jueves, 16 de mayo de 2013

La Única Serie Que Pudo Hacer Que Me Guste el Ballet.



Hace muchas lunas, cuando todavía era un joven que no había experimentado la dureza de este mundo, había una serie que me atrapaba sin saberlo bien por qué. Trataba sobre una familia disfuncional compuesta por una madre soltera, su hija híper inteligente y sus abuelos formales y llenos de manías. Bah, en realidad si sabía porque me gustaba, sin percibirlo del todo (recuerden que era una época pre-entronización de las series como LA forma de ocio semanal y anual de nuestra era): porque estaba condenadamente bien escrita, porque se solazaba en tirar referencias culturales que yo entendía sin que fuesen mero namedropping, sino que procedían de forma orgánica de los personajes y las situaciones en las que se veían inmersos. Siempre, siempre, voy a recordar cuando el noviecito rebelde de la chica en cuestión la llevaba a “la ciudad” para revolver disquerías de vinilos y mostrarle discos de los Pixies. También lo mostraban leyendo “Please Kill Me”, la historia oral del punk que yo todavía no leí pero que en aquel momento me pasé días buscando en Internet en la forma de un pdf.

La serie, obviamente, era Gilmore Girls y hasta hoy pienso que era una extraña y hermosa anomalía en el mundo de la televisión. La gran mayoría de eso tiene que ver con un solo nombre: Amy Sherman-Palladino. No sé mucho de Amy, pero supongo que es una copada; solo una persona encantadora, optimista y simpática puede producir los personajes y los diálogos que ella produce. Sus marcas de estilo son, como lo mencioné, en primer lugar su orgánica referencia cultural, en segundo lugar sus personajes que hablan como si fuesen ametralladoras que escupen 50 palabras por minuto y en tercer lugar su preocupación constante por la femineidad en sus diferentes formatos. Voy a ser exagerado y decir que, a pesar de la proliferación de series sobre chicas, sus problemas sexuales, sus aspiraciones profesionales y sus traumas, ninguna le llega a los talones a una verdadera genia como Palladino a la hora de transmitir lo que significa crecer mujer en este mundo.

Y lo más interesante es que no tuvo que irse a HBO o AMC o esperar que las doradas mieles de la respetabilidad se posasen sobre ella a la hora de realizar una serie en serio. No, lo hizo desde el corazón de la ballena, desde The CW o ABC, siempre amontonada junto con un montón de series mediocres sobre una abogada que se muda a Louisiana o un grupo de jóvenes tontos y sus enredos amorosos, siempre en bloques familiares. Quizás por eso el nombre de Sherman-Palladino nunca es mencionado al lado de gente como David Simon o Matthew Weiner (y yo creo, firmemente, que debería estarlo). Si, es verdad, sus series son familiares y no hay nada realmente escabroso en ellas, pero también creo que eso es una decisión consciente de su parte y un elemento importante en su estilo relacionado con los contextos que elige, siempre pueblitos chiquitos donde todo el mundo es muy piola. Pero dentro de ese género (series familiares con tintes de romance) es un estadio superior del mismo, análogo a como The Wire es un estadio superior de las series policiales o como The Sopranos es un estadio superior de las series de gangsters (¡y también de las series familiares!).

Gilmore Girls terminaría sin el involucramiento de su creadora en su última temporada, algo que también grafica muy bien la marginación de Sherman-Palladino del olimpo de los showrunners. Luego ella pasaría muchos años intentando vender una nueva serie, tiempo interrumpido por un abortivo proyecto con Parker Posey que no pasó de los tres capítulos.  Finalmente el año pasado retornó a la televisión, con una nueva serie que tiene similitudes y diferencias con su gran hit, pero que tiene en común sobre todas las cosas ser muy buena.

La serie es Bunheads y cuenta la historia de Michelle, una bailarina de Las Vegas cuya carrera está bastante estancada y un día, borracha, termina casándose con Hubbel, un pretendiente cuarentón que la busca a la salida de su show hace varios meses. Cuando se despierta, la está llevando a Paradise, el pequeño pueblito donde vive con su madre, en una casa que es un palacio kitsch decorado con infinidad de estatuitas, cuadros, flores de plástico y otros elementos cachivacheros. Una vez ahí, descubre que la señora (cuyo nombre es Fanny y que está interpretada por una magnífica, como siempre, Kelly Bishop) tiene una academia de baile y comienza a asentarse y llevarse bien con ella hasta que un accidente mata a su nuevo esposo y la deja varada en un lugar que no conoce, con una suegra que desconfía de ella y dueña de la mitad de la propiedad. Hey, no es un spoiler, todo sucede en el primer capítulo.

El setup, en principio, es bastante similar a Gilmore Girls: pueblo pequeño, autoridad matriarcal intimidatoria, joven alocada y sin perspectivas de futuro que se ve lanzada a una posición de responsabilidad y una curiosa ausencia masculina excepto como potenciales intereses amorosos (y ahí está también la maravilla de Sherman-Palladino: en Bunheads son los hombres los que son objetos distantes y a menudo poco desarrollados que solamente se ponen en marcha en función de las protagonistas femeninas, es una serie que probablemente fallaría un Test de Bechdel negativo).


A medida que la temporada avanza, sin embargo, aparecen cosas ligeramente diferentes. En especial, por un lado, la relación que se teje entre Michelle y Fanny, mucho más amable que la que se daba entre Lorelai y Emily Gilmore. Muy rápido se vuelven socias y amigas, unidas por una perdida común. En segundo lugar, en la relación que se da entre Michelle y las niñas que tiene a su cargo en la clase de baile. Estas son cuatro, todas muy encantadoras y sutilmente diferentes, en una operación que parece astillar lo que antes había sido solo uno en Rory, y la relación que construyen con Michelle no está mediada por la maternidad, sino por una situación de mentor-alumno mucho más variada y sutil. Las decepciones y los logros no son los mismos y esto ilumina una arista de Michelle realmente interesante: es una mina que ya está grande, que ya está de vuelta y que probablemente no tenga la posibilidad de construir una familia. Su última chance se perdió con Hubbel y en ese sentido se vuelve simétrica con su suegra, quién también es una persona que ya no cuenta con familiares de sangre existentes.

Pero, más allá de todo esto, una de las cosas más diferentes con respecto a GG son, como debía ser en una serie sobre una academia de ballet, las escenas de baile. Estas están todas coreografiadas de una manera elegante pero no vistosa e insoportable, están filmadas de tal modo que los movimientos y las maneras de realizarlos (y la música elegida) forman parte de la historia, son temáticamente relevantes pero no son un enorme signo de admiración insoportable cuya única función es decir “hey, ahora podemos filmar escenas de canto y baile COMO UN VIDEOCLIP”. O sea, básicamente, rechazan por completo la estética de esa porquería infernal llamada “Glee” y sus sucesores aún más mediocres. Mi favorita probablemente sea ésta versión de “Istambul (Not Constantinople)” bailada por Sasha, la conflictiva, flaquísima y talentosa alumna-que-parece-tener-un-futuro-en-el-ballet, pero todas son buenas y alternan muy bien entre música compuesta para la serie, clásicos pop y música más “tradicional” de ballet. Y lo interesante es que, en general, avanzan la historia de una manera sutil e inteligente que no te distrae ni de la historia ni del baile que estás viendo. Una vez más: ¡Gracias a Dios no es Glee!


“Bunheads”, finalmente, es una serie que trata, de forma curiosa, sobre bajar tus expectativas. Michelle comienza a vivir en el pueblo luego de una fallida carrera en el baile que, como máximo, la llevó a ser una bailarina de segunda en un show de las Vegas. Y gran parte de la primera temporada trata sobre como ella acepta ese lugar que, a primera vista, parece ser un garrón. Es el reverso de la historia de fantasía sobre triunfar en una gran ciudad, ésta trata sobre como encontrar la felicidad en un pueblo pequeño. Y desliza que, quizás, la gran vida de la descarnada competencia artística no da nada y solo hace que te deslomes trabajando para finalmente terminar solo. En ese sentido, la relación de Michelle con sus alumnas nunca pasa por el lado de la ambición desmedida, sino más bien de un perfeccionamiento amable de sus habilidades y de la ubicación de ella como una figura maternal absurda, contradictoria e irresponsable. Como una buena profesora, bah. Las chicas, por su parte, no parecen desear la fama, excepto Sasha, talentosa y muchas veces insoportable y el personaje más solitario de la serie.

