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martes, 24 de agosto de 2010

Visite Baltimore 13 (Finale): Algunos Ausentes.



Tomorrow ain't promised to no one.

I ain't much for sentiment.

What the fuck you know about what I need on my mind, motherfucker? My name is on the street? When we bounce from this shit here y'all gonna go down to them corners, let them people know: word did not get back to me! Let 'em know Marlo step to any motherfucker: Omar, Barksdale, whoever. My name is my name!


Marlo Stanfield.

Marlo, realmente, nunca me cayó bien. Cumple una función importante dentro de la serie, es el salvaje con cara de loco que aparece para señalar que todo está podrido en el negocio de la droga, es el resultado final de un proceso de selección natural completamente retorcido y espantoso. Tiene un par de escenas muy buenas: aquella famosa de “My name is my name!” y su escena final, un momento de verdadero frio en los huesos, que hace que las calles de Baltimore, de noche, parezcan el lugar más infernalmente terrible de la tierra. El problema de Marlo es que, desde el principio, es un villano. Y nunca trasciende su condición de villano unidimensional. Es el mal, el sociópata, el tipo inflexible. Uno puede admirar su determinación y ambición (cuando le dicen que el cementerio está lleno de tipos que fueron rey y él contesta que lo importante es que lo fueron) pero no puede llegar a amarlo. Todo el tiempo estas esperando que le pase algo horrible. Igual demuestra que The Wire, con muy poquitos elementos, construye un villano de esos por el cual se mataría más de un guionista de comics.



Making robberies into larcenies. Making rapes disappear. You juke the stats and majors become colonels.

If that idiot worked for us, he'd be a deputy commissioner by now.


Roland "Prez" Pryzbylewski.

Prez es un desastre, el policía más caótico de la fuerza, un patoso, un inútil. Es un personaje enternecedor, y está muy bien que lo que comienza siendo un repulsivo cana de pistola rápida y golpes bajos crezca hasta un lugar en que uno lo respeta, lo aprecia y lo quiere. Al final de la serie tiene una barba, la indicación visual más obvia y ridícula de madurez, pero siendo Prez un niño grande finalmente parece moverse sin miedo a que el suelo se abra bajo sus pies. Cita a los Rolling Stones en la primera temporada (“Brown Sugar”, para ser precisos, y les pido perdón a todos aquellos a quienes ya les conté esto borracho). Es adorable y conflictuado, pero su arco argumental es un clásico “coming of age” y finalmente no sabía que decir sobre él.



I don't care if they were speaking Mandarin Chinese with a cocksucker's lisp!

Motherfucker, you are a cunt-hair away from indictment and you see fit to argue with me?

After all my puttin' my foot up people's asses to get the numbers down, he comes along and in one stroke, gets a 14 fuckin' percent decrease. Fuckin' shame it's gonna end our careers, but still.


William Rawls.

Miren, lo voy a admitir de entrada: William Rawls es un personaje chiquitito, dentro de la macro-saga que es The Wire. Pero es una debilidad. Amo a este hijo de puta. Rawls es, al principio, el jefe de operaciones del departamento de homicidios, el archienemigo de Jimmy McNulty. Es un tipo que disfruta deliciosamente de joderte, poner palos en la rueda, ajustar las estadísticas y, en general, evitar cualquier tipo de trabajo investigativo real. Tiene una sonrisa sardónica que despliega cada vez que te dice que no, que nunca jamás, que sos un chupapijas inmundo que se va a pasar el resto de su carrera anclado a un escritorio. Pero lo hace con tanto, tantísimo placer, el tipo realmente disfruta a lo grande jodiéndote. Es el hijo de puta que querríamos ser pero no nos animamos. Y, perdida por ahí, hay una escenita con Rawls, un flash, en un bar, que demuestra que The Wire levanta monumentos de caracterización con 3 segundos fugaces, que no se mencionan jamás.



Our job is to report the news, not to manufacture it.

You know what a healthy newsroom is? It's a magical place where people argue about everything, all the time.

The pond is shrinking. The fish are nervous. Get some profile. Win a prize. Maybe find a bigger pond somewhere. Whiting, Klebanow, Templeton - they snatch a Pulitzer or two and they’re up and gone from this place. For them, that’s what this is all about. Me, I’m too fucking simple-minded for that. I just wanted to see something new everyday and write a story with it.


Augustus "Gus" Haynes.

Hay que decirlo: la historia del diario en la quinta temporada es lo más flojo de la serie. Es una pena, porque tiene promesa, porque muchas porciones de la trama funcionan, sobre todo cuando se entrecruzan con las historias de los personajes que conocemos de las temporadas anteriores. La amplificación del delito, la construcción de la noticia, la circulación de la información, la percepción pública, son todas tesis interesantísimas, que están planteadas en este arco argumental. Pero ese es el problema: seguramente por limitaciones de tiempo (es la trágica temporada recortada de 12 episodios a 10), los personajes nos parecen más unidimensionales que aquellos que venimos siguiendo hace una, dos, tres o cuatro temporadas. Son más de cartón. El jefe del diario estúpido que no entiende el periodismo. La periodista joven y prometedora, en el camino del “bien”. El periodista ambicioso a quién solo le interesa su firma y su notoriedad. Y el editor buenazo. El hombre con la elegancia de la corrección precisa, de la noticia reporteada de manera honesta y directa. De la historia. Con los contactos que se labran de años de confianza y charlas. Ese es Guy Haynes. Es un buen personaje, seguro el mejor de todo el conjunto del diario, pero su exterior es muy similar a otros hombres que hemos conocido en The Wire, sobre todo a Bunny Colvin. Por suerte tiene algunas escenas muy buenas, cuando lo vemos finalmente abandonar la redacción y recabar información “the old fashioned way”, en bares, con todo aquel que lo conoce y quiere hablar. Su cara de escepticismo también lo paga todo, una cara que dice que lo ha visto y lo ha escrito todo, y que generalmente ganan los malos. Es una pena que a pesar de todo eso, no logre saltar de la pantalla, conmovernos totalmente. Lo conocemos y nos cae bien, pero es una amistad superficial, acartonada.



Buy for a dollar, sell for two.

Fool, if wasn't for your friend Sergei here, you and your cuz both would be cadaverous motherfuckers

You know what kills more cops than bullets or liqour? Boredom String... they can't stand that shit! Just keep it real boring

You think I'm gonna send any of my people up against Brother Mousone? Shit, that nigga got more bodies on him than a Chinese cemetery.


Joseph "Proposition Joe" Stewart.

Proposition Joe es la cara más viboresca y acomodaticia del negocio de la droga. Un gordo gigante con rastas que parece respirar todo el tiempo por la boca, que se sienta en su negocio de arreglo de radios y electrodomésticos a meterle destornillador y pinza a cachivaches acabados. Él mismo podría ser un cachivache, si no fuese porque tiene una admirable habilidad para proteger su trasero. De algún modo uno siente que tiene un orgullo de laburante en lo que hace, a pesar de que sea la venta de droga. Que para él es, justamente, un trabajo, una manera de sobrevivir. Por algo lo mete a su sobrino en el negocio, y lo banca, a pesar de que es un inútil violento y despreciable. Como si fuese la empresa familiar. Es su changuita, su pequeño taller de estupefacientes. No por nada es un experto en el lavado de dinero. Por eso también tiene esa aversión a la violencia y el asesinato político. Por algo es “Proposition” Joe, el dealer al que los otros dealers acuden para que instaure una especie de espacio liberado sobre el cual podrán discutir y dialogar. Es como un diplomático del negocio de la droga.
Pero, también, es un manipulador increíble, con una capacidad increíble para poner a unos contra otros y alejar las mirillas de su patio trasero como si tuviese superpoderes de sugestión e hipnosis. Por algo Omar, uno de los pocos que le hace la guita, lo primero que le advierte es que no intente ninguna mierda retorcida con él, o que le iba a poner una bala en la cabeza.
El problema de Prop Joe se hace presente cuando se vuelve blando, cuando comienza a querer adoptar un sucesor, cuando ve en Marlo, equivocadamente, a un pibe que quizás podría sucederlo. Cuándo su costado familiero le gana a su costado calculador y manipulador. El negocio de la droga no perdona el sentimentalismo, y todo se resume dolorosamente en la última frase que le dice Marlo: “I wasn't made to play the son”.

sábado, 21 de agosto de 2010

Visite Baltimore 12: Michael Lee & Duquan "Dukie" Weems.



- How do you get from here to the rest of the world?

- There ain't no special dead. There's just dead.

Dukie: You remember that one day, summer past? When we threw them piss balloons at them Terrace boys? You remember, just before school started up again? You know, I took a beatdown from them boys. I don't even throw a shadow on it. That was a day. Y'all bought me ice cream off the truck. You remember, Mike?

Michael: [long pause] I don't.

Dukie.



- Ya'll always taught me..Get there early.

- Why not?....i mean..Marlo aint suck no dick right? so if Marlo knows he aint suck no dick then what the fuck he care what Junebug say, what anybody say..Why this boy gotta get dead just for talking shit.

- Why you even wanna do this? What is you thinking Duke? You think if you start carrying somebody ain't gon try you? Naw...somebodys always gon try you...and if they know that you carrying they gone make you come out with it. And once you come out with it you gotta be willing to go all the way. *gunshot* You can't bring it out unless you willing to use it. *gunshot* Can't be no doubt. *3 gunshots*

Mike.

En el gran análisis de las instituciones y los grupos sociales de una ciudad que hace The Wire (y que podría ir así: policía – delincuentes – puertos / trabajadores – políticos – escuelas – diarios, y una sexta temporada hipótetica y jamás filmada pero que me hace soñar despierto sobre los inmigrantes latinoamericanos) la cuarta temporada es la más amarga y más pesimista, así que no es coincidencia que hable del sistema educativo y lo que sucede con los niños que ingresan a él.

Seguimos la historia a través de 4 niños: Michael, Dukie, Namond y Randy. Todos vienen de trasfondos ligados de un modo u otro a la calle, la ilegalidad, la violencia y el maltrato, pero sus destinos serán muy diferentes. Lo que siempre está claro, sin embargo, es que la escuela no es ninguna salvación para ellos, que no existe el camino de perfeccionamiento, “crecimiento intelectual” (porque, en definitiva, los 4 son realmente inteligentes y no tienen lugar para los conocimientos estándar que no le sirven para nada de la escuela), ascenso social burgués y clase media. Lo único que los encauzará por la vía del bien es un milagro o la influencia de terribles fuerzas externas cuyo interés en alguno de ellos exceda los límites de la legalidad, llegue al cruce de las líneas sociales de acero.

De todos ellos he elegido a Michael y Dukie, en primer lugar, porque son los que más tiempo están en la serie. En segundo lugar, porque son diametralmente opuestos pero a la vez complementarios, porque son ejemplos de cómo una vida rodeado de drogas y violencia pueden desviarte hacia el lado de la indefensión o el lado de la dureza. En tercer lugar, porque son los dos personajes que The Wire sigue más despiadadamente mientras se internan en la gran picadora de carne de la sociedad, ocupando lugares para que se perpetúe el sistema, la sangre y el horror.

Michael es hijo de una adicta y un padre desaparecido o inexistente que tiene que hacerse cargo de su hermano menor, Bug, hijo de su madre y un hombre oscuro cuya presencia pesada y espesa se avizora desde el inicio de la temporada. Esta crianza lo ha vuelto un tipo que no confía en nadie, que no acepta un favor, que siente que está completamente solo en la vida y tiene que mantenerse de ese modo. Es un clásico chico duro de buen corazón como demuestra en la relación con sus amigos y especialmente en la relación con su hermano. Michael es, además, un muchacho grandote, de esos capaces de pegarte una buena paliza a pesar de ser, nominalmente, niños.

