la significación de lo vivido, retorna a MONITOR. Esta imprevisibilidad narrativa perturba tanto a MONITOR que crea, sobre la “herida” del multiverso, una forma de contenerla, que toma la forma de la Orrery of Worlds, una especie de contenedor cósmico de canicas y de la raza de los Monitores, los cuales se les encarga proteger la herida. Pero los monitores mismos se ven infectados por el universo DC, por la posibilidad del cambio y comienzan a envejecer, a “crear historias que se desarrollan instantáneamente” y a cambiar. Dax Novu, el primer monitor, sonda original, se vuelve adicto a la diversidad del DCU,  crea un arma para resguardarlo que tiene una forma singularmente kriptoniana y se transforma en Mandrakk, el monitor oscuro, una forma de vida cuya única función es chupar la energía de las historias, tomar de la sangre del multiverso como un vampiro cósmico, de modo tal de que, al final, solo quede Mandrakk, “hinchado y solo bajo un cielo de estrellas asesinadas”. Los monitores, horrorizados porque descubren que ellos también son vampiros, deciden encerrarlo en una catacumba. Y luego de mucho tiempo, este bicho esta por despertar y solo Superman puede salvarnos.
Mandrakk (y los monitores por extensión) representan, por un lado, otro comentario sobre lo innecesario que es oscurecer a los superhéroes, sobre el punto ciego evolutivo que significa intentar volverlos más sangrientos o violentos, pero al mismo tiempo es una personaje más complicado: parecería representar, por un lado, a los editores y artistas que “violan” las maravillosas creaciones con las que tienen que trabajar, y a los lectores obsesionados con la continuidad y con la narrativa “ordenada y precisa”, militarista, privilegiada frente a los lados b, los desvíos salvajes, que en gran parte forman parte de lo que es maravilloso de un universo superheroico compartido.


Cuando yo era niño y adolescente, por algún motivo me pasaba que casi cualquier universo de ficción me decepcionaba. Siempre pensaba que no había suficiente variedad, suficientes seres fantásticos que me deslumbraran, que todo era un poco gris y singular. En vez de un monstruo quería cien, en vez de tres razas de seres, quería cuatrocientas, en vez de un solo héroe quería quince. Con el tiempo me di cuenta de que eso sucedía porque los comics de superhéroes (y, ahora que lo pienso, la lectura temprana de Crisis On Infinite Earths) me habían malcriado, me habían mostrado un mundo donde todo estaba multiplicado a la quinta potencia, donde cada rincón parecía ocultar una nueva referencia a ser descubierta, un personaje del cual no sabía nada. Para mi, ese es el encanto de leer comics de superhéroes, la posibilidad de lo fantástico en cada página, la sensación de que te sumergís en un lugar plagado de posibilidades, que no importa que no sepas “quién es ese que aparece en la página 15 y ¿como puede ser que el escritor lo haya puesto ahí sin darnos una explicación antes? ¡es bárbaro! ¡un abuso!” sino que, justamente, podías investigar y descubrir quien era ese. Y eso seguro que te conducía a nuevas historias, nuevas maravillas, nuevos personajes. Obviamente, con el tiempo me doy cuenta de que eso es solo posible en un lugar como el Universo DC o el Universo Marvel, la producción de un millón de manos e imaginaciones a lo largo de los años y esperar que un solo creador (aunque sea muy imaginativo) reproduzca esa melange es bastante difícil. Morrison parece creer en lo mismo y eso hace que lo quiera tanto
Y en Superman Beyond lo demuestra: enfrentado a Mandrakk, el enemigo de toda la vida, el descreador, Superman triunfa porque sencillamente representa una historia mejor, de creación y supervivencia por sobre nihilismo y destrucción, indestructible, que va a durar mucho después de que todos nosotros estemos muertos. De más esta decir que es una serie optimista a la novena potencia, que termina con una de las mejores páginas en una historia de superhéroes, y que Superman triunfa y rescata a Lois Lane. Pero sobre todo pone los ladrillos para el último número de FC, mandando al Capitán Marvel en una búsqueda de ayuda a lo largo del multiverso (“¡Advierte a todos! ¡Como Paul Revere!” le dice Superman), introduciendo a Mandrakk y poniendo sobre el tapete el trasfondo metaficcional del asunto. La falta de puntualidad al momento de salir, más el hecho de que muchos lectores no lo hayan comprado, aumentó la confusión alrededor del final. Es una parte integral de la historia, como era de esperarse al ser uno de los pocos tie-ins escritos por Morrison.


De ahí pasamos a Submit el otro tie-in de Morrison, que muestra el inicio de la redención del Tattooed Man y su odisea para hacer llegar a los héroes el símbolo de Metron, un arma en la forma de una letra, regalo junto con el fuego (o sea= conocimiento+tecnología+invención), que cancela la anti-vida, que es, a su vez, una “palabra-arma capaz de esclavizar a millones”. Es un numerito más bien del montón, al cual no le ayudan en nada los dibujos de Norm Rapmund, un dibujante que hace a todo parecer feo.
Y de ahí pasamos a Final Crisis 4, el punto más bajo de la serie, en términos emocionales. Recuerdo que cuando la leí me pareció un poco gris y árida, demasiado triste, demasiado bajón, pero es porque es el momento en que el espíritu de la raza humana queda derrotado frente a Darkseid, la destrucción de la libertad. Aquí, por otro lado, es donde comienzan los problemas con el arte, con J.G. Jones abandonando su función como artista único (y hay que destacar que sus dibujos, aunque son un poco rígidos, ayudan a vender en gran medida la sensación de terror de la primera mitad), abrumado por el proyecto, y Carlos Pacheco haciendo su aparición, con su estilo límpido y más convencionalmente superheroico. No funciona mal, de hecho, al menos en este número, ya que las escenas están perfectamente divididas entre los dos artistas, con Jones haciéndose cargo de los momentos que involucran a los New Gods y Pacheco dibujando escenas mas tradicionales. A raíz de la lentitud de Jones, la publicación se había estado demorando, y este episodio salió con una tardanza de un mes y medio, lo cual obviamente inflamó las llamas de los fanboys.