Por supuesto que el mundo que Sherman-Palladino construye es sumamente amable, Paradise es un lugar ejemplar sin una persona mala y sin el frecuente aburrimiento que forma parte de la mayoría de las representaciones de pueblitos chicos en la ficción norteamericana, pero ello forma parte de su estilo y de su gracia. ¿No es acaso un poco revolucionario que una serie nos proponga ser mejores personas y vivir dentro de nuestras capacidades de la mejor manera posible? ¿No va en contra de esa loca carrera hacía la significancia que el 99% de las veces deriva en la nada que se nos mete en la cabeza desde chicos y que nos hace infelices? A mi el mundo de Sherman-Palladino me pone de buen humor, me levanta el animo y me parece un gran lugar donde vivir, cubierto de inteligencia, y les recomiendo que vean la primera temporada de Bunheads y recen por una resurrección de segunda temporada. 

jueves, 9 de mayo de 2013

Dignified and Old

(una serie de observaciones sobre shows en vivo, reuniones, tours, cansancio, entusiasmo, y música)



Creo que la primera vez fue en el Personal Fest del 2004, ese con Primal Scream, Morrisey, Pet Shop Boys, etc. Estaba con un grupo de amigos, esperando a Blondie, banda que tenía muchas ganas de escuchar. Arrancó la banda y enseguida noté lo tristemente obvio: La banda era buenísima y le estaba rompiendo el culo a todas las otras bandas más jóvenes que había visto antes. Arrancó con mucha fuerza, notaba que los músicos eran muy buenos, y ahí se subió una señora con un tapado, con aspecto maltrecho, al escenario: Debbie Harry. Y Debbie cantaba mal, estaba visiblemente incómoda, y por la mitad del segundo tema se le cayó el micrófono al piso y se puso muy nerviosa y le costó agacharse para agarrar el micrófono. Era una señora cantando algo que no era ella, un fantasma de lo que había sido en un momento en el pasado, algo que no existía más. Un amigo me dijo lapidariamente : “Esto es patético”. Y nos fuimos, al segundo tema o tercer tema, a ver algún otro show. Horas después me encontré con alguna amiga que me dijo que disfrutó del show, porque “Era ella” y “Quería escuchar los temas, y verla, y yo estaba ahí, mirándola, contenta, pegada al alambrado”.

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Hace unos años fui a ver a Kiko Veneno a La Trastienda de Montevideo. Kiko en esa época estaba rozando los 60 años, y - como buen músico popular con un montón de trayectoria - hizo un show largo, de veintipico canciones. Y al final del show, antes de los bises, se lo notaba cansado, con poco aire, moviéndose más bien poco. El show fue muy bueno, lo disfruté, fui feliz, pero me quedó esa imagen como triste, de alguien que ama su trabajo pero que no está quizás al nivel de la vida del tour, de tocar tan seguido, de hacer sets tan largos.

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Creo que es una percepción muy personal. Supongo que tiene que ver con bueno, ser músico. Pero me afecta de sobremanera ver a un músico grande tocar por oficio, cansado. Me parece una imagen realmente terrible, más terrible seguramente de lo que sea, pero no puedo con ella. Tampoco tienen que ser músicos particularmente viejos, pero por favor: Si voy a un espectáculo lo último que quiero sentir es que la persona en el escenario estaría mas contento en su casa, viendo la tele con la doña.

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Cuando tenía 16 años viajé como demente a Buenos Aires a ver a la que en ese momento era mi banda favorita del mundo: Sonic Youth. Presentaban el NYC Ghosts & Flowers, quizás uno de sus últimos discos arties y experimentales. El show, que recuerde, fue buenísimo, con Kim Gordon tocando la trompeta, partes noise larguísimas donde nadie en el público de estadio sabía exactamente como reaccionar. No solo presentaron el disco, sino que tocaron varios "hits" de todos los tiempos, incluyendo temas raros y mu viejos. El mejor balance. Terminaron con una versión violentísima de Brother James. Aguante.

12 años después, ocurrió el sueño del pibe: ya que no sólo volví a ver a Sonic Youth sino que terminé compartiendo escenarios con ellos. Pero la banda que yo vi era distinta: Tocaban claramente en automático, las partes noise eran poco inspiradas, aburridas. Gran parte del repertorio fue del Daydream Nation, disco que estuvieron tocando de pie a cabeza hace un año o dos. Ya no los acompañaba Jim O Rourke en varios instrumentos, sino que estaba Mark Ibold, el bajista de Pavement, pibe que adoro pero que es un tronco magistral tocando el bajo y se pasó quietito mirando el bajo con miedo a pifiar. Kim y Thurston estaban más que divorciados: jamás cruzaron miradas en todo el show. Los temas estaban buenos, pero eran como una selección de los temas mas rockeros, violentos, y sencillos de la banda. Terminaron el set con un noise penoso donde Lee Ranaldo y Thurston se golpeaban las guitarras sin ganas, aburridos, sin violencia, onda “eeeh acá viene la parte del final donde hacemos bocha de ruido como en todos los shows que venimos tocando hace veinte años”. Que se yo.

Lo peor de la situación fue que el resto de mis amigos y mis compañeros de banda - excepto contadas excepciones - estaban enloquecidos con el show de los viejos rockeros de new york y les pareció la segunda llegada de Jesucristo con acoples y distorsión. Yo no entendía nada, y me sentí aíslado, perdido, con esa angustia estúpida de que tendrías que estar pasando bomba cuando en realidad estás más bien incómodo, pensando que seguramente el problema lo tenés vos.

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Es obvio que alguien va a leer esto y va a decir "Pará flaco, yo estuve en el recital de XXXX y estuvo genial, flasheaste cualquiera!". Una de las cosas hermosas de la música en vivo es su cuestión temporal, que es un conjunto de momentos, tanto de cada músico que esta tocando en ese momento así como de cada persona que esta en el público. Es todo totalmente subjetivo y lo que uno construye y ve en un show en vivo tiene que ver con la personalidad de una persona, con su estado individual en el momento del show, con su relación con el músico, etc, etc, etc. Es inabarcable. Si todo eso no estuviera en cuenta, no tendría ningún sentido escribir todo esto.



¿Qué es lo que vas a ver cuando vas a ver una banda en vivo? ¿Vas a escuchar una banda que te gusta, vas a escuchar simplemente "música"? ¿Es una banda que te gustaba antes, y hace años no escuchas, y vas a rememorar viejos tiempos? ¿O quizás vas a ver un músico que es importante para tu vida, y lo importante es el acto de ir a verlo, de estar en el mismo espacio que él?

Cuando me enteré que venía Chuck Berry, me dio curiosidad por cómo serían sus shows en la actualidad, y como buen nerd abrí una pestaña del navegador y busque algún show del año pasado en Youtube. Lo que vi era terrible, espantoso, indescriptible. Su artritis lo mataba y no podía tocar, literalmente. Tenía varios amigos que iban a ir , y  - sí todavía no habían comprado entrada al show - les comentaba lo más correctamente posible que vi unos videos y el viejo estaba en el horno. Algunos me decían que no les importaba, porque querían ver al viejo Chuck, al padre del rock n´roll. La mayoría salió espantada como si hubieran visto una obra siniestra de Marina Abramovic. Algunos pocos, fueron realmente a ver al viejo como el símbolo que es y salieron satisfechos.

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Hace unas semanas fue el show de Television. Estuvo bien, pero hubo varios problemas, y el principal es lo que estoy escribiendo en este post: Pocas ganas, poco entusiasmo, cansancio, no solo Gente Trabajando sino gente trabajando aburrida, en la oficina, cansada del mismo papeleo. Cuando tocaban los temas nuevos, las partes más experimentales y colgadas, estaban entretenidos y divertidos y estaba buenísimo lo que pasaba en el escenario. Pero después parecían aburridos, excepto el guitarrista que reemplazaba a Richard Lloyd (Jimmy Rip), que tocó con una sonrisa en la cara todo el recital. Verlaine estuvo amargo y lánguido, tocando un montón de solos, algunos muy inspirados, otros una serie de búsquedas sin llegar jamás a destino. Y cuando tocaron el gran hit de la banda ("Marquee Moon") lo tocaron poco ensayado, sin groove, ni swing. Marquee Moon es un tema muy delicado y complejo, pero si sos Television, no podés darle el lujo de tocarlo más o menos, y hacerlo más corto, sin el regreso glorioso al final donde vuelven a empezar. A lo sumo punkealo y tocalo tosco pero copado, pero no por compromiso, de que hay que tocarlo de forma que zafe y que igual está todo bien.

O sea, a mi no me jodan: Si voy a un show de (por ejemplo) Iron Maiden estoy SEGURISIMO que van a tocar todo increíblemente ajustado, con fuerza, que van a ponerle todas las ganas durante cada show, y seguramente no haya el más mínimo pifie, y si lo hubo, sería un caso excepcional. Pero por sobre todo, que haya ganas, ímpetu, polenta. El show de Pavement del 2010 en Buenos Aires fue un festival de pifies, desprolijidades, mugre y distorsión, y fue PERFECTO, porque la banda fue así, y no lo tocaron sin ganas, fue puro entusiasmo, violencia, y una mala vibra increíble muy difícil de explicar. Eso garpa, eso está bueno, eso es un buen show.

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Por una serie de razones terminé sin ir a ver el show de Daniel Johnston en Montevideo: Poca plata, un estado de ánimo no muy favorecedor en ese momento,  estado que podía haberse amplificado por un show que tenía el potencial de ser un desastre: Ver a un músico viejo, con problemas psiquiátricos, tocando en vivo frente a un cientos de personas podría ser una algo terrible, morboso y voyeurista. Pero por lo que me comentaron estuve totalmente equivocado: Parece que el show fue genial, intenso, emocionante, que la backing band (Eté & los Problems) estuvieron super bien y se re ajustaron a la performance del cantautor. Le pregunté a un amigo sí estaba en muy mal estado Daniel Johnston, me dijo que sí, que medio temblequeaba, que tomaba agua todo el tiempo, que estaba como ligeramente perdido, que en algún momento derrapó, aunque no mucho. Después le pregunté si parecía estar contento. Me dijo que sí.

miércoles, 10 de abril de 2013

La Biblioteca Inexistente (31)



Antes del listado habitual de artículos, dos recomendaciones. Hay varios artículos de este post que salieron de dos sitios web: Uno es Medium, nueva curiosa plataforma que es algo así como un blog abierto organizado por distintos tópicos. Hay gente muy buena escribiendo ahí, y el formato es muy lindo y cómodo para leer. Un sitio web para ir revisando y estar atento.  
El otro es Unwinnable, magazine virtual de videojuegos desde su punto más cultural y artístico y dedicándose más al ensayo y artículo y menos en la review. Muy bueno, muy serio y muy pro.