Dukie, por su parte, es un perdedor nato, un chico que parece destinado a la mala suerte y la negligencia. Sus padres también son drogadictos, pero a un nivel muy superior y mucho más duro que los de Michael. Drogadictos perdidos, que le roban la ropa y la comida y ni siquiera se preocupan por su higiene o por su salud. Es un milagro que haya llegado a la adolescencia. Y, sin embargo, Dukie es ultra inteligente, sensible y rápido. Podría ser un gran intelectual. Un flacucho, tímido, completamente inadaptado a las calles. Él no pertenece a ese mundo tanto como sus amigos. Es un nerd dentro de un ambiente social muy peligroso y hostil.

La trayectoria de ambos en la serie es espejante y similar. En un primer momento ambos reniegan de ofertas de ayuda, ya sea por orgullo o por vergüenza. Mike se pasa la mitad de la cuarta temporada renegando del negocio de la droga e intentando forjarse un lugar independiente, mientras que Dukie se acerca muy lentamente y con gran pudor a Pryzbylewski, el policía más torpe y desafortunado del mundo devenido profesor. Hacia la mitad de la cuarta temporada, sin embargo, Michael tiene que pedirle un favor a Marlo, el sociópata que ha reemplazado al tándem Bell –Barksdale. Y cuando uno se entromete en ese mundo, ya no hay vuelta atrás. Es venderle el alma al diablo en cuotas y Michael inicia su camino hasta terminar siendo muscle de la operación Marlo (el muscle es el que lleva las armas, el que protege a los vendedores, el que le pega un tiro a las molestias).

Dukie, en cambio, llega lo más cerca que va a estar de emprender el camino de ascenso social burgués. Se destaca, se vuelve un pequeño geniecillo del aula, ayudado por Prez, logra un cierto grado de dignidad. Pero un día sus padres desaparecen así como así y lo único que le queda es mudarse con Mike. Y luego quieren adelantarlo un año, sacarlo de su precario sistema de soporte, quitarle la única figura paterna que tuvo algo de sentido para él.

La cuarta temporada está repleta de padres sustitutos y maestros temporales y es notorio que los únicos que logren convertirse en buenos padres (o al menos, padres efectivos) sean Colvin, con su dedicación a prueba de balas, y Marlo (o, más bien, Snoop y Chris, los matos que instruyen a Michael), quién ofrece a Michael una especialización en el camino más obvio y terrible.

Además, durante toda esta temporada planea sobre los muchachos el espectro de la muerte que cosecha Marlo, de los cuerpos encerrados en casas abandonadas, de las cuales hay millones, dándole a Baltimore el aura de una verdadera ciudad fantasma, de real horror, de ratas detrás de las paredes. Ese monstruo invisible los toca a todos y modifica irreparablemente sus vidas, sobre todo la de Randy, que nunca volverá a ser el mismo.

La quinta temporada encuentra a Michael y Dukie viviendo con un cierto grado de estabilidad, juntos, Mike trabajando para Marlo y Dukie intentándolo aunque sabe que jamás será lo suyo, siendo basureado por todos los otros chicos que trabajan con él. Al mismo tiempo, ejerce de niñera de Bug, en uno de los roles más desvalidos de la serie. El dilema de ambos a lo largo de esta temporada (en la cual ya han dejado muy atrás la escuela) será el cómo salir de las circunstancias en las que se han visto envueltos por sus propias acciones y por el irresistible juego de pinzas de las obligaciones e imposiciones de estructuras más antiguas y devoradoras que ellos.

En quien lo veremos más claramente será en Dukie, que intentará primero perfeccionarse en el mundo de la droga y luego ingresar en el mundo del trabajo, con grandes fracasos en ambos ordenes. Uno no puede más que estar triste, muy triste, y desesperado cuando lo ve practicar con una pistola, intentar aprender a boxear, buscar trabajo y ser rechazado en todos lados por su edad e inexperiencia. Todo se resume en esa escena con el entrenador de box en el que éste, con todo el dolor del mundo, le dice que tiene “otras habilidades” y que tiene que llegar al mundo que está más allá de las esquinas, pero que no tiene ni idea de cómo enseñarle a llegar ahí.
Michael, mientras tanto, comienza a desarrollar una conciencia, y a sentirse incómodo con el accionar de Marlo. Lo que Michael hace para escapar es un tiro por elevación que implica la libertad más pura… dentro del mundo de la droga. Es demasiado inteligente para morir, pero su salvación (su salida) termina siendo, al igual que Omar, funcional al sistema que lo retorció.

El final de Dukie es muchísimo más triste porque no coincide en nada con su promesa y porque, finalmente, todo lo que hace es caerse entre las grietas, desaparecer, volverse una no persona (no es casual que el mismo lugar donde se sitúa Hamsterdam, donde terminan los drogadictos y donde se tiran cuerpos, sean las casas tapiadas, asimilando junkies con cadáveres y desapariciones).

La cuarta temporada empieza con un grupo de niños que se reúnen en lo que parece el patio o pasillo exterior de un galpón abandonado, lleno de escombros y oxido y yuyos, un lugar que exuda abandono y que habla de una ciudad en decadencia que consume todo lo que fue bueno. La última toma de la cuarta es ese mismo galpón, vacío.

lunes, 16 de agosto de 2010

Visite Baltimore 11: William "Bunk" Moreland.



Moreland: I'm just a humble motherfucker with a big-ass dick.
Freamon: You give yourself too much credit.
Moreland: Okay then. I ain't that humble.

Det. William Moreland: Them Greeks sure have some weird-ass names.
Det. James 'Jimmy' McNulty: Hey, don't knock the Greeks. They invented civilization.
Det. William Moreland: Yeah, and ass-fucking, too.

-Jimmy, I just bought brand new lawn chairs and a glass patio table. Now you don't buy no shit like that if you're plannin' to lose your job and go to prison.

-Drink up and die right.

-You can go a long way in this country killin' black folk. Young males, especially.

-The Bunk is strictly a suit and tie motherfucker.

The Bunk.

William “Bunk” Moreland es un personaje calladamente importante. Un observador tranquilo que une varios preceptos. Un policía elegante y con pinta de músico de jazz, siempre vestido de trajes pinstripe y fumando puros. Un suave, un tipo que en general está relajado y de buen talante y que intenta no tomarse del todo en serio el marasmo que es ser policía en Baltimore pero que, sin embargo, se preocupa, y mucho, le importa, es capaz de enojarse con la furia de Dios cuando ve que el mejor ejemplo para un montón de pendejos es un ladrón y asesino que solamente es un poco mejor que los demás, o al ver que su mejor amigo y dolor en las bolas constante se ha metido en otro quilombo donde, inevitablemente, se vera arrastrado.

Bunk es un policía que aprecia el viejo y buen trabajo detectivesco, sentarse mirando toneladas de papeles, visitar las escenas del crimen y notar lo que otros han pasado por alto, reconstruir una en impecable detalle (sino, mirenlo en la primera temporada, en ese momento famoso, en la que él y McNulty analizan una escena de homicidio completamente arruinada y oscurecida por los anteriores investigadores mientras repiten incesantemente la palabra “fuck”). Es un tipo que cree en el trabajo honesto y que está orgulloso de lo que hace, algo que demuestra en la forma en que se conduce, con seguridad y certeza, en la manera en que viste sus hermosos trajes, en cómo observa los cuerpos tirados en las esquinas y casas de Baltimore, con sus cejas llenas de desconfianza, su media sonrisa sardónica y la ansiedad dibujándose en el rostro.

Esa es la cosa con Bunk: es un tipo que ama lo que hace y que ama la vida en general. Por eso disfrutamos tanto las escenas de The Bunk emborrachándose junto con McNulty al lado de las vías del tren, bajo un puente, en descampados (todos sitios espantosos, lúgubres, llenos de yuyos, fantasmas y oscuridad, con meadas en las paredes y basura en el piso, lugares adonde no irían jamás si no fuesen policías), o cuando ya completamente ebrio le hace ojitos a alguna que está en el bar y se babea y se va con ella, o cuando la mina lo llama a McNulty para que lo vaya a buscar porque esta borracho, desnudo y llorando en su baño. Y nada de esto parece afectar seriamente su vida matrimonial. The Bunk la pasa bien, The Bunk disfruta, es uno de esos tipos capaces de iluminar una habitación apenas entra.

Al mismo tiempo, el trayecto de Moreland en The Wire es bastante lineal y sin sobresaltos: comienza en Homicidios y termina en Homicidios. Nunca se mete en problemas, nunca hace enojar a los jefes, nunca agita el avispero. Bunk es el perfecto ejemplo de otra mentalidad posible dentro de la policía: la que dice que uno tiene que ser un buen policía pero no hasta el límite de hacer algo que te ponga en la mira de tus superiores, algo que caiga mal, pensar que la policía puede cambiar al mundo o que debería ser más proactiva o embarcarse en alegres quijotadas contra grandes vendedores de drogas de las que nada bueno puede salir. Bunk cumple con el trabajo pero no hace alharaca, patina por la vida con la misma facilidad con la que termina vomitando luego de haber bebido lo suficiente. Tampoco es que sea un chupamedias de los jefes, no, no, no, ese no es The Bunk, no es Jay Landsman. Más bien pareciera que se hace cargo completamente de una de las proposiciones básicas de la serie, tácita pero siempre presente: no te hagas ilusiones, no creas que podes cambiar el mundo, intenta pasar por la vida haciendo el menor daño posible e intentando proveer la mayor cantidad de felicidad y bondad posible, pero no creas que vas a liderar una revolución.

The Bunk es, a fin de cuentas, uno de los personajes más equilibrados y felices de The Wire. La tragedia y la deshonra lo tocan de lejos, no tiene ninguna obsesión que corroe su vida y su entorno social, pero a pesar de ello tampoco es un hijo de puta amoral a quién no le importa nada. Solo es un realista que conoce sus límites y sus objetivos y por lo tanto los cumple y sigue su camino.

Es el tipo que muestra la manera sensata y razonable de vivir dentro de las instituciones, pasando ligeramente desapercibido pero cumpliendo un trabajo importante que nadie más haría en su lugar. Su escena más memorable llega en la quinta temporada y gira sencillamente alrededor de su negativa a acudir a una reunión ridícula y sin sentido, pero sin embargo obligatoria. ¿Para quedarse haciendo qué? Viendo papeles y comparando expedientes, haciendo “trabajo policiaco de verdad”. Es que The Bunk es así, un tipo tan simpático y encantador que no podes evitar quererlo a pesar de (o quizás gracias a) que no está hecho para la tragedia.

martes, 10 de agosto de 2010

Visite Baltimore 10: Howard "Bunny" Colvin.



- Somewheres, back in the dawn of time, this district had itself a civic dilemma of epic proportion. The city council had just passed a law that forbid alcoholic consumption in public places, on the streets and on the corners. But the corner is, and it was, and it always will be the poor man's lounge. It's where a man wants to be on a hot summer's night. It's cheaper than a bar, catch a nice breeze, you watch the girls go by. But the law is the law. And the Western cops, rolling by, what were they going to do? If they arrested every dude out there tipping back a High Life, there'd be no other time for any other kind of police work. And if they looked the other way, they'd open themselves to all kinds of flaunting, all kinds of disrespect. Now, this is before my time when it happened, but somewhere back in the '50s or '60s, there was a small moment of goddamn genius by some nameless smoke hound who comes out the Cut Rate one day and on his way to the corner, he slips that just-bought pint of elderberry into a paper bag. A great moment of civic compromise. That small wrinkled-ass paper bag allowed the corner boys to have their drink in peace, and it gave us permission to go and do police work. The kind of police work that's worth the effort, that's worth actually taking a bullet for. Dozerman, he got shot last night trying to buy three vials. Three! There's never been a paper bag for drugs. Until now.