Luego de este número se intercalan los dos capitulos finales de la primera parte del run de Morrison en Batman, el 682 y el 683, espejo de Superman Beyond, solo que en vez de estar anclada en el “afuera”, en Superman como una entidad mas allá de la ficción que salva a toda la ficción, esta centrada en el interior, en la psiquis de Batman y en el modo en que encuentra sentido y supervivencia en toda su historia, interminable y caleidoscópica. Afectado por un parásito psíquico, Batman revive toda su existencia, a lo largo de décadas de “vida” ficcional y la utiliza como un arma para liberarse, ya que nadie excepto él puede soportarlas, esa es toda su gracia.
Y el quiebre tonal en el número cuatro tiene mucho sentido luego, cuando uno lee los números 5-7. En este último tirón las cosas comienzan a volverse cada vez mas rápidas, cada vez más caóticas. La técnica que Morrison empleó en Seven Soldiers 1 es amplificada al máximo aquí, y sirve para ilustrar la riqueza y la imposibilidad, para una mente normal, de procesar la cantidad de cosas que pueden llegar a suceder en un universo compartido durante una crisis absoluta. Las escenas saltan de un lugar a otro, de grupo de personajes a grupo de personajes, mostrándonos los distintos planes para salvar al mundo que tienen Checkmate (¡mudarse a otro universo!), Black Canary con el Tattooed Man (¡pintar la tierra con el sigil!), los últimos héroes que quedan en pie atacando la destruida ciudad de Bludhaven (el epicentro de Darkseid), Nix Uotan despertando como el “juez de toda la maldad”, un hiper monitor con la capacidad para observar todo lo que sucede en el multiverso A LA VEZ, el Super Young Team junto con Mister Miracle, retornando de aventuras nunca vistas con el logo de Metron estampado en sus frentes, los Flashes intentando correr más rápido que la muerte… la sensación que transmiten estos números, sobre todo el final del 5 (y el 7) es de caos y sobrecarga de información. 


Es extremadamente notorio que este modelo de cortar y pegar que utiliza Morrison sirva para transmitir en el lector, quizás por primera vez, la sensación desorientadora que debería acompañar a un crossover, donde todos las pequeñas partes móviles de un universo se ponen en marcha en direcciones que no siempre son claras o se articulan entre sí. Uno se imagina que si diez grupos de héroes tienen planes para salvar el mundo y están incomunicados, estos planes no siempre van a confluir perfectamente en una sola ofensiva, que hay una gran cantidad de sucesos impredecibles que pueden encontrarse y modificar sus planes, inclusive hacer que funcionen en contra uno del otro, y estos números proveen esa sensación (¡casi como la sensación se genera entre Countdown y Final Crisis!). Por otro lado, según mis cálculos, creo que lo que pasa entre la mitad del 5 y gran parte del 7 sucede en 15 minutos. Y eso sin contarles de la escena del despertar absoluto de Darkseid en el cinco, que provee la perfecta justificación de porque Morrison dijo que Final Crisis era una serie que buscaba ser un “Apocalipsis doom metal para el universo DC” (“LOS VOY A LLEVAR A UN INFIERNO SIN SALIDA NI FINAL. ¡Y AHÍ VOY A MATAR SUS ALMAS!” dice el cara-de-piedra). Y eso no es lo mejor de un número que incluye a Frankenstein montado en una motocicleta, cortando cabezas y citando a Milton.


Final Crisis 5 agrega otro dibujante, el ignoto Marco Rudy, que hace su mejor intento de imitar a Jones, cumpliendo bastante dignamente, pero ya el desfile de dibujantes traicionaba la desesperación de DC por sacar esta serie en algo parecido a una regularidad y el error que habían cometido al centrar toda su línea en una serie que existía en el vació y para la cual habían asignado a un dibujante detallista y meticuloso. A esta altura debían haber estado deseando haberla promocionado como una cosa que se sostenía sola, la continuación de Seven Soldiers, que quizás le hubiese permitido esperarlo a Jones mas tiempo. En fin.
El numero seis es quizás el numero más convencional, el que avanza de punto A a punto B y resuelve algunos de los plots mas importantes que habían quedado colgando, sobre todo: que le pasa a Batman, que sucede con Mary Marvel, la puesta en marcha del plan de los Flashes, que es el Black Gambit. De cualquier modo, es un numero increíblemente denso para un comic de superhéroes contemporáneo (o de cualquier época, para ese caso). Esta sensación más tradicional debe ser porque todo porque gira alrededor de un par de escenas de lucha: Supergirl vs. Mary Marvel y Kalibak, el hijo de Darkseid vs. Tawky Tawny, el tigre místico de la familia Marvel. Esa última escena, sobre todo, vende este capítulo.


Es una escena que nunca habríamos esperado ver y que demuestra la riqueza de un lugar como el DCU. Morrison yuxtapone algo que parecería simplón e infantil como Tawky con la representación de la bestialidad y lo salvaje creada por Kirby como si eso fuera lo normal, como si no hubiese ningún tipo de conflicto o choque tonal entre estas porciones que forman parte del remendado cuerpo del DCU. Y al final, encima, mete un link directo con Kamandi, otro gran trabajo del Rey en DC. Todo puede funcionar en conjunto, todo DEBE funcionar en conjunto, ese es el modo en que un universo superheroico está tejido, y es mucho más amable para los esfuerzos de todos aquellos detrás de esa increíble empresa creativa intentar reconocerlo como el aparato naturalmente inconexo y dispar que es, antes que intentar barrer lo que no nos gusta bajo la alfombra.
Por otra parte, la escena de Batman es perfecta. Cuando murmura el clásico “Hh” que es la marca del personaje bajo Morrison cuando esta pensando uno sabe que ya está buscando una solución a su predicamento y pensando “Malditos tiranos intergalácticos, creyéndose mejores que los demás”.