Ahora sí, algunos recomendados de estas semanas:

1) Pequeña historia del creador del sitio web IsThatcherDeadYet.co.uk, comentando como empezó como una pequeña broma nerd y que terminó con amenazas de muerte y una sobre-exposición mediática, hasta que el sitio murió. Hasta hace unos diás, que pasó ya saben qué. Excelente crónica de la existencia de un sitio ahora redundante, y totalmente inútil, como un monolito feo y blanco en el medio de Internet.

2) La historia del auto-tune, o mejor dicho, el “Efecto Cher” que se volvió increíblemente popular en la música pop de los últimos años. Super completa, con todos los detalles técnicos correctos (NO ES VOCODER! NO ES VOCODER!) y una visión bastante aguda del asunto, sin estar ni totalmente en contra ni totalmente a favor, como debería ser.

3) El contenido de una lata de Coca-Cola. Seguimiento exhaustivo de todo los pasos necesarios para crear la famosa latita, desde la extracción de los metales para la lata, hasta el líquido que la rellena. O un manual de instrucciones para crear el objeto más simbólico del capitalismo.

4)  ¿Se podrá visitar el mundo de ‘World of Warcraft’ dentro de 10 años? ¿Qué ocurre con los mundos virtuales online cuando las empresas cierran esos juegos? ¿Se podrá mantener en la historia cualquier evento o historia que pase en esos universos digitales, o se van a perder para siempre? ¿Cómo preservar esos mundos? Excelente artículo que intenta responder todas esas preguntas.

6) Larguísimo, completísimo y fascinante artículo sobre los creadores de comida chatarra, los científicos de la comida que preparan los sabores y texturas más adictivos posibles. Genial y siniestro, candidato a post del año.

7) Ciencia Ficción, la Singularidad, y las Corporaciones, o como quizás ya estamos viviendo rodeados de Inteligencia Artificial maligna que nos quiere dominar. Solo que no nos damos cuenta, o quizás, no nos queremos dar cuenta de ello.

viernes, 29 de marzo de 2013

3 Motivos Reales y Comprobados Por Los Cuales Utilizar Auriculares Grandes Es Mejor Que Usar Auriculares Pequeños (Un Post Corto y Caprichoso).



1) En primer lugar, es más cómodo. Todos sabemos que los auriculares pequeños molestan el oído, deforman el tímpano y modifican la carnecita de la oreja en formas insospechadas. Además, es como meterse una tijereta en la oreja de manera voluntaria. ¿Ustedes se meterían una tijereta en la oreja de manera voluntaria? 

2) Porque cuando te sacas los auriculares chiquitos nunca sabés que haces con ellos. ¿Los enrollas en tu mano como un vendaje? ¿Los colgás alrededor de tu cuello como un idiota? ¿O los guardas en tu bolsillo sabiendo que cuando los vuelvas a sacar van a estar irremediablemente enredados? Los auriculares grandes vienen con un útil arco que permite colgarlos del cuello y simular que tenés los principios de un casco del futuro.

3) Porque son prácticamente el único ítem de vestimenta para la cabeza aceptado en estos tiempos aciagos. Desde que los hombres (en una derrota tristísima) dejaron de utilizar sombreros, hemos sido confinados a una triste falta de opciones con las cuales cubrir nuestra cabeza y hacerla parecer diferente a la de los demás. Los auriculares grandes nos permiten retomar esa orgullosa tradición.

Además, se escucha mejor.

jueves, 14 de marzo de 2013

El Año Que Vivimos En La Barriga De Una Ballena.



(El dibujo que da "tapa" al compilado pertenece al inmenso Matt Furie y fue levantado de Monster Brains. Una billetera con un dibujo similar me acompañó todo el año.) 

Queridos lectores, bienvenidos a un nuevo ejemplo de ese ejercicio en futilidad conocido como ¡La Lista De Fin De Año!

Como notarán, y continuando con nuestra tradición de ser un blog a la vanguardia del mundo, estamos subiendo esta lista en marzo. Esto tiene dos motivos puntuales: 1) Intenté armarla en diciembre y cuando llegué a los 10 temas me deprimí mucho porque pensé que había sido un año espantoso para la música y la abandoné 2) Marzo es el verdadero inicio del año, no nos engañemos y el tiempo que pasa entre el frenesí de armar las listas de fin de año y marzo permite organizarla de una forma más interesante y dejando de lado los hypes injustificados del año (*cough*FrankOceanladrón!*cough*).

Además, el tiempo que pasó entre el final del año pasado y el principio de este me permitió descubrir la que quizás sea la mejor canción que está en este compilado (“We Are Never Ever Getting Back Together” y espero que no haya nadie dispuesto a mancillar el buen nombre de esa compositora GIGANTE que es Taylor Swift) y prestarle atención a algunos discos que resultaron ser muy buenos.

Como notarán, algunos músicos tienen más de una canción. Esa decisión viene dada por el hecho de que realmente ya no creo en la regla no escrita de “una canción por músico por compilado”. Es una regla un tanto absurda, que solo apunta al purismo esencialista de creer que toda la obra de un año se puede resumir en una canción. Además, básicamente, hay veces en que no podés elegir.

Éste año, a diferencia del anterior, el compilado está subido para descarga además de estar en Grooveshark, por un lado porque sentí que el año pasado todo había quedado un poco caótico (por ello también intenté reducir la cantidad de canciones) y, por el otro, porque Grooveshark, a pesar de todo lo que lo quiero, comenzó a desordenar mis listas, borrándome un tema aquí, otro allá, cambiándome el orden de las canciones, leyendo mal los tags. Nunca confíen en la nube, niños.   

Es un compilado que recorre viejas obsesiones y tiene una pequeña cantidad de novedades. No por nada las tres primeras canciones pertenecen a artistas venerables que tienen algo así como 30 años de carrera (y, la verdad, que “Death To My Hometown” me deja al borde de las lágrimas cada vez que la escucho). Hay un poco más de hip hop que en años anteriores pero todavía me pasa con el hip hop que siento que estoy descubriendo su pasado más que su presente. En algún momento eso se equilibrará, supongo. Me gustan todas las canciones que están aquí (d’uh) pero tengo la crepitante sospecha de que me olvidaré de muchas de ellas en el futuro. Me emociona escucharlo ahora, no lo duden, pero evidentemente tengo una combinación de desconfianza ante la operación de hacer una lista de fin de año a la vez que una manía atávica por continuar realizándola. Creo que en algún momento decidí que no valían para nada como un intento de fijar un sentido común sobre lo mejor del año (además de que me percaté de que mi gusto particular jamás será atractivo como una idea de “lo mejor del año”, es más, me pregunto a quién [además de a mi] le interesa todas estas cosas todas juntas) sino que eran más interesantes como una especie de “tomen y tráguense esta enorme píldora de canciones intoxicantes y efímeras que comparten la particularidad del año de su producción”. Es como pasarse de rosca con el azúcar, o la comida, o la droga. Al final te queda el cuerpo temblando pero en un par de días se te pasa.

En fin, sin más, su dosis de canciones absurdamente geniales del año 2012 de Nuestro Señor:

01 – Amy AKA Spent Gladiator 1 (The Mountain Goats)
02 – Death To My Hometown (Bruce Springsteen)
03 – Waves (Guided By Voices)
04 – Nocturnal (The Vandelles)
05 – Alférez Provisional (Los Punsetes)
06 – Spaghetti (The Wave Pictures)
07 – One Policeman Leads To Another (Dick Valentine)
08 – We Are Never Ever Getting Back Together (Taylor Swift)
09 – Teen Idle (Marina And The Diamonds)
10 – Lost Kitten (Metric)
11 – Electro-Sex (Go-Kart Mozart)
12 – Drones Over Bklyn (EL-P)
13 – Lost Summer (Whitey)
14 – Headcage (Matthew Dear)
15 – Rock’n’Roll (Espanto)
16 – I Can See (Moon Duo)
17 – Bowie Noise (Genuflexos)
18 – Swimming Pools (Drank) (Kendrick Lamar)
19 – The Head (Guided By Voices)
20 – Una Semana Con Los Polis (Joe Crepúsculo)
21 – 103 & Roosy (Action Bronson)
22 – Ends Of The Earth (Hot Chip)
23 – 212 (Azealia Banks)
24 – The Pre-New Anthem (The Pre-New)
25 – Retro-Glancing (Go-Kart Mozart)
26 – 22 (Taylor Swift)
27 – Yoni B (Él Mató A Un Policía Motorizado)
28 – Christopher (Hidrogenesse)
29 – Money Trees (Kendrick Lamar)
30 – Class Clown Spots A UFO (Guided By Voices)
31 – Cauchemar (The Monochrome Set)
32 – So Alive (Madness)
33 – Ofelia (Solletico)
34 – I’m Not Talking (A.C. Newman)

jueves, 7 de marzo de 2013

Tarantinesca



No me gustó Django Unchained. No ayudó a la experiencia el haberla visto en un cine lleno de adolescentes que repetían cada frase-slogan aprendida en los trailers como si fuera el supremo mandamiento de alguna Escritura, el código cabalístico secreto que los llevaría a ver de golpe la cara o la esencia del dios de lo cool. Mi gen de viejo cascarrabias prematuro me lleva a rebelarme contra estas cosas.

