viernes, 24 de mayo de 2013

Antropólogo Universal.



¿Qué es Finder? En primer lugar, Finder es un comic de ciencia ficción publicado de forma independiente por Carla Speed McNeil desde 1996 que ha cosechado el fanatismo de Warren Ellis. Esa es una introducción corta, fáctica y que recurre a la siempre aburrida cita de autoridad para decirte que leas algo.

En segundo lugar, Finder es definida por su autora como “ciencia ficción aborigen”. Es de resaltar, sin embargo, que Speed McNeil no suele ser muy afecta definir de forma definitiva a su serie y que esa frase le fue sonsacada seguramente bajo presión. De cualquier manera, funciona bastante bien, porque Finder es ciencia ficción en el sentido de repensar por completo las bases de la sociedad, de viajar en el tiempo pero sobre todo de flexibilizar las maneras en que pensamos que está organizada la sociedad, sin que importe realmente el tiempo en que la serie sucede: no hay un fechado preciso que remita a nuestro presente en alguna dirección, no hay evidencia de ningún evento límite que re-escriba nuestra sociedad (no hay Apocalipsis, no hay éxodo en las estrellas) sino una sensación de lenta y ligeramente inusual evolución.

Lo que le importa a Speed McNeil es la ciencia ficción como antropología, como descripción densa de una sociedad que ha evolucionado más allá de los patrones de conducta que son reconocibles para nosotros, pero que sin embargo podemos entender luego de una larga observación. Y nos sumerge en esa observación sin ningún tipo de preludio.

Finder tiene hasta ahora 8 historias completas, que varían desde una cincuentena de páginas hasta casi 400. Son autoconclusivas y aisladas (aunque comparten algunos personajes) lo cual hace que no haya una “manera correcta” de leer Finder. Podés comenzar por la comedia sexual de “Five Crazy Women” y te va a parecer una serie cómica; podés comenzar por el principio, por la bizantina “Sin-Eater”, la historia más larga y complicada de la serie, donde se nota una (muy muy) ligera inexperiencia unida a una confianza que cimenta los bloques que luego compondrán los temas más importantes de la serie; o podes comenzar por “Talisman”, una historia sobre la creación y la obsesión y el sentimiento de “nunca voy a crear algo que valga la pena” que hace que Finder te parezca una serie, sobre todo, de reflexión sobre el arte. Podés comenzar por cualquier parte. Pero lo que siempre vas a notar es que la serie te sumerge en su mundo sin concesiones y asumiendo que vas a aprender a medida que leas. Un símbolo, una relación, un pedazo de tecnología se te aparece y al principio parece incesto, homosexualidad, atavismo, pero luego se revela como algo más profundo y con un sentido torcido dentro del universo de Finder.


Tiene sentido, entonces, que Speed McNeil construya sus grupos sociales en base a extrapolaciones y mixturas de grupos étnicos actuales y que dentro de ellos elija a un sujeto como Jaeger como protagonista. Jaeger es uno de esos personajes herejes, autodestructivos, extranjeros, que yo no puedo dejar de amar. Jaeger pertenece a una especie de tribu llamada ascians que son una suerte de cruza entre un aborigen norteamericano y un, bueno, asiático, que tienen sus propias reglas y viven de manera nómade con tiendas montadas sobre dinosaurios gigantes, corriendo de forma perpetua por una especie de sabana donde de tanto en vez tienen consejos alrededor del fuego. El tema es que Jaeger es un mestizo, hijo de una ascian y un tipo “común”. Y, a la vez y dentro de la cultura ascian, es un “sin-eater”, una suerte de chivo expiatorio de toda la tribu que purifica a los muertos para que puedan “irse a un lugar mejor”. Los sin-eaters cumplen funciones de purificación y unción, comen los pecados de los habitantes de los muertos de la tribu, y a veces lo hacen con los vivos. Y, también, Jaeger, por sus habilidades (no por su condición cultural inicial) es un finder (de ahí el título de la serie): alguien que es naturalmente bueno en rastrear y encontrar cosas, un catalizador, alguien que resuelve entuertos de la sociedad más amplia por su capacidad sobrehumana para buscar cosas y gente.