Pero el punto mas alto de FC vendría dado por el número 7, en el cual ya ni aparece J.G. Jones, reemplazado por Mahnke, el, donde Morrison utiliza un recurso bastante similar al de Bendis en Secret Invasion 8, pero con resultados mucho mejores: básicamente cuenta la historia como en una suerte de flashback, saltando hacia delante y hacia atrás en el tiempo, entre el final de la batalla de Bludhaven, el fracaso o el triunfo de los miles de planes de contingencia ideados por los héroes; y las consecuencias finales de su lucha: una Watchtower compuesta de fragmentos de varios cuarteles generales icónicos del DCU que flota en medio de una nada que se ha vuelto todo Darkseid, quién, con su caída, ha arrastrado al universo hacia un agujero negro de desesperanza y oscuridad. Es un número totalmente comprimido, donde hay fragmentos de historias más grandes (como ese cuadrito de Aquaman, insertado en el medio de la nada) que no se nos muestran enteras, dejando que el lector las imagine en su mente y donde los superhéroes mismos cuentan historias todo el tiempo, como una manera de protegerse contra la oscuridad y de preservar su legado, como si lo único que quedase ante la destrucción absoluta del universo fuese sentarse al lado del fuego y hablar, darse esperanza, reducidos a su condición primaria de seres humanos que cuentan historias, como viejos aborígenes.


Y en el medio de todo Superman, retornado de sus aventuras mas allá del multiverso y de un encuentro con la Legión de Superhéroes para encontrar su mundo destruido, su mejor amigo muerto y a Darkseid extendiendo su “cuerpo” a toda la humanidad. Y el hombre de azul creando una máquina capaz de modificar la realidad que, oh coincidencia, tiene la forma del logo de Metron y es capaz de conceder un solo deseo. Y, finalmente, Superman solo, en el punto en el que tiempo se detiene y no tiene sentido, en una muerte cósmica con Darkseid rodeándolo por completo. Y en ese momento crucial, Supes destruye a Darkseid… entonando la melodía perfecta del multiverso, la canción del infinito (chupala, Minmay!).
Morrison realiza en el clímax de la serie un cambiazo similar al de Bendis, que podría interpretarse como una estafa si no hubiese sido establecido en Superman Beyond. Con Darkseid muerto y el universo también, quién aparece allí, al final de todas las historias, regodeándose del punto muerto al que ha llegado el Universo DC, es Mandrakk. Pero justo cuando todo parece perdido, Superman pone en marcha la máquina y pide un deseo, causando que aparezca el ejercito de analogías de Superman del multiverso conducido por el Captain Marvel, Nix Uotan con su traje hecho de rayos y camaras de seguridad, los ángeles del Pax Dei (introducidos por el escocés en JLA), Captain Carrot And The Zoo Crew (un grupo de animales con superpoderes que durante mucho tiempo fueron una vergüencita para DC), el Super Young Team y un montón de Green Lanterns que estaban intentando entrar a la tierra desde el número 5. Este es el momento en que la narrativa tradicional se quiebra, que ha recibido más quejas de parte de los lectores, porque parece una convención de deus ex machinas dispuestos a salvar el día, lo cual, por otro lado le da a la confrontación final ese sentimiento de “todos juntos ahora” que caracteriza las luchas finales de las crisis.



Pero lo inteligente de Morrison, lo que hace que esa escena y ese número final funcione en el conjunto es que incorpora el subtexto metaficcional a la historia en sí. La aparición de Mandrakk (uno podría decir que su sombra a lo largo de todo el número), al ser su naturaleza la de “comer historias”, es la que le quita el ímpetu a Final Crisis en su desenlace, que la vuelve extraña y que quiebra las reglas de la narración tradicional. Y el deseo que Superman formula es intrínseco a esta estructura porque, en realidad, como dice Nix Uotan, el kriptoniano desea “lo mejor para todos nosotros (…) un final feliz”. Ese deseo al mismo tiempo rebootea el universo, como en todas las crisis, y pone en marcha la historia de nuevo, que se desliza inexorablemente hacia el mejor final posible en un comic de superhéroes. La existencia misma de una historia, de un desenlace es lo que destruye la influencia de Mandrakk. Incluso hay un momento final, entre Mandrakk y Nix Uotan que sirve como un último guiño del pelado al lector. El vampiro le dice “Nix Uotan…¿mi hijo?” y el otro contesta “¿Como podría ser otra cosa?”. Es como si esa relación se instaurase, completa, en ese momento, sin ningún tipo de aviso previo, porque el-padre-contra-el-hijo es, quizás, la figura mitológica y narrativa más antigua, y Morrison sabe que los lectores la identifican y la reconocen, que realmente no podía ser de otro modo.
No puedo dejar de maravillarme con la sencillez de la resolución. Para otros, quizás, sea un engaño, un cop-out. Seguro a muchos les hubiese gustado ver a Superman golpeando cosas o una batalla tradicional, con el destino del multiverso en el balance, pero ¿qué mejor testamento a la capacidad auto-reparadora e inspiradora del universo DC que la imagen Superman reiniciándolo con el más simple y optimista de los pedidos?. En otras palabras: estos personajes están aquí, van a subsistir, el potencial para hacer algo creativo con ellos esta ahí, siempre presente, perenne. Morrison pareciera decir que, en el fondo ni siquiera necesitan de los creadores, más bien los necesitan poco, solo como el conducto a través del cual sus vidas fantásticas se desarrollan y llegan a los lectores. Solo necesitan de la imaginación y de la fe y de nuestra creencia en ellos. O, como dice Nix Uotan: “Este multiverso tiene defensas naturales que ninguno de ustedes se podría haber imaginado”.
Para mi esto no es ningún engaño, ninguna mentira, es una forma mucho más sincera y fundamentalmente imaginativa de expresar lo maravilloso de ese lugar que se llama el DCU. Es hermoso que la despedida de Morrison del DCU sea con la tesis de que ni siquiera lo necesitan. La historia gigantesca que nos cuenta Morrison funciona en dos niveles, por un lado demostrando la energía del universo que contiene a sus personajes, por otro lado mostrándonos la energía inherente en esos personajes que parecen tantas veces gastados.
Es, pareciera, finalmente la plasmación de lo que Morrison había dicho hacía mucho tiempo, de que quería que el universo DC se comportara como un ser vivo. Esto es: una máquina de historias, un jardín de los senderos que se bifurcan, un lugar con una geografía, historia, política, esoterismo que superan con mucho la cantidad de información de nuestras biografías personales. Y al final de Final Crisis casi ni se nos cuenta sobre sus consecuencias, sobre la manera en que cambio el universo, como si no importase, total, es un organismo en continuo cambio solo por el hecho de su publicación mensual. Ya van a inventar algo.