Pero no me gustó por otras cosas, también y sobre todo, cosas digamos que cinematográficas. No me gustó el tratamiento de la sangre como si de un videoclip se tratase; no me gustó Jamie Foxx con su personaje tan poco matizado; ni me gustaron demasiado Christoph Waltz ni Leonardo Di Caprio*, aunque se supone que deberían. Es probable que de haber sido yo un fanático del cine como lo es Tarantino hubiese disfrutado igual que él de las referencias visuales al spaghetti western; pero no lo soy, y estas me pasaron sin más por encimade la cabeza.

En el fondo, lo que sentí que le faltó a la película fueron dos cosas: un manejo correcto de los códigos de la época, y un qué, o más bien el trabajo de hacer que el qué se sienta realmente como un escollo inmenso que nuestros héroes tienen que superar, y nosotros con ellos.

Primero: los códigos. Aunque parezca tonto, es el manejo de la cultura trash, pop, B o Z lo que hace que los personajes de las demás películas de Tarantino aparezcan reales ante nuestros ojos. Al igual que el Pynchon de V o Gravity's Rainbow - aún no leí Mason & Dixon ni Against the Day, pero creo que allí también lo logra - son las referencias a cómics, películas y canciones las que hacen que la obra de Tarantino sea, bueno, tarantinesca. Así, los diálogos largos sobre Elvis, Superman o el cine alemán nos dicen algo sobre el amor, la lealtad o el totalitarismo que las peleas de mandingos, con toda su brutalidad, no logran decirnos sobre la esclavitud.

Tarantino siempre ha trabajado sobre caricaturas, esquirlas de su asperger; bocetos de personas hechos humanos por los gustos que los definen, como al propio Quentin lo definieron las centenares de películas vistas y aprendidas de memoria en sus años detrás del mostrador. Pero los personajes de Django son planos, más arquetipos que personas.

Y el qué. En el fondo, todos los héroes tarantinianos están guiados por el mismo principio básico: el afán de venganza. Sin embargo, en sus últimas dos películas es como si suponiera que, dado que el origen de esa venganza (el Holocausto y la esclavitud, respectivamente) es tan universal, los espectadores nos sentiremos automáticamente identificados con la lucha del héroe, así sea este, como el Teniente Aldo Raine, o como el mismo Django, un recipiente vacío de toda personalidad.



No es que Tarantino no sepa construir personajes. Death Proof, una película en la que no pasa nada, es prueba suficiente de ello. Allí, Quentin encara el que fue antes su mayor defecto, su manera de abordar la femineidad**, y construye el mejor manifiesto de amor a la mujer moderna que he visto en un buen tiempo. Y en una película que se supone es un ejercicio de estilo, y nada más.

Las mujeres de Death Proof son completas, complejas, deseables y queribles. Funcionan en el vacío, en relación a sí mismas, y las motivan cosas - la adrenalina, la fama, la amistad - diferentes a sus intereses amorosos. Que también existen: la imagen que me queda al final de esta película es la de la DJ interpretada por Sydney Poitier, mujer fuerte si las hay, manda a la mierda por SMS, borracha y despechada, al imbécil que la deja plantada y herida la noche en que después va a morir. Es esta imagen, y no la del Django superhéroe a caballo, la que quiero recordar del cine de Tarantino.

* Sí me gustaron, en cambio, las tomas panorámicas del invierno americano y Samuel L. Jackson y la lujuria insatisfecha de la hermana viuda de Di Caprio, tan creíble en esas fechas.

** Este post iba a empezar por ahí: una comparación y un constraste entre el Tarantino antiguo, de Reservoir Dogs y Pulp Fiction, anti-femenino y casi misógino (en la primera ni siquiera hay mujeres; en la segunda son objeto de deseo sexual y poco más) y el que viene después de Jackie Brown, como si las relaciones que vinieron con la fama - me viene a la mente Margaret Cho - hubieran abierto los ojos al buen Quentin.

domingo, 24 de febrero de 2013

La Guerra No Es Linda.



Vuelvo con ustedes para llamar a su atención una interesante controversia que ha estado corriendo en el sitio web de The Comics Journal y aledaños sobre el valor plástico y la importancia histórica de E.C. Comics.

Para aquellos que no lo saben, breve reseña histórica: E.C. (al principio significaba “Educational Comics”, luego “Entertaining Comics”) fue una línea de comics de terror, ciencia ficción, guerra, humor y crimen publicada entre 1949 y 1955 y creada por algunos de los mejores dibujantes y guionistas de su época. La línea fue suspendida luego de la publicación de “Seduction of the Innocent” del psiquiatra austríaco (formado en la escuela de Frankfurt) Fredric Wertham, que los mostraba como la causa del crimen, la homosexualidad y las desviaciones sexuales en los adolescentes norteamericanos (curiosamente, hallazgos recientesparecen demostrar la largamente acariciada sospecha de que Wertham mintió sobre sus fuentes). El libro incitó un pánico generalizado entre los buenos ciudadanos de EE.UU. que derivó en una serie de audiencias públicas en el Senado de los Estados Unidos y, finalmente, en la autocensura de la industria a través de la creación del Comics Code Authority, un sistema draconiano de reglas diseñado para que E.C. no pueda publicar más. Debido a su innovación gráfica y sus historias con moraleja irónica y altos grados de humanismo, la línea pasó a la historia como una gran oportunidad perdida para los comics yankees.

Ahora bien, la discusión se inicia con la republicación de ésta larga crítica de Ng Suat Tong donde crítica a E.C. desde una perspectiva terriblemente altiva y literaria, comparándolos con Aristófanes, Goya y Joyce y decidiendo que al lado de tan superiores y geniales artistas, los comics de E.C. son porquería juvenil con algunos detalles que los elevan, por momentos, a algo un poco mejor. Ahora bien, el análisis de Tong es largo y sesudo y brinda numerosos elementos y ejemplos para justificar su posición, algunos de cuyos puntos (sobre la simplística moralidad y los enormes bloques de texto y el recurso medio agotador a los finales sorpresa) tienen sentido, pero cuyo punto de partida, me parece, es intrínsecamente fallido. Tong escribe como un crítico literario enojado por tener que tratar con tan básicos escombros y en esa operación olvida que un comic es algo diferente a una obra literaria o una obra plástica, por un lado, y, por otro y quizás más importante, tira por la ventana cualquier tipo de historización. Argumenta que “la buena escritura no se inventó a finales del siglo XX” pero no entiende que, probablemente, en términos de comic, mucha de ella si. No comprende la función de E.C. en su tiempo ni que su final evidencia el celo y el odio de sus contemporáneos por estar produciendo algo diferente. Asimismo, argumenta muchas veces que “el estilo está en función del contenido” y no al revés. Emm, discúlpenme, pero pensé que los comics eran, en un 50% (y quizás más), estilo. Quizás el contenido es “no-tan-bueno” para los estándares actuales (y para el estándar de Goya) pero me parece injusto descartar por completo su superficie visual por ello. Es la actitud de un iconoclasta enojado que quiere tirar el templo sobre nuestras cabezas.

El artículo (en realidad publicado en el 2003 en el Comics Journal) incitó una referencia simpática de parte de Chris Mautner en su reseña de las dos nuevas colecciones de historietas de la E.C. que publicó Fantagraphics este año (editorial que, coincidentemente, también publica The Comics Journal). Allí repite, un tanto más medida y cuidadosamente, las acusaciones de Tong centrándose en cierto jingoísmo que encuentra en las historias y en su representación heroica y sufrida de los soldados norteamericanos, pero salvando bastante más su costado gráfico.

A raíz de esta crítica, Gary Groth levanta el guante (y ya va siendo hora de que reconozcamos a Gary Groth como la joya de la crítica de comics que es, ¿dónde está su estatua?, ¿dónde está su colección de escritura sobre comics esencial? Gary Groth es un tesoro nacional) y escribe un gran texto en donde hace lo que Tong no realiza jamás: contextualiza a E.C. Comics en su tiempo, haciendo referencia a otras obras de arte popular del momento (por ejemplo, diciendo que los mejores comics de E.C. eran como “una buena película noir”) y rescatando su lugar en un panorama creativo particularmente yermo y su ambigüedad en términos de la representación del combate y la violencia de la guerra. Groth, además, da en el clavo cuando dice que los comics de guerra de la editorial son más que “simplistas, comprimidos”, y que deberíamos tomarlos como “fábulas” antes que como retratos naturalistas del combate. Pero lo más interesante es su rescate de la editorial, su yuxtaposición a las prácticas editoriales del momento, su reconocimiento de las fallas intrínsecas al modo de producción E.C. contra las que sus mejores artistas intentaron luchar y su aceptación de que E.C. era bueno por una combinación de contexto y ambición y una no puede ser entendida sin el otro.