- I thought I might legalize drugs.

- Bunny: You see that building there? It's the old Stryker building. It was a funeral parlor. Last stop before the cemetery for west side white folk. Back When there was still some of those around. Right about the time that, uh, Jim Crow was breakin' up. Back in the early '60's. Someboday asked old man Stryker, they said "Stryker, you gon' change your policy and start buryin' black folk?" And Stryker said "yeah, on one condition: I can do 'em all at once." [Bunny laughs]

Carcetti: That's sick.

Bunny: But you know somthin'? I had a lot of respect for that man. 'Cause unlike most folks, I always knew where he stood.

Bunny Colvin.

Antes de que diga cualquier otra cosa, Bunny es el puto hombre. Es, quizás, el personaje más noble y dedicado a hacer el bien dentro del estamento en el que se encuentra. Y, por ello mismo, no es coincidencia que Bunny sea un reformador social, un tipo dispuesto a apostar todo a las nuevas maneras de hacer las cosas.

Ahora bien, a Bunny lo conocemos ya grande, curtido, a punto de retirarse. No sabemos nada de su pasado ni de su comportamiento antes de la tercera temporada, pero por su carácter, podemos deducir que fue siempre un policía honesto y un gran líder. Porque Bunny, estructuralmente, es un Comandante de distrito, el jefe de toda una sección del Departamento, un jefe, un capo. Lo que implica también que ha tenido que tragar mucha mierda y cuidar muchas posiciones para llegar ahí. Sin embargo, cuando lo conocemos, Bunny es fundamentalmente un policía decente, un tipo de gran corazón, otra persona que a pesar de todo lo que suponemos que ha visto no ha perdido el alma.

Es probablemente esa decencia intrínseca y no la posibilidad del retiro cercano y de tirarse una canita al aire, lo que lo impulsa a poner en marcha su primer gran proyecto de reforma: abrir tres “zonas liberadas” en lugares abandonados y completamente dilapidados de Baltimore (lugares de ladrillos descascarados, de fachadas desmoronadas, de calles sin faroles de luz, cercados por pastos gigantescos, lugares a donde probablemente ni los delincuentes se acerca por el persistente aura de entropía que los rodea) para que allí se concentre todo el comercio de drogas, un lugar donde toda su violencia pueda ser contenida sin dañar al resto de la población. Este sector, que rápidamente hace descender el crimen en el resto del distrito, es bautizado Hamsterdam por parte de sus habitantes y concurrentes.

Es que Bunny es uno de esos tipos que saben que hay una diferencia entre ley y justicia, que la ley existe sobre todo para proteger a los ciudadanos y que, cuando esto no sucede, entonces hay que excederla para que su espíritu se respete. Y es un tipo que, justamente, vemos en su plenitud, en el momento final de su estadía en la fuerza, que está agotado de ver como todas las iniciativas policiales y “el juego de los números” (la manipulación de estadísticas para hacer disminuir los índices de delito) no solo no han logrado hacer descender la criminalidad, sino que incluso han criminalizado y discriminado a aquellos a quienes debían proteger. Es un tipo que está harto de ver como se le mueren policías, como los ciudadanos están cada vez más desvalidos, como han llegado a ver en la policía algo que temer, como la policía ha perdido el contacto con la comunidad.

Bunny, con su cuerpo de gigantón, su pelada brillante, su sonrisa sincera y gigante, su cara de tío bueno, es esencialmente uno de esos policías que a veces se ven en los comics y las películas de época, de uniforme y macana patrullando el barrio, hablando con los niños y las ancianas, recto y sonriente pero inflexible con quienes lo merecen.

Su primer intento de reforma social, entonces, es producto del observar este ideal que venera completamente desvalorizado y devaluado. Y el mayor responsable de esto, nos dice The Wire directamente, es la guerra contra las drogas. La guerra contra las drogas, como dice Bunny, arruinó este trabajo. Lo arruinó porque puso el acento en la represión antes que en la protección, porque volvió a todo el mundo un sospechoso, porque transformó al policía en un ejército invasor en su propio país. Porque en definitiva es una guerra que lo único que hace es marginalizar al pobre y perpetuar un ciclo vicioso en el que los nuevos jóvenes solo tienen por futuro y expectativa ingresar en el mundo de la calle y de la droga, para terminar presos o muertos.

Obviamente que este plan no saldrá nada bien, pero por un momento, por una temporada, nos hacen creer que existe una alternativa, una opción para ese mundo de violencia hermética, asfixiante. Y esa salida está personificada en ese negro de maneras pausadas y gran corazón, que cuando llega el momento de la caída, lo acepta como un hombre y se hace cargo individualmente de todas sus consecuencias.

En la siguiente temporada, por consiguiente, la situación de Bunny es muy diferente y se asemeja a la de muchos personajes que a lo largo de la serie intentan desafiar la manera establecida de hacer las cosas: despojado de poder y de acción, degradado y vuelto una parodia de quién alguna vez fue. Afortunadamente, tendrá otra oportunidad de intentar cambiar las cosas, está vez participando de un programa experimental de enseñanza en escuelas secundarias.

Tiene sentido que Bunny tome esta dirección en su vida y en la serie. Como hemos visto, una de sus mayores preocupaciones en su vida es la de proteger a aquellos que no tienen poder, ha absorbido demasiado bien el ideal de su casta. Bunny es de aquellos que creen que el cambio llega modificando el modo de pensar de las próximas generaciones, un clásico liberal (en el sentido izquierdista en que es utilizado por los norteamericanos) que por su extraña condición de policía puede aplicar esas teorías y no perderse en devaneos teóricos. No por nada uno de sus enfrentamientos más amargos será con Carcetti.

El segundo experimento de cambio social de Bunny Colvin tendrá un final igual de agridulce y un desarrollo aún más terrible y descorazonador. Porque si bien Hamsterdam fue un fracaso, al menos ahí Bunny tenía dos cosas que no tendrá aquí: una autoridad indiscutida y una tropa que, para bien o para mal, estaba dispuesta a obedecerlo. En la escuela es nadie, es peor que nadie, porque es justamente una figura de autoridad y aquellos que deben hacerle caso no son policías a los cuales se les ha inculcado la idea de la cadena de mando sino un grupo de mocosos que se encuentran mucho más cerca de la vereda de enfrente a la que estaba parado Colvin en sus días de polizonte.

La cuarta temporada es terrible por el modo en que plantea que las escuelas, como están organizadas, son solo fábricas que reproducen exactamente el sistema sin intentar modificar la vida de ninguno de aquellos niños que están atrapados en él. Es tristísimo ver como esos jóvenes están condenados a la calle, como se los va amoldando para que lo único que quieran sea abandonar esa institución a la que solo le interesan los números y las estadísticas, protegerse de los gobernadores y los inspectores escolares. La escuela está tan obsesionada con la burocracia como la policía, frente a ello el caos cuasi natural de la calle es una forma de liberación.

La homeóstasis del sistema es, además, dolorosamente patente en el durísimo trabajo que hace Colvin, intentando con mucha compasión y tranquilidad y paciencia llegarles a esos chicos que están tan retraídos y encasquetados en sus vidas que les indican que lo mejor a lo que pueden aspirar es a estar muerto de una manera rápida antes de los 30. La mayoría del tiempo es recibido con hostilidad, indiferencia y odio.

Finalmente, el proyecto será cerrado por una confluencia de desinterés por parte del gobierno local, falta de recursos, desconfianza de las autoridades de la escuela. Un complejo mecanismo de pinzas institucional que se cerrará sobre la esperanza de Colvin. Los efímeros avances que Colvin había realizado se desvanecerán en el aire y, en algunos casos, degenerarán en algo peor. Solo rescatará un efímero y personal triunfo de todo el asunto, la “adopción” de uno de los niños de su clase especial, en un desenlace que, en manos menos hábiles hubiese sido un final de película de Hallmark pero que, acá, está resuelto con tal elegancia y caballerosidad, en un mano a mano entre dos hombres con mucha historia (con mayúsculas) sobre sus espaldas, que conocen los códigos de la calle y de la ley, en una de las mejores escenas de la serie.

Este triunfo solo demostrará que Bunny cambia el sistema a un nivel microscópico, conclusión cuyo corolario es que termina expulsado de todas las instituciones a las que perteneció. Es sorprendente que todo su periplo, sin embargo, no lo vuelva un hombre derrotado y amargado, sino que siga siendo el mismo tipo optimista e, incluso, que todo su arco nos parezca tener un final feliz. Es que en The Wire, las pequeñas y casi insignificantes victorias son las únicas posibles y tenemos que agradecer y estar felices por lo poco que vamos a obtener.

viernes, 6 de agosto de 2010

Visite Baltimore 09: Shakima "Kima" Greggs.



How complex a code can it be if these knuckleheads are usin' it? Then again, what does it say about us if we can't break it?

How come they know you're police when they hook up with you. And they know you're police when they move in. And they know you're police when they decide to start a family with you. And all that shit is just fine until one day it ain't no more. One day, it's 'You should have a regular job.' and 'You need to be home at five o'clock'.

Stand around some shiny shit and get paid. Work murders and starve. What kinda shit is that?

Millenium been n' gone and we still fucking around with Smith Corona.


- Kima Greggs

Si hay algo donde The Wire quizás hace agua es en el territorio de las protagonistas femeninas. No es que no las haya (Ronnie, Beadie, Snoop son buenos ejemplos) sino que la mayoría de ellas no tienen grandes arcos dentro de la macro-historia de The Wire e incluso, por momentos, parecen accesorios de los hombres. Diría que esto es así porque los mundos que cubre The Wire son eminentemente masculinos (la policía, la droga, el puerto) pero luego recuerdo que en realidad su tema es la ciudad moderna y llegó a la conclusión que las explicaciones posibles son dos: o los autores (todos hombres), a pesar de toda su buena voluntad, no lograron quitarse las anteojeras frente a la femeneidad, o simplemente el mundo es mucho más machista y desigual de lo que nos mentimos que es.

De entre todos los personajes femeninos, sin embargo, hay 3 que sobresalen: Ronnie, Kima y Snoop. Ronnie por momentos se pierde y desdibuja (y, por otro lado, si hay algo que recordamos es a ella en relación con, ya sea McNulty o Daniels) y Snoop, si bien encantadora, es mucho menos compleja que Kima, que para mí es la gran estrella femenina de la serie.

Kima es uno de esos personajes impredecibles y multifacéticos que tiene The Wire en cantidad. Una policía lesbiana que no soporta a los imbéciles (pero que es mentora de varios de ellos a lo largo de la serie), con una relación establecida que la empuja a la maternidad, aunque no está completamente convencida del asunto. Bardera y borracha pero fiel. Con una ética y una disciplina de trabajo puramente femeninas (esa encanto de las mujeres obsesivas, trabajadoras, preocupadas por el detalle, fastidiosas).