Continuando con la analogía musical, es como si Secret Invasion fuese una especie de canción de hard rock altamente eficiente: aquí están las guitarras (los superhéroes), aquí están las baterías (los skrulls), aquí esta el solo, esto es rock, esto es lo que importa, aquí estamos reafirmando realmente tus certezas sobre lo que te gusta escuchar (o sobre lo que consideras válido de aquello que lees). Mientras tanto, Final Crisis es un poco como el post punk (o quizás el acid house en un buen día, sobre todo por la sensación de comunalidad que despierta, las ganas de leerla y discutirla): un experimento continuo, un intento de expandir lo que se conoce por “evento” a lugares insospechados, una obra que esta llena de fallas o caminos sin salida, pero que es mas valiente y válida por haber tenido los huevos para hacer esos experimentos, que continuamente nos pone en lugares incómodos o extraños para los cuales nuestros hábitos al leer un comic de superhéroes no pueden entrar en automático, que continuamente nos interpela, nos hace preguntas, nos pide que investiguemos, que nos relacionemos con ella.
Y es una de esas pocas obras que me hacen sentir que estoy observando, realmente, una porción minúscula, gloriosamente confusa pero que te deja sin aliento de ese copo de nieve fractal que es un multiverso.

lunes, 5 de enero de 2009

Zorro In Arkham.


I.

Batman 681 salió hara cosa de un mes y es la “conclusión” de Batman R.I.P.(1), el arco argumental al que los 20 números anteriores de Morrison en el título iban conduciendo. Como gran parte de las historias de Batman de Morrison es gloriosa, caótica, brillante e inesperada, y frustró las expectativas de mucha gente, pero a pesar de ello, constituyó una de las experiencias en comics mas estúpidamente divertidas, entusiastas y atrapantes del año.
Como experiencia fue insuperable: hacía mucho que no me enganchaba tanto con una historia y los acertijos en su desarrollo. La manera en que esta construida (y el modo en que fue publicada y leída, de forma serial, una de las pocas veces que este formato de hecho mejora la experiencia de lectura) volvieron a Batman R.I.P. un misterio detectivesco enormemente adictivo, un “whodunnit” que producía ansiedad y emoción a cada vuelco. Morrison, consciente de su arco final, plantó a lo largo de la serie un millón de pistas, falsas y no, que pedían a gritos ser rastreadas y encajadas en nuestras explicaciones hipotéticas, las cuales cambiaban con la publicación de cada número, dándole más importancia a una teoría por sobre otras, para inmediatamente darnos vuelta las tablas, y modificar completamente nuestro esquema imaginario. Es un buen misterio, bah, que nos mantuvo atrapados mes a mes y el manejo del suspenso propulsa la lectura adelante.

II.

Lo básico de la historia es lo siguiente: hay un genio criminal, a la altura de Batman, que esta dispuesto a destruirlo. Este genio del mal es conocido solamente como The Black Glove y su plan maléfico se viene desarrollando hace años, dando vueltas y plantando trampas alrededor de Wayne, esperando dar el golpe mortal que lo dejaría un hombre quebrado. Es la historia de Batman que se le nota a Morrison que quiere contar desde los días del ultra-competente e impresionante Batman de la JLA: el héroe mas preparado e inteligente del mundo (aquí resaltan que el superpoder de Batman es no perder nunca, una idea encantadora y bastante cierta) contra el villano mas demoníaco de todos.
A lo largo de los seis números la emoción de la lectura procedía, por un lado, de la lucha ajedrecística entre Batman y The Black Glove y, por otro, del misterio de la identidad de este (La lista era interminable: ¿Batman?, ¿Thomas Wayne?, ¿Alfred?, ¿el hermano perdido de Bruce?, ¿el mismísimo Satán?). El final contestó la primera cuestión decisivamente del lado de Batman, pero en cuanto a la segunda terminó siendo bastante ambiguo y extraño, no dando una identidad clara al Black Glove y deslizando que podría ser Thomas Wayne, podría ser el Diablo y podría ser el mismo Bruce, cosa que decepcionó a varios, incluido a mi en una primera lectura, pero que luego se me antojó como perfectamente acorde al Batman de Morrison.
Este mismo es completamente ambiguo: todo se balancea entre la posibilidad de locura y la hiper-sanidad de Batman (¿es Bruce Wayne un loco o un tipo que esta en sintonía con su mundo y cuya respuesta al asesinato de sus padres, vestirse de murciélago y combatir el crimen, tiene mucho sentido dado su medioambiente ficcional?), la realidad o irrealidad de las aventuras del Black Casebook (una libreta donde el murciélago relata sus aventuras mas bizarras, esas que tienen elfos, bandas de alienígenas musicales o serpientes marinas), el deseo de dejar una marca en el personaje y la realidad de su existencia como una propiedad intelectual de DC Comics y de la producción de comics de Batman hasta el fin de los tiempos, aunque los escriba Beppo, el Súper Mono. Del mismo modo que la interminable y larguísima historia de Batman condiciona y arrastra a Bruce Wayne, el hecho de la continuidad de la publicación condiciona a Morrison.
Y es por eso que su último numero, en el cual las tablas se dan vuelta y se revela que Batman lo sabía desde el primer momento, en el cual vemos a un Batman hiper eficiente, determinado, preparado, malditamente genial, simplemente funciona, porque, como dijo mi amigo Domínguez, revela que, en el fondo, es solo otra aventura más y que el Black Glove es otro villano destinado a ser outsmarted por la mente poderosa como una ciudad de bombillas-cerebro del detective más grande de la galaxia

III.