A partir de esta respuesta, el enorme Joe McCulloch escribió un pequeño y conmovedor post en donde participa de la discusión de manera oblicua, haciendo en realidad un análisis muy personal de la función del crítico en relación a obras de arte y a las áreas más y menos populares / de una determinada práctica artística. A la vez de que es una férrea defensa al derecho a escribir sobre lo que uno desee, presenta una disección de los que significa / significó bloggear entre el 2001 y el 2010 (ponele) que será algo con lo cual varios de los redactores y lectores de este blog nos podemos identificar inmediatamente. Especialmente con la parte en la que dice que comenzó a postear menos a partir del momento en que consiguió un trabajo. De cualquier modo, si tuviese que recomendar algo en toda ésta discusión sería esto, no solo porque Jog (el alter ego de McCulloch) es un gran escritor sino porque todo lo que escribe está teñido de una infecciosa alegría y entusiasmo que corta al corazón de lo que significa escribir textos aparentemente inútiles sobre arcanos del arte. Además, Jog dio en el clavo en un twit en el cual recomendó leer las historias de E.C. “máximo de a cuatro por vez”, o sea, el formato en el que fueron creadas originalmente.

Finalmente, Eddie Campbell retoma la marcha de la discusión y la cambia de foco para poner en perspectiva, acaso, aquello que se ésta discutiendo desde el principio: ¿acaso nos gustan los comics porque los ponemos en la misma bolsa que la Alta Cultura y esperamos que respondan a su llamada o nos gustan en toda su contradictoria, enojosa, fallida y grandiosa especificidad? Campbell, siendo un artista de la puta madre (quizás, solo quizás, el mejor colaborador de Alan Moore) se concentra en el arte, en la manera en que los dibujos cuentan una historia, o, como bien lo pone “la interpretan”. El ejemplo del Marvel Method, esa alquimia extraña concebida por Jack y Stan que nunca pudo ser replicada, como algo que SOLO los comics pueden hacer bien es totalmente acertado. Luego Tong contesta en The Hooded Utilitarian utilizando una dudosa lógica y repitiendo sus argumentos iniciales, al mismo tiempo que ataca a The Comics Journal (el lugar original donde fue publicado su ensayo) y compara, de una manera tácita, a Harvey Kurtzman, Bill Gaines y compañía con los fundadores de Image, momento en el que me pierde y solo puedo decir que en esta discusión estoy fundamentalmente del lado de Campbell.

La discusión, sin embargo, pone en relieve algunas cosas interesantes:

1) En primer lugar, ilustra la naturaleza cíclica de la crítica de arte. E.C. Comics está, luego de muchos años considerada una especie de vaca sagrada con su lugar en la historia resuelto, en el lugar correcto para ser re-evaluada. Es una pena que se lo haga en estos términos, porque algunas de las críticas son claramente correctas.

2) Ilustra, también, la dificultad de pensar objetos viejos con nuevas perspectivas. Si se observa bien, la discusión está (y probablemente va a continuar) trabada en dos campos enfrentados entre los cuales no hay entendimiento pero, y esto es quizás más importante, tampoco hay una aproximación radicalmente nueva al objeto. Nadie descubre nada diciéndonos que los comics de E.C. son verbosos y cuadrados en muchos sentidos. De hecho la visión clásica se eleva sobre el concepto de que eran buenos a pesar de ello.

3) La intervención de Eddie Campbell arroja luz sobre algo bastante importante para la crítica y estudio del comic que generalmente es pasado por alto: la tendencia a obviar el arte y considerar un comic exclusivamente como un conjunto de argumentos. Es que, realmente, hablar sobre dibujo es bastante difícil y ni te digo de narración y storytelling sin que suene como una seca clase de cómo están ordenadas las viñetas.

4) También ordena los dos campos del debate (al menos de este debate): los “literarios” que buscan “grandes obras” que puedan estar a la altura del mejor arte mundial pero al hacer eso sacrifican en gran parte la especificidad del comic y los “historietistas” (o “populistas”) que prefieren leerlos desde adentro del campo y apreciar aquello que los comics hacen mejor que ningún otro medio, leyéndolo como un nuevo lenguaje que tiene, en su historia, grandes partes de arte comercial y restricciones estéticas.

5) Finalmente, me hacen pensar en lo interesante que sería tener un debate similar en Argentina sobre el comic de aventura de fines de los 50s, y lo necesario que es un órgano similar al Comics Journal (al fin y al cabo el ojo de la tormenta en esta discusión) para sostenerla. Quizás en un par de años, uno siempre puede soñar. 

6) En última instancia, también me hace pensar cuan inútil es este agregado a la discusión, cuya única "gracia de salvación" es mandarlos a leer cosas mejores. Salud!

martes, 19 de febrero de 2013

La Biblioteca Inexistente (30)



1) Entrevista a Zack Hill, miembro de dúo Death Grips. Super interesante su visión totalmente anti-sistema, como les chupa un huevo la guita, el conflicto que ocurrió con Epic y el mensaje atrás de poner una pija parada en la tapa de tu disco. Me encanta leer entrevistas y darme cuenta que los tipos no tienen miedo de nada.

2) Una inesperada pero certera visión feminista de Dredd, la sorpresivamente excelente película de nuestro héroe facho favorito. Todas las películas de acción tendrían que mostrar a las mujeres con la misma luz que esta película.

3) Observaciones muy agudas de Anita Sarkeesian, la muchacha que hizo un proyecto en kickstarter sobre el Sexismo en los videojuegos y recibió el backlash más grande del mundo. Lo que dice está muy bien: El trolleo y los ataques (tanto misóginos como de cualquier otra linda) son tan populares y masivos porque funcionan como perverso videojuego social, con premios y logros.

4) Fascinante perfil de Apollo Robins, pickpocketer profesional, tan experto en su arte que decide no robar y hacer una performance de lo suyo. Sin duda lo más interesante es como usa la percepción de las personas, como cualquier gesto les quita su atención, y deja libres otras partes y las vuelve vulnerables. Super interesante.

5) Análisis exhaustivo de 10.000 estrellas porno (nortamericanas), analizando su aspecto, cuanto miden, de que color es su pelo, donde viven, como se llaman, y un largo etcétera. Dataporn del bueno.

6) Increíble crónica de los avatares de la filmación de The Canyons, la película soft-porno con James Deen y Lindsay Lohan, escrita por Brett Easton Ellis y filmada con dos pesos. Podés sentir el stress y el caos de la filmación, en gran parte a causa de la inestabilidad de la pobre Lindsay que parece ser la persona más inestable de la galaxia.

lunes, 11 de febrero de 2013

Blackest Ops.



Zero Dark Thirty, sobre la cual sigue librándose una embravecida batalla sobre su significado ideológico, es una película mucho más inteligente y mucho más difícil que lo que la crítica parece haber percibido.

Antes que cualquier cosa: Zero Dark Thirty, cinematográficamente hablando, es una gran película. Es una película filmada de una manera cruda, temblorosa, cortante. Los colores y las imágenes transmiten una sensación continua que se divide en concreto y desierto. Es una película que prescinde casi absolutamente de los azules, los verdes, los rojos para concentrarse en los marrones, en los grises y sobre todo en los negros. Es una película filmada con un pulso magistral, con una actitud “cero-mierda-y-florituras”. De una manera militar pero también (sobre todo) mecánica, muscular. Sostiene el suspenso de principio a fin (bueno, quizás le sobran 20 minutos hacia el final, pero se perdona) y Jessica Chastain está muy bien como esa fachada impenetrable que parece no ser afectada por lo que hace y la rodea hasta volverse ella misma un arma.

El conflicto se presenta cuando varios de los comentaristas habituales comienzan a ver en ZDT un “vibrante alegato a favor de la CIA como héroes de la democracia norteamericana”. La miopía de la crítica de cine actual es tal que sus anticuadas maneras de ver películas de forma maniqueas se imponen. Creo que en toda la película la palabra democracia (o “defender la democracia” o “somos luchadores por la democracia” o cualquier cosa por el estilo) no es mencionada ni una sola vez. Ver a ZDT sencillamente como una película de propaganda de la peor calaña es ser miope y terco. Quizás sea una película pro-militar o pro-agencias de inteligencia, pero también es mucho más inteligente que solamente eso. Alguien mencionó que era una película que mostraba la violencia de forma asimétrica, que todas las escenas de violencia y destrucción son únicamente las que muestran los atentados islámicos que “destruyen Occidente”. Esto, en una primera mirada, parece ser rigurosamente verdad. Pero una vez que lo pensamos un poco más nos metemos en el punto más complicado de la película: su representación de la tortura.

La tortura es presentada en la película como una cosa natural, como un hecho, como una herramienta inclusive útil. Hay algo de esta representación que es obviamente chocante y que descoloca pero no es justamente su horror. Lo que espanta es justamente su naturalidad. ZDT por un lado dice “si, ésta es la manera en que combatimos ésta guerra, la cual es inhumana y está por fuera de cualquier etiqueta tradicional de combate de guerra, pero nosotros fuimos lo suficientemente estúpidos para meternos en un conflicto infernal entonces ahora tenemos que aceptar las realidades de esta nueva etapa bélica en la que estamos inmersos”. Así como no hay un ocultamiento de la tortura, tampoco hay precisamente una glorificación. Y presenta a norteamericanos golpeando, maltratando, atormentando a poblaciones locales de una manera igualmente insidiosa, destructora del espíritu y salvaje que los atentados. Estas escenas, junto con la totalmente asimétrica y desmesurada operación contra Bin Laden son las únicas violencias que se muestran de norteamericanos a musulmanes. Y me parece que no los dejan muy bien parados. El problema es que la película no denuncia, no se hace ninguna ilusión con respecto a estas prácticas y su cambio. Y esto es algo que parece ofender muchas sensibilidades.