Dentro de la estructura de la serie, Kima es el reflejo de Bodie en la policía: un soldado con código que no está dispuesta a cruzar ciertas líneas, líneas que se impone pero también forman parte de su imagen ideal de lo que la policía debería ser. La diferencia con Bodie es que Kima tiene una estructura que la protege y la ampara continuamente. De hecho, Kima es uno de los escasos personajes de la ley que corre un riesgo real en toda la serie (en la primera temporada le disparan en un confuso trabajo de infiltración). En The Wire quienes sufren y mueren no son los policías sino la gente verdaderamente desprotegida: calle o civiles. Ese disparo es uno de los arcos dramáticos (en el sentido de OH THE DRAMA) más altos de la primera temporada. Un momento en que The Wire se aproxima un poco a la emocionalidad de una serie tradicional pero que es insuflado de una realidad y grosor muy superior mediante la enorme escena entre Jimmy McNulty y el mayor William Rawls en la que este último lo putea y lo exonera de culpa al mismo tiempo, y también mediante la transmisión muy real de la solidaridad de estamento, de esa angustia y violencia tan extraña (para alguien que nunca ha sido policía, supongo) producto de saberse parte de un grupo que está en la línea de la muerte.

Luego de este incidente, y de la primera temporada como un todo, Kima sufre una mcnultización a lo largo de la segunda y la tercera temporada, aceptando los consejos del irlandés y precipitándose en las buenas y viejas maneras del precinto oeste. El desencadenante del cambio es algo que a la vez define y espanta a Kima: su condición maternal. Kima es una de las grandes profesoras y, en líneas generales, protectoras de la serie. En primer lugar, con los insondablemente cabeza hueca de Herc y Carver, y sus concepciones bastante imbéciles (pero no por eso menos reales) del trabajo policial, que tendrán destinos opuestos a lo largo de la serie. Uno de ellos absorberá la ética y el espíritu de Kima, el otro no. Con Bubs tiene una relación casi fraterna y, de todos los agentes de la ley que tratan con él, es la única que demuestra un interés sincero, un atisbo de ayuda a un desclasado. De hecho, es el contacto que hace que Bubs comience a trabajar con la Major Crimes Unit.

Pero esta tendencia no es suficiente a la hora de encontrarse ante un hijo propio. Kima da un giro hacía lo opuesto que le proponen. Despunta ese rasgo obsesivo que dice que ella solo quiere ser policía. Algo de esa aspiración se encuentra en la raíz de su relación e identificación con McNulty.

Sin embargo, en uno de esos momentos en los que The Wire reconoce sus propias falsedades acerca de la realidad que quiere retratar (en este caso: Rogue Cop McNulty), Kima no está destinada a ser McNulty 2. Tiene una configuración psíquica diferente, más responsable, más caritativa, menos egoísta, más recta, con una concepción del trabajo policial que excede largamente su propia importancia. Es una mujer de pocas palabras, que, como hemos dicho, no soporta a los imbéciles, ¿Por qué se transformaría en uno?

Por ello, para la temporada final, Kima es uno de los pocos personajes que está en paz con sí misma y su lugar en la vida o, por lo menos, lo está intentando. Y esto se refleja en dos hechos y escenas puntuales donde se observa su compromiso con su propio futuro y su posición como agente de la ley. Por un lado, el momento en que decide ser la voz de la conciencia del Departamento de Policía en general y la División Homicidio en particular y revelar la movida más arriesgada del tándem McNulty – Freamon. Con la suficiente honestidad para que semejante actitud no despierte ningun rencor.

El segundo momento involucra a Kima y su hijo adoptivo, mirando por la ventana a una Baltimore oscurísima y helada, lo sostiene en sus rodillas, él tiene una cara de sapito asustado, ella parece estar ahí pero alerta simultáneamente, pescando rastros en la noche. Miran por la ventana, decía y Kima dice: “Goodnight moon, goodnight stars, goodning po po’s, goodnight fiends, goodnight hoppers, goodnight hustlers, goodnight scammers, goodnight to everybody, goodnight to one and all”.

martes, 3 de agosto de 2010

Visite Baltimore 08: Reginald "Bubbles" Cousins.



(Here be spoilers. Beware)

- How y'all do what y'all do every day and not wanna get high?

- Ain't no rules for dope fiends.

- Bubbles: This pay how much?
Kima: Let's treat it like a real job. Say $5 an hour, $30 on a day, max.
Bubbles: That's less than minimum wage.
McNulty: But there's no withholding, Bubs. It's tax-free.

- Ain't no shame in holding onto grief, as long as you make room for other things.

Bubbles.

Todo el mundo ama a Bubs. Es difícil no hacerlo cuando es uno de los personajes con más corazón e inocencia de todo la serie, cuando se pasa gran parte de ella siendo una víctima, un outcast, un pobre tipo que se merece una mejor vida.

Bubbles es un adicto a la heroína flacucho y petiso, con cara y pelo de insecto, que conoce a todo el mundo en la calle y “trabaja” como informante de la policía. El tipo es un guiñapo sucio que vive tirado bajo un puente o en casas abandonadas, que se reúne con los peores desperdicios a inyectarse y babear, con jeringas sucias y llenas de sangre coagulada, y sin embargo no hay nada enteramente desagradable ni denso en su persona. Porque al mismo tiempo es inteligente, rápido, con conocimiento y practicidad y se las ha ingeniado para sobrevivir sin matar ni cagar a nadie, inclusive enseñando a jóvenes callejeros sin experiencia a bancársela en las calles y a procurarse los mejores medios para mantener su propia adicción. De algún modo, en medio de toda la mugre, no se perdió a sí mismo ni se transformó en una mala persona.

Por eso es que todo el mundo quiere a Bubs, porque cuando ves The Wire y aparece uno está automáticamente de su lado. Pero la tragedia de Bubs es que así como todos lo quieren, nadie puede ni quiere ayudarlo a salir de su circunstancia social. Bubs es, como representante de los drogadictos y los homeless, el eslabón más bajo que vamos a conocer en la serie, un desclasado y marginado real, que no tiene ningún tipo de red o estructura de contención, y los policías con los que negocia (McNulty, Bunk, Kima) solo pueden tenerle lástima y tirarle unos mangos, nunca sacarlo de su situación. Todos estan atrapados en sus obligaciones hacia la institución que sirven, y esas obligaciones pueden ser insoportables, pero siempre serán mejores que no tener ningún tipo de apoyo en el cual recaer.

Bubbles es una de esas piezas de cruda realidad que The Wire inserta por encima del lenguaje televisivo. No hay salvación mágica para los hobos simpáticos e inteligentes. Lo que hay es más indiferencia.

El trayecto de Bubs por la serie es irregular y diverso. Siempre parece estar a punto de rescatarse pero al final nunca lo hace. La tentación es más fuerte que él continuamente y, por añadidura, la vida border que lleva es la única que conoce y sabe vivir. Y The Wire nos deja claro continuamente que su salvación sólo depende de sí mismo. Luego cae, pasa por momentos de confianza en sí mismo y momentos de desolación, de tristeza absoluta. Roba caños y metales, monta un negocio de expendio callejero en un carro de súper, es golpeado por dealers y matones, se babea y está totalmente insensibilizado con gente desconocida, es arrestado, le vende información a la policía, es defraudado por ciertos agentes de esta fuerza y, finalmente, consigue casi el único final completamente feliz de la serie. Ese final es uno de los momentos en que The Wire se acerca a una serie “normal”, pero hemos visto a Bubs sufrir y luchar tanto (la quinta temporada es un periplo terrible que ilustra el modo en que Bubs aprende a dejar atrás, con dolorosa y desesperante complicación, su culpa y angustia y soledad frente al mundo) que ese final nos parece totalmente merecido, ganado.

Bubs es, además, uno de los tantos maestros que tiene la serie. Suele tomar jóvenes bajo su ala, como junk buddies y porque cualquier empresa es mejor de a dos y, también, joder, porque quiere cuidarlos y, dentro de sus magras posibilidades, protegerlos de la vida que él mismo experimentó. El problema es que Bubs no puede ofrecerles ningún tipo de protección real y es incluso más débil que ellos. Es un vano intento de su parte de formar algún tipo de unión dentro del sector social para el cual comunidad es anatema y que está más desprotegido y atomizado de todos.

Bubbles, como todos los personajes de The Wire, no tiene “origen secreto”, no hay un capítulo donde se nos explique cómo llegó a donde está. Los personajes de The Wire existen, sencillamente, mientras están en la pantalla, no importa su pasado y no hay una explicación misteriosa, traumática y psicológica para su comportamiento. Sin embargo, siempre hay pistas, detalles del trasfondo que indican que esos hombres y mujeres tuvieron una vida antes de llegar a la serie. Las visitas tardías de McNulty a sus hijos, la aparición de un tío comatoso de Avon, la abuela de Omar. Siempre son personas concretas que corporizan el hecho de que esos personajes vienen de algún lado. En el caso de Bubbles, esas personas y nombres no son entidades, son susurros. Una sugerencia de un hijo y una ex esposa, un suspiro de una hermana eternamente enojada con él. Esto causa que la condición de Bubs tenga algo de fantasmático, de espectral. Es un hombre que ha caído tan bajo que no tiene lazos con el mundo “oficial” de más allá de la calle. Es por ello, también, que no existen soluciones mágicas a su predicamento: frente a una persona que es casi una no-entidad, un conjunto de rasgos sin anclaje social, la respuesta más común y esperable de los otros personajes de la serie es ignorarlo. Porque, en el fondo, es casi como si no estuviese ahí. Si hasta el hecho de que su “nombre oficial” sea su apodo de la calle denota su espectralidad. La tragedia está en que nosotros, espectadores, no podemos evitar empatizar y rogar por un desenlace feliz. Esa falta de origen, por otro lado, señala que no hay nada de extraordinario en él y que cualquiera que tome algunas decisiones desafortunadas puede caer por el agujero del conejo.

Bubbles es conmovedor porque corporiza una imagen que vemos todos los días en cualquier gran ciudad, un tipo durmiendo en la calle, con ropa sucia y costras de mugre en la piel, con barba repleta de tierra, tirado en un colchón comido por las pulgas o en un cartón, una imagen que despierta una fugaz mezcla de mórbida curiosidad con lástima, que son luego barridas por una ola de indiferencia; y rellena esa imagen con rasgos, pensamientos, historias y personalidad, transformando lo que vemos comúnmente como un número en un personaje extraordinario que debería hacernos sentir un poquito más culpables cada vez que nos ponemos los visores anti-homeless.

martes, 27 de julio de 2010

Visite Baltimore 07: Tommy Carcetti / Clay Davis.



- SHIEEEEEEEEEEEEEEEET!

- Let me tell you something: my neck of the woods, it's a jungle out there. Everybody living hand to mouth, improvisin', hustlin', makin' do with as little as you can imagine. Man, that tv show, Survivor? Man, they want some good contestants, they need to come around west side. Folks I know, we'll do great on that show, practice every day of our lives. (...)
Let me tell you somethin' brother, I don't how they do it out in Rowland Park, maybe prosecutor Obonda can enlight me on that, but my world is strictly cash and carry and I am Clay Davis. My people need me and they know where to find me. Let me tell you brother, I step up the dough, hit the corner of Mojo and Pennsylvania, you better believe my pockets are bulging, but by the time I get to Robert Street (gets up, turns pockets inside out, empty).
(...)
And if a jury of my peers, you all, deem it right and true for me to walk out of here upright and justified, I'm not gonna lie to you, I am gonna do the same damn thing tomorrow, and the day after that and the day after that until they got me laid out at Marchs' Funeral Home and truck me off to Mount Albert.

Clay Davis.



- Yummy, my first bowl of shit.

- It's Baltimore.....no one lives forever.

- I still wake up white in a city that ain't.

Tommy Carcetti.