A diferencia de All Star Superman, su hermano apolíneo (y no es que Batman sea dionisiaco, en realidad se acerca a Hades), el Batman de Morrison adora la inconclusividad, una cierta confusión acerca de su resolución, una aceptación alocada y frenética de la infinitud de sus aventuras. Aceptación, por otro lado, completamente explícita en una historia cuya primera página es esta:


All Star Superman, quizás por su condición de proyecto fuera de la continuidad, provee una visión definitiva, icónica y multidimensional, que integra en profundidad de fractal, a Weisinger, Byrne, Shuster, Maggin, Jurgens y mil creadores más, pero en una figura elevada, completa, dando un comic con una estética rápida, emotiva, limpia, brillante.
En Batman resalta la fractura, lo aparentemente irreconciliable, los elementos de una historia que se apilan como cajas de comics en sótanos húmedos. Batman ha sido, de acuerdo a los días y los años, el oscuro aventurero de la noche y el ridículo héroe chistón con pancita y el incongruente héroe espacial y el detective obsesionado y una mitad del dúo dinámico, simpático y paternal y el aventurero trota mundos y el amante de una femme fatale y el maestro de artes marciales porque es Batman, idiotas, es tan increíble que tuvo mil vidas, cada una mas sorprendente que la anterior. Mientras que Superman es síntesis, Batman es acumulación, caos.
El único tema que se pierde un poco a lo largo del run de Morrison es la idea presente en los primeros números (y prolongada por la aparición de los tres espectros de Batman) de una superación de cierta imagen de Batman asociada al personaje los últimos 20 años, solidificada por Miller y, ahora, por las películas de Nolan: un monomaniático vigilante obsesionado con la guerra contra el crimen, con la venganza y el dolor (físico, psíquico). Sin embargo esto aún no concluye y tengo fe en el relanzamiento luego del largo invierno en el cual se sumerge la serie hasta junio del año que viene, período en que será escrita por Denny O’Neill, Neil Gaiman y finalmente Tony Daniel y luego del cual, se rumorea, habrá un nuevo Batman y Mozz volverá acompañado de…Frank Quitely! Esperemos que retorne recargado y superador, dispuesto a contar historias nuevas y chispeantes como pop-rocks (algo de ello había anunciado en entrevistas ya antiguas, donde decía que luego de Batman R.I.P. se venía una época de nuevos villanos y aventuras rocambolescas). O sino cazare a Dan Didio y lo matare como a un perro.

IV.

Por otra parte, en cuanto a como esta escrita y estructurada, es una de las obras más extrañas y confusas de Morrison, que ya desde Seven Soldiers viene apostando a la cacofonía y la rapidez, al amontonamiento de escenas en un espacio mínimo que se mueve a la velocidad de la luz. Su Batman es una conjunción de detalles y pistas falsas desplegadas en un estilo entrecortado e incansable, que nos da pistas y pedacitos de información en escenas que parecen incongruentes o innecesarias, que salta rápidamente de un momento a otro, con un ritmo de staccato, y deja porciones de la historia o momentos fuera de panel, de una manera intencional, obligándote a pensar y reconstruir.
Este estilo de escritura funciona mejor, mucho mejor, en R.I.P. que en números anteriores, sobretodo porque la base esta asentada, Morrison ha plantado ya los elementos que referirá en su “último” arco argumental, y estos se suceden como ráfagas de metralleta. De ese modo, la riqueza de detalles plantada en los números anteriores explota, dándonos momentos geniales como esta visión del Batman de Zurr En Arrh:


O esta conversación con Batmite, el ridículo elfo de la quinta dimensión:



O la apariencia del Club Of Villains:


O cualquier cosa que dice Damian, el hijo de Batman, uno de esos personajes que por su mezcla de arrogancia y capricho, solo Morrison parece escribir bien:


Morrison rescata y aporta un montón de cosas al universo compartido, como es su costumbre: la revitalización del Club Of Heroes, Damian, los man-bats ninjas (un concepto de esos que funcionan por pura acumulación, que parece hecho a la medida del Universo DC), los tres fantasmas, el Dr. Hurt, el Club Of Villains, un Joker verdaderamente terrorífico y glam… Todos juguetes hermosos, originales y relucientes que seguramente serán arruinados por los hacks y los idiotas como Prometheus.
Morrison expresó que con Batman R.I.P. estaba apuntando a un “frenético goth pulp-noir; punk-psicótico, sombras expresionistas y cambios de escena entrecortados y pesadillescos, inspirados por las raíces de Batman y por el chasqueante ondear de su asombrosa capa”. Pensando en una analogía musical, inmediatamente se me ocurrió Soft Cell: dramatismo y exageración de neón (la imagen en mi cabeza era la tapa del Non Stop Erotic Cabaret), histerismo y ritmos cortantes debajo de los cuales hay historias grotescas, de sexo perverso, de enanos vestidos en colores fluo, de cuero y agujas.
Su aspiración a la incompletitud, la aceptación de lo infinito de Batman, su tangencialidad y su acercamiento totalmente inclusivo y por momentos epiléptico puede ser leído también como su mayor falla, y es de hecho lo que más ha molestado a los *puristas*, pero yo creo que es parte de su encanto y además, muy claramente, esta es una obra que hace de esas características el centro de sus preocupaciones, que esta construida sobre la imposibilidad de terminar una narrativa definitivamente.
El otro punto débil de Batman R.I.P. y, en general, de todo el Batman de Morrison es el arte. No es que sea ilegible, pero Tony Daniel es la perfecta definición de un artista mediocre, un tipo sin mucho estilo (a pesar de que hace intentos y se nota que quiere mejorar) y que es, en el mejor de los casos, servicial. Es como el último Jim Aparo filtrado por Jim Lee: medio aburrido y “flashy” de las maneras Image, con splash pages que no funcionan del todo y una narración que por momentos se vuelve confusa o que esta enmarcada en imágenes que le deben haber parecido cool en el momento de dibujarlas pero que no conducen demasiado bien al ojo alrededor de la página.