En segundo lugar, la película jamás presenta a los agentes de la CIA como “héroes”. ¿Como personas quizás fascinantes y con habilidades pulidísimas? Si, por supuesto. Pero el film muestra como esas mismas habilidades, esa dedicación a su trabajo, esa separación elegida de la normalidad, esa ejecución de acciones terribles los han vuelto, antes que personas, herramientas. Maya es una flecha desesperadamente apuntada a un blanco que quizás nunca alcance. Es sencillamente un autómata, que forma parte de una maquinaria más grande, que ha abandonado cualquier vestigio de humanidad o empatía a cambio de una misión. Sus interacciones solo se producen dentro del trabajo. No hay ninguna escena donde no esté contenida en algún tipo de edificio o estructura gigantesca que la rodea. Incluso cuando está en el desierto, parece contenida, arropada por el desierto, en su inmensa soledad. No tiene pasado (la escena en la que el jefe de la CIA le pregunta por las razones de su elección para la agencia y ella simplemente le contesta que es algo que no tiene la libertad de discutir) ni futuro. Es un personaje muy triste, vamos.

Y, finalmente, debajo de su aparente bombasticismo norteamericano, en la película serpentea una extraña fascinación con el mundo musulmán, con su espíritu de lucha, con su resistencia inexplicable. Quizás esto es algo que solo yo haya visto, pero, no sé, la escena en que ella vuelve de la calle vestida con una burqa, la única manera de conseguir comida a altas horas de la noche; la escena en que otro de sus superiores reza mirando a la Meca, rarísima porque está filmada con un extraño respeto; la bellísima escena donde atrapan a Fahraj en lo que parece ser un jardín o mezquita de Pakistán; la admiración continuamente repetida por los agentes por las tácticas de espías de Bin Laden… Hay una escena, si, donde ella despierta fastidiada por las plegarias matutinas, pero no es coincidencia que se encuentre al principio de la película, cuando acaba de llegar. Hay una continua repetición de que la convicción con la que lucha el mundo islámico hace de esta una guerra muy diferente.

Quizás la confianza con la que está filmada ZDT me convenció y me hizo resaltar sus mejores cosas, pero me parece que más allá de eso, una lectura simplista y superficial de ésta película es un desmérito, que es una película que se mete como gusano en tu cerebro y te deja pensando durante semanas. En ese sentido, el último plano, esa cara de Maya que llora desconsoladamente, es testimonio de la complejidad de ZDT. Porque si llora por alguien, ese personaje completamente aislado, mecánico y sin humanidad, es por lo único por lo que alguna vez sintió algo parecido al amor, por Bin Laden, por su presa, y por lo que acaba de hacer. 

jueves, 7 de febrero de 2013

El Proyecto JLA (Parte 03).


JLA #01 (1996).

Finalmente, llegamos al segundo relanzamiento que vale la pena de la Liga post-Crisis. Y el último, por ahora. Le entregan a Grant Morrison, quién en aquel entonces todavía no era una super-estrella, las llaves del auto familiar. Y éste realiza, por primera vez en un escenario tan grande, su tradicional operación de nuevo-y-viejo. Rescatar lo viejo que vale la pena, el concepto principal, y rodearlo de ideas nuevas, de una pintura totalmente moderna, que confunde a los puristas pero oculta un corazón clásico.

La JLA de Morrison (y ahora es JLA, como si eso sencillamente significase TODO, ya no importa si es de América o si es de Justicia, es una sigla, un sello, una agencia gubernamental, un mantra) es un retorno a la idea de los Superhéroes Más Grandes Del Mundo. Pero acompañados de desafíos (y un estilo taquigráfico de escritura) acorde a los grandes momentos que se supone que viven estos seres. La Liga de Morrison está hecha de situaciones en las cuales todo parece perdido, de grandes frases, de escenas en las cuales con uno o dos gestos corta al núcleo de los personajes, de rescates de último minuto. Como el “I know who you are” del primer arco, o la bala al cerebro de Darkseid, o el ojo parpadeando bajo el lago.

Para acompañar este retorno a la grandeza, Morrison redujo en principio el elenco a los “Siete Grandes”, uno de los detalles más recordados de esta época, pero que olvida que prontamente la pobló de múltiples personajes secundarios. Y lo curioso es que esas adiciones son totalmente de su época: Steel, Aztek, Zauriel, Oracle, son todos personajes solo posibles a mitad de los 90s, que la vuelven totalmente de su tiempo, de una buena manera. Como toda serie de Morrison, todo apunta a un final pre-ordenado al principio, al combate contra un enemigo final. JLA, sin embargo, es una serie donde  Morrison estructura los arcos de una forma continuamente creciente. Siempre pensé que es en esta serie donde el escocés de algún modo inventa aquello que luego será conocido como el estilo wide-screen de comics, un par de años antes que The Authority. La diferencia es que Ellis tenía un concepto y a Bryan Hitch, mientras que Morrison solo tenía una idea difusa y a Howard Porter (cuyo dibujo plástico, brillante, colorido, carente de perspectiva y de narración clara es quizás el defecto más grande de este período).

El primer número es un affaire bastante tranquilo en el que se nos presentan a los nuevos villanos, se ataca a los héroes y se los junta a todos en un mismo lugar (exceptuando a Aquaman, que aparece recién en el próximo número). En comparación con los comics actuales, sin embargo, es una aventura rapidísima. A la vez, todo el primer arco saca parte de su inspiración (y sus títulos!) del sustrato de ciencia ficción absurdo que también cubrió a la primera JLA, la de los sesentas, con sus Kanjar Ro’s, Gamma Gongs, Desperos y Starros. Todo lo viejo es nuevo de nuevo pero de una manera que resalta lo maravilloso y obvia lo aburrido. En el medio del número, está la clásica destrucción del viejo equipo post-Zero Hour, que en la práctica ya no existía más.

Hay una cierta generación de lector que creció en los 80s y se vio arruinado por la rápida sucesión de la Liga de Giffen y la Liga de Morrison. Pensamos, por un breve tiempo, que la liga podría ser sobre ALGO, que podría ser un comic divertido, o un comic grandioso, y no solamente la colección de un montón de personajes taquilleros. Los próximos relanzamientos se encargarán de probarnos lo contrario.

La base que estableció Morrison durará bastante tiempo, siendo continuado con diverso éxito por Mark Waid y Joe Kelly, a pesar de que con el tiempo serían víctimas de la erosión tan común en la Liga que hace que la mayoría de los personajes importantes desaparezcan para ser reemplazados por segundones. El último clavo en el cajón de esta versión sería Identity Crisis, que haría estallar la imagen de los héroes más puros del mundo yendo al pasado y violándolo, específicamente la etapa del satélite, la más recordada de la JLA clásica. Si Morrison intentó volver a Gardner Fox con una sensibilidad futurista, Identity Crisis avanza a los 70s y los deforma en sintonía con un absurdo deseo de relevancia, en un comic que siempre estuvo mejor cuando solamente trataba sobre héroes brillantes y sonrientes. Luego vendría Superboy Prime y sus puños y no habría mejor momento para realizar un nuevo relanzamiento.




Justice League of America #01 (2006).

Este relanzamiento se sucede a Identity Crisis e Infinite Crisis, esos dos pedazos de mierda con forma de “historia” que machacaron insistentemente sobre la disolución de la “trinidad” (otro concepto innecesario) de Batman, Wonder Woman y Superman mediante la sospecha, la paranoia y el actuar salvajemente fuera de personaje.

Encargada la Liga a Brad Meltzer (también responsable de Identity Crisis), uno de los tipos con éxito más inexplicables de la faz de la tierra, su objetivo sería reconstruir aquello que rompió con un estilo de escritura de cuarta: esa confianza, esa “amistad”, entre los héroes más grandes de DC. Y ese propósito lo resuelve sentándolos durante 22 páginas a discutir el futuro plantel de la Liga de la Justicia en la Baticueva. Una cosa insufrible e insoportable donde los personajes se llaman continuamente por su nombre de pila, donde se pasan fotos en donde están un montón de héroes y votan, deciden quién entra y quién no, como si fuesen el comité de una multinacional en una especie de búsqueda de trabajo. Pero sacándose la ficha continuamente porque ESTA GENTE SE CONOCE Y SE QUIERE MUCHO.

Hay pocas palabras para describir el asco que me produce este relanzamiento de la Liga. Meltzer es un patán sin talento, que escribe como si nunca jamás hubiese visto a personas reales hablar, cuya comprensión del género superheroico se reduce a la formula “spandex + lágrimas”. Encima está acompañado por el infame Ed Benes, un tipo que jamás debería haberse elevado de dibujar cosas como Bloodsport o Brigade o alguna otra serie de Image de los 90s, pero por algún error del destino, la mitad de los 2000s lo encuentran en la devaluada posición de artista hot. Dibuja como era de esperar de él: cuerpos absurdos, mucho cross hatching, caras con emociones implausibles, culos brillantes. Ed Benes es un atentado contra tus ojos y dibujaba el título más importante de DC Comics.