Tommy Carcetti es el joven concejal, blanquísimo y jovencísimo en una ciudad mayoritariamente negra y cayéndose a pedazos, que se propone ser alcalde y cambiar las cosas. Clay Davis es el senador por el estado de Maryland con cara de pimp de los setenta, empapado por la corrupción. Carcetti se cree el salvador de la ciudad, el hombre providencial que viene a hacer una gestión honesta y recta. Clay Davis es el político más sucio y oscuro del Atlántico Norte, el tipo con la lengua más plateada del mundo. Sin embargo, son uno y lo mismo en el infinito y cambiante mundo de la política de The Wire. Son dos caras de la misma moneda porque ambos pertenecen a la misma maquinaria política y, en última instancia, su única función es perpetuarla.

The Wire probablemente se pone en evidencia en cuanto a donde están sus simpatías porque desde el principio Clay Davis nos cae mejor que Carcetti. Carcetti parece un muchacho progre con culpa, un tipo preocupado e interesado, pero también un espantajo, un figurón sin demasiadas ideas sobre política. Davies, en cambio, pertenece a una estirpe de políticos que, si bien no son eficientes ni probos, al menos son efectivos como seres preocupados por su supervivencia, y nos caen bien por su inimputabilidad, su completa falta de escrúpulos y su habilidad para moverse en ese territorio de hienas. Es un político corrupto, un demagogo, un charlatán, pero fascinante en su conocimiento de las maniobras políticas necesarias para ser a la vez un hábil cobrador de diezmos y estafas y un héroe de la gente y del pueblo. Es notorio que sea casi el único personaje de The Wire con catch-phrase, con muletilla, algo que hace que sea mucho más querible y recordable.

Quizás la diferencia está dada porque Clay Davis es un gran actor, un tipo que ha aprendido que la política es sobre todo gestos y ademanes y sonrisas y apretones de manos y de dinero. Que mientras sepas hacer circular este precioso bien entre unas cuantas manos selectas, entonces no hace falta, realmente, lograr nada en el mundo “real” de la política. Mientras tanto, Carcetti es un político que está aprendiendo a actuar, cuyo traje le queda, aún, muy grande. Lo notamos en sus discursos de indignación más actuada que sentida, en sus caras duras, en su falsa moral impoluta. Su reticencia a jugar el juego político con toda la furia (o sea, con un grado de corrupción, de prebenda y de prepotencia, de PODER) en el fondo lo hacen parecer como un niño, un idealista, un inocentón sin la dosis de manipulación, labia y bilis para triunfar realmente en la práctica más peligrosa de todas.

En términos de su posición estructural, entonces, Clay Davies es casi, casi, un agente libre, solo que perfectamente congraciado con la estructura. Llegó allí gracias a ella y continua allí gracias a ella, pero en el seno de la bestia hace solo lo que quiere y ambiciona. Es un perfecto egoísta que ha entendido que la estructura es más útil si se la aprovecha que en su contra. Lo que Davis ilustra es que en el juego de la política no importa realmente lo que haces, si no tu valor simbólico, tu capital. En realidad, la política es el intercambio de lo inexistente, y el valor último y máximo son tus seguidores. Por eso es que Davis puede “apoyar” a Clarence Royce, el alcalde saliente, cuando Carcetti va por su puesto, solo apareciendo y agitando un poco las manos. Por eso es que, cuando se le viene el juicio político encima y todos lo abandonan, su único poder es su imagen y lo despliega con suprema habilidad. Por eso es que jamás lo vemos inaugurando algo, ni impulsando ninguna ley, solo conspirando y tejemanejando en las sombras. La política es un organismo (como todos en The Wire) al solo le interesa su propia preservación y Davis le sirve porque es el corpúsculo que permite que subsista la creencia en ella, la fe en el hombre providencial, en el político que está un escalón por encima del resto de la población pero tiene la capacidad de cambiar sus vidas.

Si Clay Davis demuestra que el hombre, el político, realmente no necesita de la política concreta para existir, Carcetti demuestra que la política realmente no necesita al hombre. O sea, Carcetti es un “corazón sangrante” con el ego grande que siente, en principio, que la única manera de tener éxito y cambiar las cosas es tener más poder, que escalando la cadena de mando podrá tener más libertad, postular y hacer aprobar mejores propuestas, implementar verdadero cambio. Pero siempre sentimos que hay algo en su postura que no es completamente sincero, que en gran medida está diseñada para aplacar su ego y su complejo de salvador exacerbado. Quizás en esta dicotomía de su carácter se encuentra el motivo por el cual me parece uno de los personajes, en cuanto a emotividad, menos atractivos de la serie. Es estructuralmente importante, pero no recuerdo un momento en que su personalidad me haya conmovido. Es importante porque una vez que Carcetti logra su objetivo primario, se da cuenta de que sigue teniendo alguien a quién responder: el Gobernador de Maryland, y que la política es una estructura de cajas chinas en donde nunca vas a estar en la cima de la montaña y todo gira alrededor del compromiso. Entonces tiene que comenzar a pensar en postularse para gobernador. Carcetti nunca realizará un cambio real porque está atrapado dentro de ese sistema que le hace correr cual hámster en una rueda con un objetivo cada vez más lejano. El hecho de que se deje atrapar demuestra que tampoco tiene la voluntad de cambio: no será un ladrón pero tampoco puede escapar a la lógica del sistema y en lo primero en lo que piensa es en huir hacia adelante.

Lo que The Wire parece decirnos con estos personajes es que la política ha perdido la capacidad para ayudarnos y mejorar nuestras vidas, que solo se preocupa por sí misma y funciona como una vía excelente para el enriquecimiento de aquellos más inescrupulosos, como una perfecta extensión del capitalismo desbocado que penetra en todos los orbes sociales.

Ambos hombres tienen talento para la política, ese curioso sector de la actividad humana (y The Wire cree que para triunfar en la política si hay que tener un talento especial) que consiste en venderse a uno mismo y ser el mejor negociador frente a una multiplicidad de seres humanos. Seguramente ambos sigan siendo políticos a largo plazo, pero uno de ellos terminara decepcionado o con una percepción falsa de su propia importancia, vanagloriándose de los mínimos triunfos que logró, mientras que el otro probablemente termine sus días como un gordo y feliz millonario, al que intentaron juzgar miles de veces pero nunca lograron atrapar. No es difícil saber quién es quién.

jueves, 22 de julio de 2010

Visite Baltimore 06: Bodie Broadus.



Bodie: He's a cold motherfucker.
Poot: It's a cold world Bodie.
Bodie: Thought you said it was getting warmer.
Poot: The world goin' one way, people another yo'

I feel old. I been out there since I was 13. I ain't never fucked up a count, never stole off a package, never did some shit that I wasn't told to do. I been straight up. But what come back? Hmm? You'd think if I get jammed up on some shit they'd be like, "A'ight, yeah. Bodie been there. Bodie hang tough. We got his pay lawyer. We got a bail." They want me to stand with them, right? But where the fuck they at when they supposed to be standing by us? I mean, when shit goes bad and there's hell to pay, where they at? This game is rigged, man. We like the little bitches on a chessboard.

- Bodie Broadus.

Bodie es uno de esos personajes que The Wire al principio te muestra con distancia y hasta desprecio y que, con el correr de los episodios y las temporadas, finalmente se revela como uno de los más encantadores y sinceros, como uno de los pobres seres de la serie a quién más cariño le tomás.

Bodie es un vendedor de droga de poca monta en la organización de Avon y Stringer. Cuando lo conocemos, está metido en The Projects, esos bloques gigantescos de edificios que los dos capos han luchado tanto por conseguir, moles que parecen pedazos de madera en descomposición ahuecados por las hormigas, llenas de gente, ropa, cartón, colchones, bolsas de plástico y droga. Bajo la mirada atenta de D’Angelo Barksdale, el sobrino de Avon, eternamente sentados en el destartalado sillón rojo que es su base de operaciones, Bodie aprende en todas las materias que tienen que ver con el tráfico de drogas: a quién vendérsela, a quién no, como cuidar a tus soldados, como descubrir quién te está engañando o hablando con la pasma, de qué manera dividir el excedente, como evitar terminar tras las rejas.

Bodie es un aprendiz rápido y voluntarioso y pronto esta escapándose de institutos correccionales sin tirar ni una piña, sin levantar ni una sospecha. Y a medida que avanza la temporada, uno nota que a Bodie le van dando cada vez mayores responsabilidades hasta que hacia el final, bajo las ordenes de Stringer, comete el peor acto atroz y traicionero: el asesinato de uno de sus mejores amigos, compañero de sillón, quién estaba hablando con la policía (porque en The Wire uno siempre “habla” con la policía, la transgresión más atroz dentro del mundo de la droga, que garantiza la muerte, está tipificada con una palabra vulgar e intrascendente). Ante este acto abyecto, el jovencito con cara de avispado, contestaciones rápidas y miradas desconfiadas y compradoras, se transforma en un pobre matón de poca monta, sin códigos.

Pero, por suerte, la serie sigue y Bodie sigue en ella y, a medida, que lo observamos en el cambiante negocio de Avon, nos damos cuenta de que nuestra primera impresión es correcta y que Bodie, antes que un matón sin corazón, es un joven inteligente y leal, quizás demasiado leal, que sabe que el mundo de la calle es el único posible para él pero que se mueve por el mismo con los códigos y las reglas de la vieja escuela, con la idea de que tu pandilla es el único sucedáneo para la familia real y todas las otras estructuras sociales que terminan decepcionándote.

Porque a medida que avanza la serie y la estructura de poder Barksdale se va derrumbando notamos que Bodie nunca ascenderá, que siempre será un mero soldado, un peón en el gran juego del poder, pero también nos damos cuenta de que no es un asesino. No realmente. Creo que nunca mata a nadie más en toda la serie, su único otro tiroteo un ejercicio de ineptitud que demuestra que contraproducente es poner en manos de jóvenes la violencia del tráfico de drogas. Durante la segunda y tercera temporada (junto con su amigo de toda la vida Poot, más interesado en las mujeres que en el negocio) es casi un comic relief o un amable pensador de la calle, un soldado al que le encargan tareas absurdas o que se queda filosofando en la esquina, bajo el sol abrasador o el frio nevado, con su hoodie, sentado en las escalinatas de esas casas que antes eran símbolos de clase media y ahora son el refugio de los vendedores.

Pero al mismo tiempo, imperceptiblemente, notamos a un tipo cuyo mundo se va haciendo cada vez más pequeño y a quien lo va cercando una callada desesperación al notar que un modo de vida, al que entregó todo, va llegando a su fin.

Por algo el mejor momento, el más tranquilo de Bodie es en Hamsterdam, el experimento en legalización controlado de drogas de Bunny Colvin. Porque es esencialmente un buen tipo al que le gustaría seguir haciendo eso que hace (o sea, vender droga) pero sin la violencia, sin la lucha continua, solo un trabajo que te permite no hacer nada todo el día y disfrutar del sol y el viento en la cara.

Son las condiciones cambiantes de este negocio, la aparición brutal de Marlo en escena, lo que hace que Bodie se vea tan disminuido, tan triste, tan acorralado en la cuarta temporada. Los matones de Marlo lo ningunean, le van eliminando los amigos, lo tratan como a un pelotudo de cuarta (lo cual, en cierta manera y sin el amparo de la organización Barksdale, es). Una vez un amigo me dijo: “La cuarta temporada es una maravilla, hay tanta violencia y uno se la pasa en la escuela”. Si algo impregna a ésta es una sensación muy palpable de “dread”, de “todo esto va a terminar muy mal”, de que ahora los psicópatas están controlando el juego.