V.

Yo llamaría a Batman R.I.P. un triunfo esquizofrénico o un éxito secreto, no una versión perfecta, porque esta construida como la antítesis de ello, como una obra que hace de la infinidad y la acumulación de vidas de un personaje su tema. Y que, además, sobresale como un comic de superhéroes alimentado por la excitación y el atolondramiento (algunos le llamarían “thrill-power”) de un Batman triunfante, incansable, brillante, eternamente un paso adelante del próximo súper-criminal.

"But that's the thing about Batman.
Batman thinks of everything"
.

(1) Porque faltaban los dos números de coda, el 682 y el 683, que son un "clip-show con Darkseid detras del viewmaster" de toda la historia de Batman, una genialidad en donde Morrison condensa decadas de historias en un solo cuadrito y que se lee, realmente, como una despedida perfecta para el único personaje con tantas decadas de continuidad como años de la industria del comic norteamericano. Y que cierra con este discurso:

"I need a disguise", he said, and I thought he had finally gone mad with grief, especially those next words... But when I saw what he meant, when I watched how he surrendered himself to an ideal...How he used each ordeal, each heartache and failure, to become a better man, in the service of others...What could I do but stand in humble awe?. And keep his wounds clean and his uniform tidy. And send him safely on his way.
"I shall become a bat"

"Alfred", he said not long ago. "If anyone ever asks for an obituary, tell them Batman's big secret was the classic whodunnit?. Only it's not about who killed Batman but who kept him alive all these years". And he stopped there, leaving the rest to me.

The whereabouts of Batman remain unknown.
And yet...I can
see him now, in the grip of implacable forces, innumerable foes. Somewhere without hope. In a place where all seems lost.
And I know
this...The enemy will look away, for just a moment, underestimating him for that single fraction of a second too long. And no matter how dark the night...There will be no hiding place for evil.

viernes, 2 de mayo de 2008

In Loving Memory.











(Para el resto de la historia, lean Doom Patrol 50-52, de Grant Morrison, Richard Case y Philip Bond. Bah, mierda, lean toda la Doom Patrol de Morrison que, como escuchar a Jonathan Richman, seguro los vuelve mejores personas).

martes, 22 de enero de 2008



Conferencia del gran Grant Morrison en la DisinfoCon hablando de todas esas cosas sobre las que él sabe. Contracultura, magia, sigiles y demás cosas que él puede explicar mucho mejor que yo. Pop Magic.

martes, 11 de septiembre de 2007

Cut Ups

Hace unos años existía una publicidad antidroga, torpe, simplista y generalizadora como suelen ser esas cosas, en la que suelo pensar últimamente. La publicidad mostraba una estatua que representaba a un consumidor de cocaína, a medida que una voz en off decía cosas como “Te tomas una línea y una línea te recorre la cabeza. Y después otra. Y otra”. La estatua comenzaba a resquebrajarse, como si de golpe se hubiesen revelado las líneas teutónicas ocultas que recorren nuestro cráneo y los pedazos caían al suelo. Al final de la propaganda la cabeza de la estatua se encontraba deformada por completo y la voz en off decía algo así como “Y de vos no queda nada”.
Supongo que la idea era transmitir la manera en que las drogas nos hacen actuar como personas que no somos, comprometer nuestros valores, traicionar a nuestra patria y dejar de lado a nuestros seres queridos. Pero yo siento que la imagen de esa estatua con la cabeza deformada, destruida, con sus ideas completamente cambiadas era extrañamente persuasiva. Ese es el efecto que me gustaría que tengan todas las drogas: que cuestionen mi personalidad, mi manera de ver el mundo, que demuelan las preconcepciones que tengo sobre la manera en que vivo.
Y, además, alguien debería haber encerrado a esos creativos con un cocainómano totalmente pasado de rosca para que les hable a la velocidad de la luz de planes extraordinarios, su vida privada y sus ideas fantásticas y de ese modo se den cuenta que es una droga que se encuentra muy lejos de aniquilar el yo.

***

Hay un fantástico poema de Robert Graves que se llama “En Imágenes Rotas” y dice así:

El es rápido, piensa en imágenes claras;
Yo soy lento, pienso en imágenes rotas.


El se vuelve obtuso, confía en sus imágenes claras;
yo me vuelvo agudo, desconfió de mis imágenes rotas.

Confiando en sus imágenes, el da por hecho su acierto;
desconfiando de mis imágenes, yo dudo de su acierto.


Dando por hecho su acierto, el da por hecho el hecho;
dudando de su acierto, yo dudo del hecho.


Cuando el hecho le falla, él duda de sus sentidos;
cuando el hecho me falla, yo apruebo de mis sentidos.

El continua rápido y obtuso en sus imágenes claras;

yo continúo lento y agudo en mis imágenes rotas.

El en una nueva confusión de su entendimiento;
yo en un nuevo entendimiento de mi confusión.

Mas allá de que este magnifico poema podría ser leído como una alegoría a favor de la imposibilidad de reducir la realidad a un conjunto de leyes o imágenes precisas que no fallan nunca (y por extensión, en una cautelosa impugnación de la ciencia), advocando por un conocimiento de la realidad laborioso, siempre cambiante, siempre intuitivo (y, quizás, mas apropiado para el artista) lo que a mi me interesa es la manera en que ilustra una aproximación a los procesos deductivos individuales que se acerca mucho a la experiencia cotidiana de cualquiera de nosotros.
Nos guste o no, casi todos pensamos en imágenes rotas. El problema es que las confundimos con imágenes claras. Todos tenemos siempre planes, organizamos proyectos, desarrollamos ideas que pretendemos ejecutar con la mayor eficiencia posible, de modo rápido y ejecutivo. Como la vida capitalista nos ha enseñado!!. Pero siempre hay imponderables, elementos externos, accidentes de la naturaleza que vuelven cualquier plan imposible.
Y la mayoría de las veces somos nosotros mismos quienes abortamos nuestros planes. Graves, ingles sabio si los hay, nos increpa para que abracemos una manera de percibir el mundo más cierta pero menos controlable. Esas imágenes rotas que en definitiva son una representación de nuestra propia identidad quebrada, de nuestra propia percepción del mundo sesgada por prejuicios y favoritismos y filtrada por un equipamiento técnico francamente pobre.
Las imágenes claras nos vuelven obtusos, cabeza dura, fijados en nuestras ideas. Que mejor que desconfiar, de nosotros mismos y del mundo, mirarlo como a través de una cerradura y no intentar completar la visión para que funcione perfecto, sino movernos con cautela por esa imagen fracturada, como nuestras propias y múltiples personalidades.