Además, la formación del equipo de Meltzer está empapada de nostalgia, nostalgia por lo peor de una época de la Liga (el satélite) que, como vimos, si bien es mejor que sus primeros años, tampoco es ninguna maravilla. Le encanta Red Tornado. De hecho todo el primer arco argumental está construido alrededor de Red Tornado. Red Tornado, gente. El clon de la Visión que crearon para que los chicos modernos tengan su propio androide con sentimientos en el Universo DC. En primer lugar: en mi corazón hay solo lugar para un robot con sentimientos y ese es ROBOTMAN. En segundo lugar, Red Tornado nunca tuvo una personalidad, ni una gracia, ni un rasgo distintivo. Bah, quizás solo su traje (que es un buen traje desperdiciado en un personaje de mierda). Es curioso pensar que es el único personaje de la Liga clásica que no fue re-habilitado y re-aprovechado de una manera moderna en la época de la caracterización superheroica contemporánea, o sea, la que se abre luego de Daredevil de Miller. ¿Y saben por qué es eso? Porque es un personaje de mierda. Es un llorón con una esposa aburridísima y poderes sobre los vientos y una hija que nadie sabe de donde salió. En este comic su esposa se pasa al menos 10 cuadritos con lágrimas corriéndole por los cachetes.

Después el equipo está compuesto por perdedores o sujetos interesantes a los que Meltzer intenta volver lo más aburridos posibles. Vixen, sin un rastro de su crecimiento en Suicide Squad, Black Lightning en el rol de “heroe-que-hizo-cosas-malas-y-sabe-moverse-en-el-inframundo-criminal-pero-tiene-conciencia”, Black Canary sin sal, Hal Jordan (y todos sabemos que Hal Jordan es el personaje más aburrido del mundo) y otros que no recuerdo. Bah, si, recuerdo a Red Arrow, ese intento risible de rehabilitar a Roy Harper, el ex sidekick de Green Arrow cuya mayor gracia es haber sido adicto a la heroína. Pero la manera en que lo escribe Meltzer, dios mío, como un cancherito con chivita que hace chistes sobre viejos y es muy cool a pesar de tener una hija. Dios santo, todo en esta Liga de la Justicia está TAN MAL.

Al abandonar la acción cósmica, no encuentra nada para reemplazarla, e intenta reemplazarla con lugares comunes de autoayuda y con la peor caracterización del mundo. La Liga siempre fue un acto de balance entre caracterización y acción (como cualquier grupo de superhéroes) pero a Meltzer no le interesa escribir acción y es HORRIBLE en la caracterización. Entonces queda una cáscara sin sentido, que huele a años setentas recalentados, al recuerdo difuso y equivocado de una época de gloria que no fue tal. Meltzer se iría luego de 12 números y la serie caería en un limbo de desprestigio, progresiva caída de ventas y micro-management por parte del equipo editorial de DC Comics, que la vería envuelta en eventos absurdos, desviaría sus historias continuamente y básicamente la haría caer en la irrelevancia, a pesar de los valerosos esfuerzos de Dwayne McDuffie y James Robinson.

Por otro lado, si uno ve la tapa del número 1 (esa agrupación gigante de héroes donde se mezclan Superman y Batman con Star Spangled Kid y el nuevo Blue Beetle) parece premonitoria de una despedida del DCU post-Crisis. Ese DCU conflictivo, hecho de retazos y parches de continuidad pero a la vez inmensamente creativo y particular. Quizás los mejores 25 años de la editorial a nivel de producción de ideas y de autores. El próximo y último relanzamiento ya será en un panorama muy muy cambiado.


Justice League #01 (2011).

Y finalmente llegamos al comic que me hizo dar ganas de escribir todo esta masa de cosas, el relanzamiento dentro del marco del New (ya cada vez menos New) 52, hace un año y medio. El comic más vendido del 2011, creo. ¡Jim Lee! ¡Geoff Johns! ¡Los seis grandes más Cyborg! ¡Darkseid! ¡Parademonios!

Y bueno, nada, es un comic mediocre, como casi todo el New 52. No es espantoso como la JLA de Meltzer, pero tampoco es muy genial. El primer número está dedicado a Batman y Green Lantern y como se encuentran y se llevan mal y cazan un parademonio y buscan a Superman en Metrópolis. El arco inicial es una clásica “reunión de fuerzas” en la que se enfrentan a una amenaza superior que todos ellos y terminan triunfando y aprendiendo a confiar el uno en el otro. Ah, cuanto han cambiado los tiempos desde que en su lanzamiento la JLA se enfrentaba a Starro, porque ahora su némesis es nada menos que Darkseid. Es un poco triste la sobre-exposición de Darkseid en el Universo DC, la falta de otro villano cósmico a su escala, el continuo desaprovechar gracias a trucos baratos de alternativas como el Anti Monitor, Nekron o Parallax. En fin. Y saludos a Geoff Johns por escribir un Darkseid que no tiene ABSOLUTAMENTE NADA de amenazante. Es un pedazo de granito que se para en un lugar y tira unos rayos, pero no queda nada del tirano intergaláctico cuya sola presencia debería ser suficiente para darte pesadillas. ¿Donde están las frases memorables, la sensación de que una vez que Darkseid te mira a los ojos toda tu individualidad es borrada para siempre, la reptante degradación? Para Geoff Johns Darkseid es solamente un musculoso de otro planeta. Y para eso ya tenemos a Mongul.

Johns intenta reconstruir la JLA sobre la base de la amistad, una vez más, y como en toda construcción de este tipo elige iniciar la historia en el momento en que todavía se tienen desconfianza y crecen a depender el uno del otro. El problema es que todo parece tremendamente forzado. El pacto de amistad se sella en una escena absurda en que Batman se desenmascara frente a Hal Jordan y le dice quién es. Somos sometidos a la escuela de caracterización Geoff Johns, en el cual todos los personajes son reducidos a un rasgo característico que luego es machacado una y otra vez convirtiéndose en toda su motivación. De algún modo, en la idea de amistad dentro de un equipo y en cierta caracterización que resalta lo peculiar de cada personaje, ésta Liga parecería tomar una página de los New Avengers de Bendis, una vez más atrasando con los tiempos. Es otro ejemplo de la rara mezcla de viejo y viejo del New DCU. Es como un hombre de setenta años vistiendo las ropas de un tipo de cuarenta. Una pátina de pintura noventista ya rancia sobre ideas de los ochenta.

El problema es que un universo ficcional es una cosa frágil, y cuando reseteas y reacomodás las piezas, al principio nunca va a parecer una cosa natural. Y tarde o temprano, el orden natural se reimpone. Este primer arco sirve, además, como origen de Cyborg, que ahora es un miembro imprescindible de la Liga, a pesar de que nunca se nos muestre el por qué con acciones. Es el clásico implante que intenta refrescar con la renovación de una pieza un conjunto de ideas nada nuevas. Es un pedazo de aglomerado fácil de cambiar de nuevo.

Lo que creo haber descubierto escribiendo esto es que la Liga es un animal muy extraño: no tiene concepto y funciona mejor cuando 1) o esa falta de concepto está a la vista y no se intenta hacer nada con sus personajes (la JLA de Morrison) o 2) cuando se la cambia tanto que su concepto es otro y prácticamente podría no ser la Liga (Giffen). No podés tener a Superman, Batman, Wonder Woman y etc. y pretender cambiar su dinámica o volverlos amigos o amantes. Si podés contar grandes historias cósmicas totalmente vacías de sentimiento. No podés tener avance y espectáculo al mismo tiempo. Al menos no en la Liga. Y esa es la espada en la que generaciones de guionistas procedentes de las fabricas de carne de la industria del comic norteamericano se van a seguir inmolando por siempre. 

jueves, 31 de enero de 2013

El Proyecto JLA (Parte 02).


Justice League #01 (1987).

Bueno, acá tenemos, al fin, el inicio de otra era de grandeza para la Liga de la Justicia. ¡Lo dice ahí en la tapa! Más allá de eso, y de los trucos de la nostalgia (yo comencé a leer comics prácticamente gracias a esta Liga) la verdad que la Liga de Giffen, DeMatteis, Maguire y etc. es uno de los grandes ejemplos de cómo construir un grupo de superhéroes con majestuosidad, humor, relaciones interpersonales, grandes dibujos, sin perder ni el sentido de la amenaza ni el sentido de lo cósmico de un universo compartido.

Desde las primeras páginas de este primer número, nos damos cuenta de que Giffen y compañía están decididos a concretar lo que intento tan catastróficamente Conway: un grupo verdaderamente diverso. Pero en vez de entender esa diversidad sobre la base de caricaturas étnicas preconcebidas, lo que hacen es tomar la enorme diversidad del DCU post-Crisis. Entonces tenemos un grupo que incorpora a Captain Marvel (de Fawcett, antes de Tierra-S); al Blue Beetle (de Charlton, antes de Tierra-Q); a una creación de Kirby que antes había estado relegada a papeles secundarios (Mister Miracle); al Dr. Fate y Black Canary, personajes generalmente relacionados con la JSA; a la nueva Doctora Light, producto secundario de la Crisis; y los mezcla con un Batman totalmente ejecutivo, Martian Manhunter y un Green Lantern inesperado en la figura de Guy Gardner. Es, en otras palabras, una paleta muy amplia de lo que era el Universo DC en ese entonces.