A lo largo de ésta temporada Bodie abandona progresivamente su lugar de bufón para pasar a ser una especie de coro griego, inexpugnablemente mezclado en la acción, pero también distanciado en espíritu y relegado a los márgenes. Abandonado por sus antiguos jefes, con todo su sistema de soporte hecho trizas, sus colaboradores desaparecidos a diestra y siniestra, por motivos ridículos y minúsculos, que exacerban el instinto predador y la cualidad tiburonesca del negocio de la droga, observa como el sistema gansteril que antes se suponía que lo cuidaba ahora carcome y destruye (o, en realidad, favorece a nuevas figuras y lo condena por pertenecer al pasado, el negocio de la droga es incapaz de evolución porque es incapaz de concatenar generaciones, cada una destruye a la anterior).

Bodie es un hombre leal, inteligente e instruido en los códigos de la calle que, sin embargo, termina siendo un organismo extraño dentro del mismo ambiente que lo ayudó a desarrollarse, del único en el que logro ser algo bueno, algo decente. The Wire, a pesar de todo esto, le provee de una última dignidad, una última victoria, en su escena final. Pero es una victoria amarga, nimia, pírrica hasta el extremo del llano.

sábado, 17 de julio de 2010

Visite Baltimore 05: Lester Freamon.



You follow drugs, you get drug addicts and drug dealers. But you start to follow the money... and you don't know where the fuck is going to take you.

When you show who gets paid, behind all the tragedy and the fraud. When you show how the money routes itself, how we’re all of us vested, all of us complicit… baby, I could die happy.

I don't wanna go to no dance unless I can rub some tit.

You'd be surprised what you can get done when no one is looking over your shoulder
.

- Lester Freamon.

Ah… Lester, Lester, Lester. El más irreductible policía cabeza dura. Y el más encantador, el más suave, el más elegante. Lester es la evolución natural de McNulty, su futuro yo. Ambos tienen demasiado en común.

Cuando vemos a Freamon por primera vez es como parte del escuadrón cochambroso que logra extirpar McNulty a un juez y sus superiores para cazar a Avon y Stringer. Freamon parece, como el resto del equipo, un perdedor, un inútil, un ridículo. Viene de la división de empeños, un trabajo de mierda, de escritorio, donde sencillamente escribía lo que los policías encontraban en las casas de empeño. Se sienta todo el día armando pequeños muebles para casas de muñecas, imperturbable, parco, la viva imagen del policía ñoqui. Pero a medida que ve que lo de McNulty va en serio y observa el fuego en la barriga del loco irlandés, comienzan a pespuntar gestos de una verdadera brillantez: encuentra una foto, inhallable, de Barksdale, consigue el número de pager de D’Angelo Barksdale, el sobrino y puntero importante de Avon. Y, de pronto, McNulty observa que ese sujeto que había estado atado a un laburo de escritorio durante 13 años (y cuatro meses) algo real y verdadero. Y luego, azuzado por Bunk, que le dice que era “real police” logra reunirse con él e intercambiar historias.

Freamon cuenta: en el 89, desesperado por cerrar un caso de homicidio, acusó a una persona con conexiones políticas dentro de la policía para conseguir su testimonio. El caso se cerró, pero Lester fue castigado igualmente y enviado al ostracismo. Su actividad como constructor de ridículos muebles en madera procede de su soberano aburrimiento en esa unidad y de su incapacidad para realizar “verdadero trabajo policial”. Y resulta que gana más dinero con eso que como agente. Entonces, le dice a McNulty: “cuando todo esto termine te van a preguntar: “¿Adonde no querés ir a parar?” y más vale que contestes adonde QUERÉS ir, porque ahí es donde te van a exiliar”.

Lester es McNulty pero con 13 años (y cuatro meses) de aburrimiento. O sea un McNulty más templado, tranquilo, aburrido, cínico y despreocupado. Un Jimmy que ha visto lo peor que le pueden hacer a un policía decidido a hacer todo lo posible para perseguir un caso. Además, Lester tiene una cosa que McNulty no tiene: su currito particular que lo libera de la policía, lo cual le da la libertad y la arrogancia de hacerse el súper policía y no preocuparse por las consecuencias de sus acciones y sus investigaciones.

Por otro lado, Freamon observa el trabajo policial como una competencia por ver quién es el más inteligente. Freamon es un verdadero detective, en el sentido más puro de la palabra: un tipo al que le interesa la investigación por sobre todas las cosas, seguir las pistas, reconstruir el “camino del papel”, saber más sobre su presa de lo que nadie supo antes, analizar cantidades ingentes de información. Y es allí donde radica su particularidad y su obsesión y donde su modo de concebir el trabajo policial difiere en tareas pero comuna en espíritu con la idea de McNulty: éste es más pasional e intuitivo, un policía de la escena del crimen y de la calle, Freamon es puro seso y cálculo, un policía del archivo y el escritorio, pero a ambos solo les interesa resolver el caso y demostrar que son los mejores.

Freamon, dentro de la estructura policiaca, es un paria tan grande como Jimmy, un tipo incontrolable e individualista que jamás puede acatar órdenes o respetar la cadena de mando. Pero, a diferencia de McNulty, Freamon es también un maestro, alguien capaz de transmitir su evangelio de la buena investigación a las próximas generaciones y de dejar nuevos gusanos esperando el momento adecuado. El caso más notorio de esta práctica es el de Roland "Prez" Pryzbylewski, que comienza la serie siendo un inútil, violento e incompetente policía que, sin embargo, alberga dentro suyo un buen corazón y potencial para mejorar. Y gracias en gran parte a la influencia de Lester, que lo toma bajo su ala y le enseña su habilidad en el manejo de las investigaciones policiales, se vuelve un excelente detective del papel, un tipo de esos que puede llevar una investigación hacia el dinero, más allá de las drogas y la muerte y los adictos. Que luego tenga su propia caída en desgracia no borra todo el buen trabajo que Lester había realizado con él. Es probable que las investigaciones de la Major Crimes Unit no hubiesen llegado a nada de no ser por la magia organizativa de Freamon, por su dedicación a cazar la presa, por su conocimiento de los detalles técnicos necesarios para armar una escucha.

En la cuarta temporada, Lester y el grupo persiguen a un nuevo Kingpin de la venta de drogas, un sociópata con cicatriz llamado Marlo, que anda volteando gente a diestra y siniestra pero frente al cual ningún policía ha logrado encontrar evidencias ni cuerpos aún. Solo se sabe que desaparecen y circulan leyendas urbanas de que sus asesinos son sobrenaturales, todo teñido de una importante oscuridad. La manera en que Lester resuelve el misterio, mediante un par de charlas con la gente correcta, unos cuantos datos precisos, la observación cuidadosa de una puerta y conocimientos básicos de carpintería, es una maravilla de la deducción y confirma que su problema es que es demasiado bueno, que las instituciones tienden a favorecer a los mediocres y los hijos de puta.

Y, sin embargo, a pesar de formar gente y ser un pequeño geniecillo, Freamon no es un líder. En algún momento de la serie se menciona que entró a la policía el mismo año que Bunny Colvin y Edwin Burrell, quienes terminarían siendo comandante de distrito y comisionado de policía respectivamente. Jamás llega ni siquiera a postularse para un cargo. Es que en el fondo debe sentir que ser un líder es un fastidio, que hay que lidiar con superiores y burócratas insoportables que comprometen el trabajo policial, que a él todo lo que le interesa es la libertad para no tener que hablar con esa gente y poder, más bien, darles quebraderos de cabeza, ser la mosca en el ungüento.
Pero, también, es un resultado de que (y aquí está el motivo por el cual Freamon, de vez en cuando, cuando está muy enfrascado en un caso, no le importa nada más y puede ser un verdadero imbécil, tirando la ética y la amistad por la ventana) en el fondo toda ésta tarea, la investigación, la pesquisa, la reconstrucción minuciosa, la paciencia y la obsesión, son solo herramientas para halagar y engrandecer el ego y la reputación sobrehumana del único policía a quien Lester admira y respeta: Lester Freamon.

lunes, 12 de julio de 2010

Visite Baltimore 04: Frank Sobotka.

(Here be spoilers. Beware)



Frank Sobotka: Why the fuck didn't you tell me what was in that motherfucking can?

Spiros: Now you wanna know what's in the cans? Before you wanted to know nothing. Now you ask. Guns, OK? Drugs, whore, vodka, BMWs. Beluga caviar, or bombs, maybe? Bad terrorists with big nuclear bombs. I'm kidding you, Frank, it's a joke. But you don't ask ... because you don't wanna know.

- Help my union? For 25 years we've been dyin' slow down there. Dry dock's rustin', piers standin' empty. My friends and their kids like we got the cancer. No life-line got thrown all that time, nothin' from nobody, and now you wanna help us? Help me?

Frank Sobotka.

Frank Sobotka es un personaje que se encuentra en las antípodas de Omar: atado, agobiado, envuelto en obligaciones para con su familia, el sindicato al que pertenece y, encima, unos misteriosos gangsters “rusos” o “griegos” con los que se ha enredado intentando salvar su trabajo y su forma de vida. Su mismo lenguaje corporal lo traiciona: un hombre retacón, ligeramente gordo, pelado, que por su masa corporal parece anclado a la tierra, con una enorme furia contenida. Cada vez que se entera de una mala noticia, su cara se transforma en una mueca de rabia total a punto de estallar, sus ojos parecen saltar como cohetes de sus órbitas y se agarra la frente como si su cabeza estuviese a punto de convertirse en piñata. En esos momentos, Frank Sobotka parece un tipo a punto de saltar de su asiento y partirte una silla en la cabeza para luego patearte en el suelo hasta que estés bien muerto.

Sin embargo, esto nunca sucede. Creo que no recuerdo ningún momento ni escena en la que Sobotka ejerza violencia real. Frank es pura contención y amenaza, pura mesura. Y, también, pura impotencia. Esto es, probablemente, porque Frank es uno de los hombres buenos de la serie. O sea, si hay una figura realmente trágica en The Wire, ese es Sobotka. Su historia es el ejemplo perfecto y más acabado de la premisa de Simon de “los hombres como protagonistas de tragedias griegas en las cuales el papel de los dioses lo cumplen las instituciones”.

Frank es un estibador. De hecho, es el presidente del sindicato de estibadores, en una ciudad donde el puerto está muriendo y donde los trabajadores honestos, acostumbrados a mover cajas con las manos y el sudor de su frente y a ayudarse unos a otros como familia (cualidad que, además, se refuerza al pertenecer casi todos a la colectividad polaca) están viendo como las opciones de trabajo se reducen cada vez más y como a los políticos lo único que les interesa es destruir el puerto para beneficiar a los inversores inmobiliarios. Frente a esta situación Frank decide echarse el sindicato, sus compañeros, su puerto y su familia al hombro, engancharse con estos mafiosos que traen cosas oscuras a través de su puerto e intentar modificar (mediante la untación de manos gracias a las grandes cantidades de dinero provisto por estos tipos) las políticas que apuntan al puerto.