Todo esto vuelve a Jaeger un outsider tanto en la cultura de su madre, que está diseñada para soportarlo solo si puede mantenerles el ritmo en sus largas peregrinaciones pero nunca para integrarlo; como en la cultura de su padre, que no es precisamente blanca y occidental, si no algo más extraño, pero en la cual resalta como un lunar. Jaeger es, como nosotros, un sujeto sumergido en una maraña de símbolos y costumbres que solo comprende como un tipo mirando a través de un vidrio y que, en muchos casos, subvierte. En ese sentido es magistral el número en el que nos cuentan su “origen secreto” llamado “Fight Scene” e insertado en el medio de “Sin-Eater”, la primera gran historia. Éste número es una larga meditación sobre lo que significan las peleas en su vida que evita de forma deliberada mostrar las más importantes, que está construido para guiarte a un gran desenlace que nunca sucede, y que termina con una observación de Jaeger genial que dice que “las peleas que cuentan son las que no suceden”. Del mismo modo que “Fight Scene” subvierte totalmente nuestras expectativas de lo que tiene que ser un desenlace violento, Jaeger se filtra por los intersticios de todas las historias, en algunas siendo un protagonista principal, en otras apareciendo en un cameo insignificante (que pasa desapercibido porque a Speed McNeil le encanta cambiar el vello facial y el estilo de Jaeger) nunca siendo del todo ni una fuerza del bien ni una fuerza del mal.

Y acá debo hablar de la maestría de Speed McNeil a la hora de construir su mundo, a la hora de dibujarlo y construirlo. Es por ello que es muy apropiado que el medio elegido para contar estas historias sea el comic: la autora entiende, en primer lugar, que no hay arte más precisa que el comic a la hora de ser el demiurgo perfecto desde el inicio, de construir un universo en el que todo esté calculado por una mente, donde hay narración y descripción pero también hay estética y diseño. Uno comienza a leer una página de un comic y (obviamente que esto no sucede siempre porque hay tantos comics en donde el estilo está separado de la sustancia o donde no hay sustancia y el estilo es simplemente la reproducción de un conjunto de clichés) está metido en un universo que no es el propio, por definición, que está diseñado, donde hay una sobrecarga de información en cada página. Si uno necesita un símbolo, una solución arquitectónica o una determinada fisonomía para un conjunto de personajes sencillamente lo dibuja, lo crea del mismo aire. Y, en segundo lugar, Speed McNeil entiende perfectamente los códigos de ese medio, los lugares comunes y se dedica a subvertirlos. Muchas veces cuando uno lee una historia de Finder termina pensando “uhm, esa no era la manera en que esperaba que esto se resuelva”. McNeil entiende las escenas de lucha, las tensiones familiares, los malentendidos, la historia detectivesca, el romance, el sexo, las ciudades del futuro, las formas de vida no-humanas, las relaciones sociales y las va colocando en su historieta de maneras inesperadas. Uno hasta debería sentirse un poco mal por tener el chip puesto en la cabeza que indica una serie de desenlaces previstos: que todo romance debe tener un final feliz; que el sexo, a pesar de todas las perversiones que seamos capaces de imaginar, finalmente tiene una forma reconocible y dual; que los conflictos se resuelven, eventualmente, con la fuerza física, que las costumbres de otros seres son equiparables a las nuestras y racionalizables en términos que podamos entender.


Todo esto, obviamente, no funcionaría tan bien si estuviese en manos de un dibujante malo o menor. Por suerte Carla Speed McNeil es una dibujante de la puta madre. En primer lugar, tenemos su absoluta maestría de las expresiones faciales, algo que además es muy importante y vital en un comic impreso en blanco y negro, que no puede depender del color para diferenciar personajes. Generalmente, todo se reduce a una serie de expresiones que se imprimen sobre una cara genérica, como si fuese una proyección sobre una pantalla arquetípica debajo de la cual todo sigue igual a una tabula rasa. Bueno, Speed McNeil tiene personajes, cada uno con su muy definida fisionomía y fisognomía y rasgos, que van modificándose individualmente con el tiempo y la modificación estética de una cara. Junto con su fascinación por saltar en el tiempo muchos años, sus personajes tienen esa fascinación que tienen las personas reales de ser reconocibles y a la vez no. Los volvés a ver en una historia de Finder situada muchos años en el futuro de la anterior y al principio parecen otra persona y después te das cuenta de que no. En segundo lugar, es algo realmente fascinante de ver su maestría del lenguaje corporal, de las sonrisas, los movimientos de las extremidades y la manera de caminar, que hace que esos mismos personajes resalten por sobre una multitud de sujetos con rasgos similares. Es algo extraño, no estamos acostumbrados a ello.