***

¿Todos amamos a Wire, verdad?. Me sorprendo al darme cuenta que en tantos años de escribir en blogs, casi nunca he mencionado a esta banda extraordinaria. Como todos los intereses en la vida son circulares y recurrentes, esta ultima semana me encontré escuchando de nuevo “154” y maravillándome ante la capacidad creativa que tenían estos tipos.

Como en una mente esquizofrénica, pasan del synth pop a los ataques punk (nadie puede afirmar que lo habian abandonado: escuchen “Two People In A Room” para darse cuenta que esos dientes, como mínimo, habían crecido 15 centímetros) a las canciones esotéricas y oscuras. Lo más curioso es la manera en que en ningún momento el disco se asienta en un tono o en un estilo, prefiriendo navegar por un mar de sonidos e influencias sin casarse con ninguno. Es la manera más fiel (e inteligente), creo, de encarar un disco ecléctico, no como una colección de impresiones y estilos, sino como una especie de continuo donde la música cambia orgánicamente.
De todas las hermosas viñetas que ocupan el disco hay una que siempre llamó mi atención. En un principio, supongo que “Map. Ref. 41ºN 93ºW” me atraía porque era la canción más cercana a una canción “pop”: organizada, con estrofas y estribillo y una melodía pegajosa. Mientras el resto de las canciones pasaban por mis oídos como una especie de continuo (aun recuerdo preparar mis primeros parciales escuchando este disco) esta inmediatamente me obligaba a pararme y cantar.
La letra es típicamente Wire: pareciera que el narrador describe la composición de un mapa (o, mejor dicho, de la tarea del cartógrafo) con una objetividad absoluta. Pero lo que están intentando comunicar es la manera en que debajo de esa conjunción de líneas, paralelos, manchas que describen montañas y valles, se esconde “un país” o un conjunto de sujetos completamente incontrolables. Es la típica aproximación lateral de Wire: hablemos de algo completamente bizarro o poco común en las letras de rock para terminar implicando o sugiriendo algo completamente distinto. Como la letra de esa canción magnifica que es “Outdoor Miner”, ¿alguien se hubiese imaginado que en medio de ese imaginario lo que se estaba describiendo era a un insecto? Sin embargo, es curioso como mediante este método lograban enterrar en sus canciones frases o momentos o temas que de una manera subrepticia nos refieren a preocupaciones muy humanas.
Ahora bien, de toda la canción, el estribillo es el que mas me interesa:

Interrupting my train of thought
Lines of longitude and latitude

Define and refine my altitude


Tres frases nomás que parecen sencillamente comentar la manera en que el narrador se guía por un mapa. Sin embargo, hay algo magnifico en esas tres frases. Porque en definitiva lo que hacen es transportar algo tan alejado como la cartografía a la manera en que nosotros, las personas, pensamos, construimos nuestra personalidad y refinamos nuestras decisiones. Es casi como si los Wire quisiesen hacer una cartografía de nuestros cerebros. “Este elemento y este elemento, combinados, cambian todo lo que venia pensando” es en definitiva lo que cantan. Los elementos del ambiente, los accidentes geográficos, ciudades, líneas, espacios, momentos, definen quienes somos. Son input constante que procesamos y sobre los que actuamos en coincidencia. Y que en definitiva “definen y refinan nuestra altitud”. Determinan si estamos mejor o peor.
Y no puedo evitar pensar en el corolario: la cartografía define las cosas para siempre, marca los espacios, describe los ambientes. Pero al mismo tiempo nos permite ubicarnos en el espacio, nos da coordenadas, producto de la fragmentación del mundo en espacios mensurables. Y, si en definitiva esas mismas coordenadas informan nuestra manera de pensar y la definen, y el ser humano esta en constante movimiento, nunca parando en ningún lugar, entonces tenemos que cambiar todo el tiempo, procesar nuevas coordenadas que nos dan un lugar mas preciso en el espacio mental. O perdernos irremediablemente.

***

Como dije arriba, los gustos (deberíamos hablar de obsesiones a esta altura) son recurrentes y en estos días me encontré, una vez mas, pensando mas de lo que es recomendable en Grant Morrison en general, y en Seven Soldiers en particular.
La culpa la tiene el capitulo del libro de Douglas Wolk que publicaron en Newsarama (primera, segunda, tercera, cuarta y quinta partes). En el analiza tanto Seven Soldiers como los Invisibles (que debo releer eventualmente) y sus ideas y sugerencias me enviaron al maravilloso mundo de la blogosfera comiquera para leer una tonelada de información sobre esta serie.