A pesar de sus buenas intenciones (o quizás por ellas y por la apreciación un tanto excesiva que tiene de su propia persona e importancia) Frank es totalmente paternalista: es la clase de persona que invita rondas para todos, que le consigue laburo a su hijo (que es un completo inútil, un fuck up, con una personalidad por momentos encantadora pero sobre todo insoportable) y a su sobrino (el hijo que le hubiese gustado tener, serio, trabajador, deseoso de progresar) solo porque son familia, que cuida las espaldas de sus trabajadores cuando viene la cana a hacerles preguntas incómodas. Sus problemas comenzarán una vez que se descubra que una de las cajas que traían estos mafiosos globales y de etnicidad desconocida contenía mujeres destinadas a la prostitución que, por una horrible acción de algunos de los marineros del barco en que era transportada, han muerto asfixiadas. En realidad, sus problemas comenzarán, en una de esas ironías y mecanismos de pinzas que tiene The Wire, cuando McNulty, ese soberano hinchapelotas, realice su propia pesquisa y descubra que no fue un accidente, sino asesinato, solo para joderles la vida a sus superiores que luego de la primera temporada lo han condenado a navegar por el río como policía marítimo.

Frank es un hombre bueno porque su estrategia está destinada a proteger a aquellos que cree que están a su cargo, pero esa estrategia lo lleva a comprometer sus ideales, y, también, es un hombre orgulloso y con un ego y un complejo mesiánico importante, que cree que es el único que puede salvar a todos. Es un clásico ejemplo de un paternalismo que en Argentina todos sabemos que sería. Su otro gran defecto es que es dubitativo y temeroso. Sabe el precio que está pagando por sus acciones destinadas a salvar el puerto, sabe que, de alguna manera, está empeñando su alma. E intenta, en varios momentos, darse vuelta, rechazar ese compromiso que ha adoptado. Pero al mismo tiempo su convicción de estar haciendo lo correcto lo detiene continuamente de enmendarse y lo empuja cada vez más a encubrir a esa cara maléfica del capitalismo que son El Griego y sus allegados (los famosos mafiosos globales de los que se viene hablando). Frank es uno de los héroes más trágicos de The Wire, porque es un hombre de principios totalmente aplastado por fuerzas más allá de su control. Y, además, porque al posicionarse como un elemento tan importante, irremplazable, en la estructura de la que forma parte, la condena por completo.

La belleza de la temporada en la que Frank es protagonista absoluto es que es la temporada más autocontenida de la serie y también una de las más descorazonadoras y completamente tristes. Y, al mismo tiempo, es una reflexión sobre la decadencia de una forma de actividad económica, de un modo de vida estadounidense (y mundial por rebote) donde el trabajo manual y la construcción de cosas era lo más importante. Frank lo dice claramente cuando le comenta a Spiros Vondas, uno de los secuaces de El Griego, “We used to build things in this country. Now we stick our hand in the next guy's pocket”. Y la contraimagen que se propone de Frank es, justamente, El Griego, el capo di tutti capi del conglomerado global-mafioso con el que se engancha. El Griego es un enigma, una persona sin nombre ni identidad, que solo se dedica a transportar bienes y manejar dinero sin ensuciarse jamás las manos (al final de la temporada, cuando escapa de los Estados Unidos, le hacen la consabida pregunta “¿Negocios o placer?” y él contesta “Negocios, siempre negocios”) y sin relacionarse nunca con la cosa que vende. Es la imagen fiel del capital internacional sin nombre, sin nación, inexistente en lo “real”, que no se acerca a la producción, a la manufacturación, solo preocupado por su propia reproducción y su supervivencia.

Frente a esto, un hombre como Frank Sobotka, una persona con defectos y debilidades e inseguridades, contradictorio, parado frente a la tormenta, no puede hacer nada. En la última aparición de Frank se lo ve caminando hacia un encuentro con El Griego bajo un puente, de espaldas, pequeño e insignificante, moviéndose como un pato con las manos en los bolsillos, internándose en una oscuridad que parece amparada por esa pieza gigantesca de arquitectura que jamás perteneció a los trabajadores que la construyeron, sino al comercio y a la ciudad misma.

martes, 6 de julio de 2010

Visite Baltimore 03: Omar Little.

(Here be spoilers. Beware)



Come at the king, you best not miss.

... I got the shotgun, you got the brief case ... all in the game though

A man got to have a code!

Now you make sure, you tell old Marlo I burned the money cause it ain't about that paper. Its about me hurting his people and messing with his world. You tell that boy he ain't man enough to come down to the street with Omar.


- Omar Little.

Omar es el superladrón. El otro día, en una reunión donde todos éramos fanáticos de The Wire, 3 de 6 dijeron que Omar era su personaje favorito. Carajo, es el personaje favorito de Barack Obama.

Lo que cae tan simpático de Omar es que es el único personaje que es prácticamente independiente de todas las instituciones y, encima, se aprovecha de todas ellas. Vive de robarle a los vendedores de droga. Lo hace un poco por el dinero y otro poco por el orgullo, un poco por la emoción y otro poco porque es lo único que sabe hacer, en lo que creció, porque, en el fondo, también es parte de The Game, aunque sea quién mejor lo conoce y quién mejor se mueve en él. A diferencia de McNulty, que también es un independiente un tanto desquiciado, Omar no tiene la desventaja de estar atado formalmente a ninguna institución. Forma parte del mundo de la droga, pero las reglas de ese mundo no lo atan a ninguna cadena de mando. Se supondría que esas mismas reglas, sanguinarias, adeptas a la lealtad ciega, vengativas, impedirían la aparición de alguien como Omar, con una excepción: que sea tan cauto, tan inteligente, tan capaz de predecir los movimientos de los otros participantes de “The Game” y al mismo tiempo tan atrevido, tan audaz, tan confiado en su propia habilidad como él.

Omar es una anomalía aún más extraña en el mundo de The Wire porque todo su personaje parece arrancado de un plano de “realidad” más ficcional, del mundo de las películas noir, de la tradición romántica de los ladrones con corazón. Su trayecto a lo largo de la serie es una continua lucha entre su idealización y su arrastre hacia el mundo de lo terrenal y lo “realista” a la manera de The Wire.

En algún momento le preguntan a Omar como hizo para sobrevivir en su línea de trabajo, a lo cual él contesta que “One day at a time, I suppose”. Esa es la primera anomalía de Omar: ¿Cómo carajo hizo para sobrevivir tanto tiempo? La serie nos provee de unas cuantas respuestas: planeando, observando, sin dañar nunca a un civil, sin faltar a su palabra, sin insultar (una promesa a su madre muerta), viviendo según un código y una implacabilidad que le permite robar a un dealer mientras va a comprar Honey Nuts vestido solo con su pijama, sin portar ni un arma.

Pero esa fascinación con Omar lo vuelve un personaje un tanto disociado del universo de The Wire. Es, indudablemente, el único agente libre de la serie. Es el único que puede ir y volver entre policías y narcotraficantes, el único que solo se preocupa por sí mismo, por sus intereses y no por las necesidades de la institución a la que pertenece. Esto, obviamente, tiene un grado de ventaja pero también cuenta con su dosis de desventaja, ya que si bien no tiene que lidiar con la burocracia y los jefes inútiles e insoportables, Omar tampoco tiene la protección que brindan estas instituciones (uno de los rasgos más destacables de The Wire es el modo en que muestra que, para aquellos de la calle, matar a un policía es lo más estúpido que se puede hacer y debe ser evitado a toda costa, a riesgo de que te caiga encima todo el peso de la fuerza en una caza despiadada). Por ello, los compañeros de Omar están muriendo o desapareciendo continuamente: nadie es tan bueno como él, por lo tanto nadie que labure con él puede sobrevivir mucho tiempo.

Omar es un personaje lateral, aleatorio y contingente, mientras que el resto de los personajes de The Wire son jerárquicos y piramidales. Esto es lo que le permite moverse con la libertad con la que se mueve y, sobre todo, joder a los otros personajes de la serie. No le tiene miedo a nadie, ni a Stringer, ni a Marlo, ni a The Bunk. El único momento en que lo vemos pasarlo un poco mal es cuando realiza una breve estadía en la cárcel, pero prontamente zafa de tan incómoda situación. Porque Omar, justamente porque no tiene el comportamiento predador de otros narcotraficantes, inspira una lealtad entre sus pocos allegados que va más allá de los miedos a la presión por parte de aquellos que tienen la sartén con el mango (sobre todo dentro del mundo de las drogas). La característica que divide a Omar del resto de los personajes de la calle es justamente eso: que no es destructor, que no erige su fortuna sobre la desdicha de aquellos con quienes comparte posición económica sino, justamente, a partir de los hombres que si lo hacen. Además, es homosexual, un detalle tratado sin importancia por los creadores y escritores de la serie pero que forma una parte fundamental de su carácter, hasta el punto de que sus amantes son sus mejores compañeros de tropelías. Ese es un rasgo que es visto con resquemor y asco por los otros gangsters y que también marca su separación en el mundo homofóbico de la calle. No hay más que recordar que Marlo manda a matar a un pobre segundón por implicar que se la comía.

Sin embargo, esta es una verdad a medias. Omar, a pesar de que por momentos quieran pintarlo como un Robin Hood, no lo es. Les roba a los dealers y no mata civiles, pero luego esa droga es revendida sin importar hacia adonde circula y el dinero, obviamente, es para él. Esta es otra arista siempre presente en la relación entre la serie y Omar, la tensión que existe entre mitificarlo o pintarlo como un ladronzuelo más o, lo que es peor, como un mega ladrón, un mega acumulador de ganancia, que se aprovecha de los más débiles a través de los grandes vendedores a los que roba.

El trayecto de Omar por The Wire, entonces, es un clásico caso de ascenso-cenit-caída: se inicia en un punto en que él ya es una leyenda para la calle pero en el cual nosotros, los televidentes, no lo conocemos. Todavía tiene que demostrarnos porque es tan temido. Y de ahí se produce un ascenso imparable frente a todos los king-pins de la droga, una continua burla y farsa a sus estructuras cuidadosamente erigidas. Solo lo veremos dudar, como hemos dicho, brevemente en la tercera temporada, luego del asesinato de uno de sus compañeros y una confrontación con The Bunk y brevemente en la cuarta, luego de ser encarcelado por un crimen que no cometió. Pero su conciencia no lo molestará durante demasiado tiempo y dará un golpe espectacular a finales de la cuarta temporada, robándose toda la provisión de heroína y cocaína de Baltimore y re-vendiéndosela a los mismos dealers.

Esta evolución denota algo particular: de todos los personajes de The Wire, Omar es el que más se acerca a un estereotipo del género policial. Es el delincuente con buen corazón, la leyenda del bajo mundo, el ladrón con código. Su retorno y deconstrucción en la quinta temporada, entonces, sirven como correctivo a esa imagen, trayéndolo de vuelta al mundo falible y destructivo de The Wire y, finalmente, reduciendo su estatura mítica a un lugar cotidiano, a un mero número y estadística. No vale la pena explicarles exactamente qué pasa, baste decir que Omar la pasa muy mal, que se encuentra arrinconado contra la pared y que los escritores logran que, contra todo lo que nos ha enseñado la serie, nos pongamos de su lado y hagamos fuerza para que triunfe, para luego sacarnos la alfombra de debajo de los pies y entregarnos uno de los momentos más brutales y devastadores de la serie.

La última escena de Omar en The Wire es de un carácter burlesco, patético y al mismo tiempo porta una emocionalidad visceral que nos recuerda que tanto los creadores como nosotros no pudimos evitar enamorarnos de Omar Little.

sábado, 3 de julio de 2010

Visite Baltimore 02: Avon Barksdale & Stringer Bell.

(Here be spoilers (de los grandes). Beware)



See, the thing is you only got to fuck up once. Be a little slow, be a little late, just once. And how you ain't gonna never be slow? Never be late? You can't plan for no shit like this man, it's life. Yeah. It scares me.

It's not about what happened. It's about what you do about what happened. You either play or get played.