En tercer lugar, hay un verdadero sentido de lugar: no es que puntualmente los espacios de Finder sean tremendamente diferentes de los actuales (aunque tienen sus cosas), ya que lo que importa no son los espacios, sino la manera en que la gente los ocupa, pero Speed McNeil nunca toma el camino fácil de la falta de fondos ni de la falta de detalle para justificar su pereza a la hora de imaginar un mundo. Su dibujo es a la vez aireado y cargado: mientras que sus caras son limpieza y luminosidad total, utiliza mucho el cross-hatching (y el hatching a secas) para dar textura a ropas y materiales. También le gusta mucho dibujar grupos de personas apretujados donde cada uno porta una moda determinada. Es incluso buena en escenas nocturnas donde con un par de líneas blancas forma una silueta o donde los cuerpos resaltan como faros de luz. Hay incluso una historia donde la alternancia entre luz y sombra (y la manera en que ciertos símbolos oscuros se proyectan sobre el cuerpo de su protagonista) forman parte fundamental de la simbología narrativa. Básicamente, la mina es capaz de hacerlo todo, y de hacerlo todo bien. Hay algo de un Jeff Smith menos cartoonesco en su dibujo, o quizás de un Dave Sim sin sus aristas más neuróticas y malvadas.


Finalmente, detrás de Finder hay una reflexión muy arraigada sobre la creación, sobre las historias y sobre lo que significa ser el protagonista de una. De algún modo, la tragedia y la enfermedad de Jaeger tienen que ver con que él no es el protagonista de ninguna de las historias. Es un catalizador, un desestabilizador, de narraciones de otros sujetos. Libera argumentos y géneros. Eso lo hace tanto un protagonista de la serie como un pasajero secundario, un continuo invitado en los dramas de otros. “Talisman”, puntualmente, trata sobre la desproporción entre las historias, las fantasías y las emociones de la infancia y la realidad, sobre los libros que amamos más que nada cuando somos pequeños, a pesar de que existan mitad en la realidad, mitad en nuestra imaginación y recuerdos. Y sobre como nuestros fútiles intentos de reconstruir esa sensación de asombro en nuestras propias creaciones siempre se queda corta. Otra historia construye una enorme realidad virtual en la cabeza de su protagonista, un tipo pálido y flaco llamado Magri White, una realidad virtual donde los seres humanos pasan días, tan detallada que se puede sentir el olor del viento, y eso genera dudas y cuestiones en su creador (cuyo cerebro es el soporte, el servidor, sobre el cual se construye ese mundo) sobre cuanto de ello es su creación y cuanto es una operación parasitaria sobre las mentes de los demás. Cosas así. Toda la serie es una reflexión acerca de cuanta libertad y originalidad tenemos al crear y cuanto construimos sobre las reglas y ordenes de nuestra sociedad.

En otras palabras: Finder es una de esas piezas de ciencia ficción carnosas, suculentas, llenas de conceptos e IDEAS, que parecen continuamente reclamarnos más atención, una obra construida con cuidado y con un robusto trabajo intelectual apuntado a extrapolar sociedades extrañas del hoy. Ciencia ficción alienígena, aborigen, estructuralista e individualista, como es raro ver hoy en día. Y, en términos más sencillos, uno de los mejores comics producidos hoy en día.

(Finder se puede comprar en dos volúmenes editados por Dark Horse que compilan la mayoría de la serie. O, si me preguntan en privado o buscan, pueden encontrar las 3 primeras historias ["Sin-Eater", "King Of The Cats" y "Talisman"] escaneadas. El sitio de la serie y de Carla Speed McNeil es éste)

1 comentario:

A.L.M. dijo...

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