Seven Soldiers es el último GRAN proyecto de Grant Morrison. La idea formal, en un principio, era encarar la serie como una especie de evento modular: 1 numero especial donde comenzaba todo, 7 miniseries, cada una dedicada a un personaje olvidado o caído en desgracia en el universo DC (Zatanna, Mr. Miracle, Manhattan Guardian, Frankenstein, Shining Knight, Klarion The Witch-Boy y Bulleteer) donde se desarrollaba un arco individual que conectaba con la historia principal, y un numero especial de cierre. Lo novedoso de esta aproximación era que parte del concepto de Seven Soldiers era que los personajes no se encuentren nunca y que cada miniserie estaba plagada de detalles, pistas y elementos que solo tenían sentido en el marco de la narración mas amplia. En un principio Morrison dijo que cada miniserie iba a ser independiente de las otras y que no hacia falta leer todo para entender la historia. Obviamente esto resultó ser un engaño y, en definitiva, todo debe leerse como una gran serie de 30 números, como un archipiélago en el que a la vez las cosas pasan aisladas y contribuyen a la visión de conjunto.
La aproximación “semi-modular” y el hecho de que los personajes no actúen en conjunto jamás (como debería ser esperado de un grupo de superhéroes) mas la tendencia de Morrison a plagar sus series con referencias, temas continuos y subtextos, causan que esta sea, probablemente, la serie mas compleja en términos formales y temáticos que haya dado el comic de superhéroes en los últimos 10 años (o mas!). La serie se puede leer desde varios puntos de vista: como un intento de remozar a un grupo de personajes olvidados, un poco ridículos y con pocas posibilidades comerciales; como un comentario metatextual sobre el genero superheroico, sus posibilidades de crecimiento, la manera en que este crecimiento ha sido interpretado infantilmente como “oscurecimiento”; como una reflexión sobre lo que implica trabajar en una historia en continua evolución y que nunca cerrara, “escrita” por una miríada de guionistas; como una enorme aventura superheroica en su propio derecho (con piratas en las alcantarillas! y ciudades de puritanos bajo la tierra! y golems! y el monstruo de Frankenstein matando adorables animalitos mutados! y universos conscientes! y hadas malvadas! y caballeros arturianos que ven emociones como si fuesen monstruos! y MUCHO MAS) y como un especie de tratado filosófico / teórico sobre lo que significa el cambio individual.
Porque en definitiva lo que hace Morrison en las 7 miniseries es trazar un arco de cambio en sus personajes. Todos los protagonistas de Seven Soldiers comienzan las series con algún nivel de disfuncionalidad. Zatanna siente culpa por sus acciones como heroína y no puede hacer funcionar su magia, The Manhattan Guardian entra en una depresión después de matar accidentalmente a un niño de 13 años, Shining Knight es el ultimo superviviente de su cultura y siente la culpa previsible, Bulleteer es ignorada por su marido que navega la red buscando porno superheroico, Klarion ve como sus tendencias independientes son reprimidas por su sociedad, Mr. Miracle esta atrapado por la trampa de la fama y Frankenstein es una maquina de destruir en un mundo en el que las soluciones se han vuelto infinitamente mas complejas. Para el final de la serie general no solo han salido de su agujero emocional, sino que se han transformado en héroes con todas las letras, comprendiendo mejor su lugar en la vida e iluminándose en el proceso.
Acá hay un doble comentario por parte de Morrison. Este post en Barbelith intenta relacionar la serie con la Cabala judía y el concepto de la “dinámica en espiral”. El concepto de “dinámica en espiral” es bastante complejo, pero en su fuente consiste en lo siguiente: la raza humana avanza a lo largo de una serie de estados, caracterizados por un color y cada vez que adquiere un estado superior, evoluciona y aprende nuevos conceptos que le permiten resolver nuevos problemas. La humanidad avanza a través de estos estados al incorporar nuevos “vmemes” o ideas colectivas, que pueden ser aplicables tanto a individuos como a colectivos culturales enteros. A pesar de que se supone que cada nivel es más complejo que el anterior estos estadios no son técnicamente superiores uno a otro: la raza humana puede utilizar y cambiar de estado (a medida que los va alcanzando) de acuerdo a los problemas que se le presentan.
La idea es que los Seven Soldiers evolucionan a lo largo de esta espiral y que cada personaje consigue, luego de muchas dificultades, un estado que otro personaje esta abandonando con igual número de problemas, por ello es que nunca se conocen o trabajan juntos.
Pero mas allá de este elemento “teórico” un tanto oscuro, también hay en Seven Soldiers una critica a la industria del comic y el genero superheroico. En una época en que se considera que modernizar o madurar a los superhéroes consiste en oscurecerlos, darles pasado de asesinos o violadores y matar personajes secundarios, lo que Morrison dice es que los superhéroes tienen que iluminarse. Tienen que evolucionar, cambiar, llegar a un nivel superior de conciencia en el que les puedan hablar a sus lectores con mayor emoción, mejores historias, aventuras mas grandes y mas fantásticas que conmuevan hasta los huesos, que te hagan sentir cercano a esos personajes y den ganas de vivir en un universo donde “la tierra es amenazada cada cinco minutos y seres similares a dioses chocan en el cielo cada cinco minutos como fuegos artificiales” (Morrison dixit). En otras palabras, a diferencia de Alan Moore, que con Watchmen quería matar a los superhéroes, Morrison les esta diciendo “Crezcan, sean todo lo buenos que pueden ser, vuélenle la cabeza a sus lectores, yo se que pueden”.
O, para ponerlo en las palabras de Douglas Wolk:

Si los comics de superhéroes no le hablan a las realidades de sus lectores, no es un problema del género, sino una demanda para mejorar su ejecución. Seven Soldiers es un intento simultáneo de perfilar y ejemplificar ese salto formal; su ambición a veces sobrepasa su capacidad. Su premisa, sin embargo, es que cuando los personajes de dos dimensiones y sus historias alcanzan suficiente complejidad y profundidad, se vuelven efectivamente reales, estallando a través de la cuarta pared o la superficie de la pagina, deslizándose en el mundo de sus lectores y cargándolo con la energía de lo fantástico.

Finalmente, todo Seven Soldiers puede ser leído como un tratado a favor del cambio y en contra de una visión fijada de lo que una persona tiene que ser. Todos los personajes encuentran un lugar y “se completan” como personajes cambiando de situación y de perspectiva frente al mundo. Y simultáneamente son más felices por ello y contribuyen a la lucha general por mejorar a la humanidad y salvarla de los Sheeda, hadas maléficas que vienen a destruirnos. Morrison parecería estar diciéndonos: somos personas, el mundo y las cosas cambian a nuestro alrededor, combatir el cambio es generar un cáncer del alma, hay que dejar morir periódicamente la cáscara de quienes somos y renacer con más energía y fuerza.
O, como exclama Klarion en el número final de su miniserie:

“Quisiera ser muchas cosas antes de morir, madre.”