- Avon Barksdale.



There's games beyond the fucking game.

This here game is more than the rep you carry, the corner you hold. You gotta be fierce, I know that, but more than that, you gotta show some flex, give and take on both sides.


- Stringer Bell.

A Avon y Stringer no se los puede entender si no se los toma en conjunto. Yo, al principio, no sabía muy bien quién era quién. Cuando comencé a ver la serie y no comprendía muy bien su historia, me parecía que era un tanto lenta, confundía a los actores y pensaba que eran uno solo. Me tomó un tiempo. Pero una vez que sucedió, el encanto de Avon y Stringer se reveló en la manera en que cada uno de ellos no podía subsistir sin el otro, en el modo en que habían llegado a ser los mayores vendedores de drogas de West Baltimore (otro detalle maravilloso de The Wire: la diferencia fundamental en bandas y barrios entre el oeste y el este, una lucha que tiene orígenes inmemoriales y fútiles) gracias a la inteligencia de uno y la ferocidad callejera del otro. Sin embargo, sus objetivos últimos los alejarán irremediablemente.

La historia de Avon y Stringer es, además, la demostración de lo imposible que es cambiar el negocio de las drogas e intentar pacificarlo, el modo en que la violencia contenida desde siempre en ese circuito a punto de estallar todo el tiempo se devora a quienes intentan modificarlo, rechaza una racionalización, su lugar natural son los códigos continuamente más sanguinarios de la calle.

Avon es un flaco de extremidades largas y trucha grande. Parece un luchador hindú capaz de estirar sus brazos y piernas. También parece un jugador de basket. Se mueve con suavidad y pereza, siempre relajado. Pero es el gangster de la dupla, el tipo que se hizo en las calles, el que seguramente primero comenzó en una esquina miserable con unos cuantos hombres y, en virtud de su fiereza comenzó a trepar hasta expandir su negocio para controlar la mayor cantidad del tráfico de drogas de West Baltimore. Sin embargo, nunca vemos ese ascenso (está es una de las virtudes de The Wire: no hay flashbacks, no hay explicaciones que recurran al psicologismo o al pasado de sus personajes, estos existen en la pantalla, y esos minutos de “presente” es todo lo que explican sus acciones). Cuando conocemos a Avon ya es el jefe, el capo, ya no toca droga, no mata a nadie y tiene millones en propiedades inmobiliarias. Siempre se habla de “cuanto se luchó” para conseguir todo esto, pero nunca se lo ve. Lo cual debería ser el primer indicio de que este ciclo está en su fase descendente.

Stringer es un morocho alto de complexión gorilesca que uno se imagina capaz de partir una espina en medio de un ataque de rabia. Siempre parece ligeramente crispado, tenso, moviéndose como un tejón. Siempre anda con las manos anudadas detrás de la espalda, con esa pose de jefe final arrogante y malísimo. Stringer es la cabeza económica de la dupla: el tipo que controla las finanzas, lava el dinero, hace los libros, maneja las fachadas, compra jugadores de basket universitarios para partidos contra los dealers de East Baltimore, ese tipo de cosas. Tampoco maneja droga y apenas armas (creo que no dispara ni una vez en la serie). Pero es maquiavélico. Es el tipo de persona que manda a asesinar al sobrino de su mejor amigo, mientras está en prisión, y por añadidura, mientras se coge a su mujer.

Sin embargo, como The Wire es una serie sobre las facetas de un diamante, dentro del mundillo en el que se mueve, Stringer es una fuerza positiva. Es un reformador social y económico que busca que el mundo de la droga se vuelva más racional, más ordenado, más similar a una economía “capitalista” (porque entiendan que si bien The Wire no defiende al capitalismo de mercado reinante, al que conducen todos los caminos de la decadencia y la entropía, el formato en el que se presenta al sub mundo de la droga es el más cancerígeno: genera más muertos, más cuerpos desechados, más perdidas, penetra y carcome los huesos de quienes lo sostienen y los deja limpios como una bañera bruñida). Stringer organiza a los traficantes, intenta que discutan las cosas como gente racional, centraliza la distribución de la droga, reparte la torta de un modo equitativo. Además, sueña con abandonar el negocio de la droga y ser un inversor respetable, con tener más propiedades y ser un verdadero hombre de negocios.

Stringer, por supuesto, no estaría en esta posición si no fuese gracias a Avon, quién evidentemente permitió, con su violencia, que llegase al poder. Pero Avon también es una fuerza positiva dentro de ese mundo. Avon es un traficante con códigos, de esos que creen que quienes venden no consumen y que la muerte tiene que ser dispensada juiciosamente. De los que creen en la lealtad de y hacia sus soldados.

Todo funciona bien mientras están en la cima, casi no hay derramamiento de sangre, son invisibles para el poder y la justicia… excepto para un policía rompepelotas de ascendencia irlandesa. Y en el momento en que su mundillo de la droga es invadido por las restantes esferas de la sociedad, no hay modo de que los dejen en paz. La investigación policial es también una infección que destruye los planes mejor dispuestos de los reyes de West Baltimore. Y asimismo, el camino hacia la respetabilidad se encuentra congestionado por tiburones que demostrarán a Stringer que podes ser el más grande en tu pecera, pero siempre va a haber estafadores mucho más peligrosos.

A todo esto se le agregará la amenaza interna de una nueva generación de vendedores y kingpins que no reconocen los mismos códigos de la vieja escuela, que están dispuestos a picar carne todo lo que haga falta para llegar a la cima. Y ésta es la punta de lanza que envía a Stringer y Avon hacia una debacle de proporciones griegas, hacia una guerra (porque otra cosa que tiene el reinado Barksdale es que la guerra es una figura casi legal, que tiene sus refugios, sus momentos y sus declaraciones) en la que nadie sale ganando y que se resume en la frase de Avon: “I ain’t no businessman like you. I’m just a gangster, I suppose. And I want my corners!”

La dicotomía básica que proponen Stringer y Avon es entre el comercio y la calle, entre la vía de las esquinas, de los paquetes, de la venta y las pistolas, y la vía de los trajes, de las clases de economía, de las inversiones inmobiliarias, los abogados y el lavado de dinero. El problema es que, de algún modo, su marca de origen los condena a dos destinos posibles: la muerte o la cárcel. La institución de la droga (“The Game”, para todos aquellos que lo habitan) no permite los saltos salvadores y blanqueadores ni el reinado permanente. La institución de la droga presupone siempre que lo más valioso es ella y el dinero que produce por sobre los planes y las estrategias de dos amigos de juventud tan complementarios como opuestos. El final de Avon y Stringer, entonces, parece arrancado de las páginas de un antiguo relato que habla del destino, de las parcas y de los hados indiferentes.

miércoles, 30 de junio de 2010

Visite Baltimore 01: Jimmy McNulty



I am fucked. Fucked is me.

Motherfuckers come to me and say, 'It's a new day, Jimmy.' Talkin' shit about how it's gonna change. Shit never fuckin' changes.

I wonder what it feels like to work in a real fucking police department.

- Jimmy McNulty.

Se puede hablar de The Wire sin hablar de Jimmy Mcnulty, pero sería algo similar a describir a un vertebrado sin mencionar su columna.

McNulty aparece en la primera y en la última escena de la serie, ayuda a lanzar la premisa del programa en su conjunto y el final de su arco dramático es el final de la serie en sí. Sin embargo, The Wire es capaz de hacerlo desaparecer durante toda una temporada, o de obscurecer deliberadamente su protagonismo en los primeros momentos. De algún modo pareciera que la serie misma nos dice “podría ser muy buena incluso sin McNulty, su condición dorsal es sólo una concesión a la estructura dramática”.

McNulty es un policía. Un buen policía de ascendencia irlandesa (un resabio de otro tiempo, de una policía que no dejaba entrar negros en una ciudad mayoritariamente poblada por ellos) rompepelotas, borracho, que escucha a los Pogues en su auto espantoso, irresponsable y ocasionalmente genial. La primera vez que lo vemos esta pidiéndole a un juez que le permita armar un equipo de investigación para hacer caer al capo de las drogas Avon Barksdale (que vende en un conjunto de edificios denominado “The Projects”, moles hacinadas con millones de ventanas y patios internos). La última vez que lo vemos lo han echado de “la fuerza” y esta remolcando a un homeless de vuelta a Baltimore. Que les diga esto no es un gran spoiler, ya que desde el primer momento uno sabe que lo único que le puede pasar a McNulty es que finalmente le peguen una buena patada en el orto.

McNulty es el clásico anti-héroe destructivo que esta tan obsesionado con su don, con su gracia, con aquello en lo que es mínimamente bueno, que todo lo que lo rodea se ve obliterado en un caudal de alcohol, egoísmo, mujerzuelas, odio a sí mismo y encanto. Es el “policía que no trabaja según el libro”, obsesionado con los casos, al que observamos luego despertarse con una resaca que dan ganas de arrancarse los ojos (hay un intercambio maravilloso con un policía de uniforme, de los que caminan la calle, en el que McNulty, hablando de resacas, le dice “You ever wake up with a pillow over your face? There’s mornings with a hangover I hold the pillow over my face, just to keep the light out and the pain down” y el policía le contesta: “Me, I just throw up once or twice and go to work”).

Dentro del Baltimore Police Department, McNulty es una célula extraña, un organismo que debe ser expulsado, porque es un buscapleitos, porque agita el bote, porque fastidia enormemente a sus compañeros y superiores. Es un “buen policía” obsesionado con la verdad y la justicia, pero también consigo mismo y con su imagen de héroe trágico. Es incapaz de darse cuenta del momento en que sus acciones lo alienan de sus compañeros y amigos (su frase de cabecera es “What the fuck did I do?”). Es incapaz de domesticarse un poco e intentar efectuar cambios más amplios desde posiciones más elevadas en la “Cadena de Mando” porque lo que le gusta, en el fondo, es la pelea y odiar a los superiores. Nunca ascenderá. Nunca repetirá las consignas oficiales e intentará aumentar las estadísticas de asesinatos resueltos. Es un milagro que haya durado lo que duró. Para las instituciones es un desastre.

Durante el transcurso de la serie lo veremos sumergirse cada vez más en su idea fija, en la persecución de una presa siempre un poco más lejos de su alcance, cada vez más infeliz. Durante el único período de tiempo en el que alcance una dosis de paz, su figura se desdibujará de la pantalla y sus apariciones parecerán transmitidas desde otra galaxia: sin alcohol, sin puteadas, un tipo serio y responsable. La obsesión policial no concuerda con la responsabilidad en el mundo de McNulty.

Dentro del mundo de The Wire, que el último de los policías honestos sea a la vez el último de los policías renegados, es una gran indicación. Sin embargo, McNulty también puede ser un hijo de puta: puede tirarles un muerto (u once) a sus antiguos compañeros, puede manipular escenas del crimen, puede alienar a todos sus aliados, puede insultar y escupir a aquellos escasos superiores que intentan protegerlo.
Parte del encanto de McNulty viene dado por esa condición de “rogue”, de bribón siempre al borde, pero la inteligencia de The Wire es que nos muestra que esos rasgos son también parte de su innegable decadencia y patetismo.

En el mundo de The Wire, McNulty es una especie de pequeñísimo gusano que opera una porción infinitesimal de una manzana mecánica: muy de vez en cuando sus berrinches, con el impulso y el timing adecuado, se amplifican a mayores distancias y alcanzan el espejismo de un cambio real. Él, sin embargo, se ufana, se desgañita, agota toda su energía golpeando la cabeza contra la pared y más de una vez se abre el cráneo intentándolo.