La tensión entre grandes y pequeños, en este caso, está tirada decididamente para el lado de los pequeños, y esa será una constante en la Liga de Giffen. Los mejores momentos están protagonizados por personajes por los cuales antes nadie daba nada y a quién ellos lograron hacer famosos. Con la curiosa consecuencia de que quedaron tan asociados a la JLA de este período que tampoco fueron grandes estrellas en solitario, sino en un grupo, algo bastante conmovedor, si me preguntan a mi.

La Liga de Giffen & DeMatteis, por otro lado, ha pasado con justicia a la historia por su concepto de lo que un grupo de superhéroes es, concepto que ha sido básicamente traducido como “una sitcom con trajes”. En parte esto es verdad, pero en realidad esta Liga nunca deja de lado las aventuras-en-las-que-el-destino-del-mundo-está-en-juego ni los momentos dramáticos. Ahí está Despero, Darkseid (un Darkseid más amable, pero Darkseid al fin), The Extremists o la nueva Queen Bee para comprobarlo. Lo que en realidad hicieron fue llevar la caracterización a una situación post-Claremontiana/Marvwolfiana. Si los héroes podían angustiarse y sufrir por amor, seguramente podían reír también. Y descubrieron que explotando ese costado usualmente reprimido podían completar las aristas de personalidad de muchos sujetos que antes habían sido sencillamente un papel en blanco. Por ejemplo: ¿alguien estaría en desacuerdo que la obsesión de J’onn J’onzz por las Oreo lo humaniza de una manera que cientos de años escribiendo sobre sacrificios marcianos no lo hicieron?

El dibujo de Maguire, por otro lado, es otra cosa muy diferente a lo que venía sucediendo antes en el título. Sostiene la línea clara que siempre caracterizó a la Liga, pero le agrega un lenguaje corporal enorme, unos rasgos faciales siempre en mutación y claridad y la sensación de que uno está leyendo tipos vestidos y no pintados encima. Además de ser un narrador superlativo que en aquel entonces aún dibujaba bastantes fondos. Al mismo tiempo, la Liga demuestra ser un comic de su tiempo al apropiarse de varias técnicas narrativas empleadas en The Dark Knight Returns y Watchmen, siendo los principales la utilización de cuadros más pequeños (que por momentos se acerca al nine-panel-grid, que Giffen hará suyo en la Legion de Superheroes de los 5 years later) y el uso de paneles como si fuesen pantallas de televisión, una manera útil de descargar información y construir un mundo empleada con gran efecto por Miller.

La Liga se completa con ese enorme personaje, ese verdadero hallazgo de los 80s que es Maxwell Lord, en el cual se plasma esa aspiración eterna de los grupos de superhéroes: el enlace humano. El rol que antes habían cumplido Jarvis, Jane Loring o Sue Dibny acá es tomado por un personaje que comienza siendo la destilación del empresario tiburonesco ochentoso, guiando los destinos de la Liga desde su Torre de Cristal. Es él quién elimina el “America” de la Liga, impulsando su internacionalización. Es otro merito de Giffen y DeMatteis el haberse encariñado tanto con él que prefirieron hacerlo un héroe antes que matarlo, convertirlo en otro alegre bufón con corazón totalmente inmiscuido en las idas y vueltas de la Liga. Su tratamiento posterior es otro de la (larguísima) lista de crímenes del Régimen DiDio.

La reformulación de la Liga trajo bajo el brazo una reconstrucción de su origen, publicado en Secret Origins #32 (1988) con los muy lindo dibujos de Eric Shanower, guión de Giffen y diálogos muy entretenidos de Peter David. El origen es más o menos el mismo (7 aliens de Appellax llegan a la tierra y tienen que luchar por ver quién tiene el honor de ser el próximo rey) pero con un diseño de aliens un poquito mejor y unos diálogos graciosos que entran dentro del estilo JLI. Todos los héroes, por supuesto, tienen un poco más de personalidad que en Justice League #09, pero el cambio más importante es el dictamen editorial que dictamina que Wonder Woman (ni Superman, ni Batman) podrían haber formado parte de la Liga desde sus inicios porque sus carreras se iniciaban a mitad de los 80s, luego de la Crisis. Entonces, la solución fue incorporar a Black Canary como miembro fundador. Y la verdad, que quieren que les diga, este es uno de los cambios más agradables que tuvo la Liga post Crisis. A mi Black Canary me parece un personaje infinitamente más agradable que Wonder Woman, divertida, simpática, con personalidad y sexualidad que la Wonder Woman pre-Perez solo tenía en un puñado de casos. Sobre este template, años después, Mark Waid construiría la genialidad que es “JLA: Year One”.

Además, por favor, tiene una de las tapas más icónicas de los últimos 30 años.



Justice League Spectacular #01 (1992).

Pero todas las cosas buenas tienen que terminar, y como tal, el run de Giffen, DeMatteis y compañía en la Justice League terminó en 1992, luego de cinco años de historias excelentes, BWA-HA-HA-HA-HAS a montones, personajes revalorizados y grandes y pequeños momentos. ¿Cómo se seguía un período que por muchos sigue siendo considerado clásico? DC Comics decidió resolver este problema poniendo a Dan Jurgens al frente.

Ahora, bien, quizás a ustedes Dan Jurgens les parezca un perdedor, un vejete, un has-been. Pero tienen que entender que en 1992 Dan Jurgens era, en DC, uno de los creadores más hot del momento. Llevaba adelante los destinos de Superman, con bastante gracia y nivel, desde el momento en que John Byrne había abandonado al Man Of Steel sin cumplir ni la mitad de todo lo que había prometido. Tenía un estilo de dibujo limpio, repleto de colores primarios y capaz de manipular grandes escenas de muchos personajes, algo que recordaba a George Perez (y al mismo Byrne), pero más brillante, casi te diría en la línea de un tipo de Image que sabía de anatomía. Hay que entender que a Dan Jurgens se lo robó Marvel en algún momento de 1995 para que escriba Spider-Man (en pleno caos de la Saga del Clon) y fue un gran evento (Jurgens huiría despavorido al ver lo que era Marvel en ese momento, volviendo a los brazos de Superman).

Entonces, no es casualidad que nuestro autor decidiese construir su Liga alrededor de El Hombre de Acero, prácticamente el único héroe de los “Grandes Siete” (Superman, Batman, Wonder Woman, Aquaman, Flash, Green Lantern y Martian Manhunter) que no había aparecido en la Liga de Giffen. Su número de relanzamiento sigue más o menos el template de “Justice League #01”: un grupo de héroes, en un mundo en el que la Liga se desbandó, se reúne para combatir una amenaza que ha sido esponsoreada desde las sombras por un personaje oscuro. La diferencia es que si en el caso de Giffen este era Maxwell Lord, sujeto que luego se volvió importante en su propio derecho, en el caso de Jurgens es… el Weapons Master, un villano de segunda de la serie original. Los héroes triunfan y, en el período de dos cuadritos, deciden mantenerse juntos, a pesar de que Superman 10 páginas antes había declarado solemnemente que trabajaba mejor solo.

Todo en el período de Dan al frente del supergrupo se lee así: como un remix de segunda categoría de un montón de etapas con una pátina noventosa. Por algo el número más recordado es aquel en el cual la Liga es totalmente destrozada por Doomsday, como preparación para la Muerte de Superman. La Liga pasa de ser el grupo más poderoso (o al menos el más divertido) de DC a un apéndice de Clark Kent.

Lo otro por lo cual es recordada la Liga de Jurgens es por la aparición memorable del ¡personaje hallazgo de 1993: Bloodwynd! (Si, Bloodwynd con i griega). Este sujeto, fue el único agregado original de Jurgens, con una historia más retorcida que la mierda, que más o menos va así: un grupo de esclavos, sujetos al dueño de una plantación sádico y malvado crearon una “Gema De Sangre” con la cual logran matarlo. Esta gema es luego pasada de generación en generación, mientras en su interior el espíritu del dueño de la plantación se transforma en “Rott”, un demonio. El demonio finalmente lograba succionar al Bloodwynd original dentro de la gema y apoderarse de J’onn J’onzz, obligándolo a usarla y a buscar una fuente de energía para liberarlo. Es el típico personaje espantosamente concebido de los noventas: nombre fonéticamente incorrecto, referencias absurdas a alguna tragedia real, orígenes retorcidos que combinaban magia EXXXTREMA y violencia y un pasado misterioso. Luego de que Jurgens dejara la serie, lo utilizarían un par de escritores más hasta que entrase en un merecido y bendito limbo.

De más esta decir que la Liga de Jurgens (que por otro lado es muy corta, 20 números o algo así) no ha pasado a la historia bajo ninguna forma. Es, antes que otra cosa, el preludio de una etapa oscurísima, patética y llena de tics de los 90s cuya expresión más acabada veremos a continuación.




Justice League of America #00, Justice League Task Force #00, Extreme Justice #00 (1994).

Nada habla peor de un relanzamiento que iniciarlo con un retcon. Y eso fue exactamente lo que sucedió en este caso. Todo se inicia en Justice League of America 92, Justice League Task Force 16 y Justice League International 68. En esos tres números de golpe aparece un personajito llamado Will MacIntyre que supuestamente había participado en la primera aventura de la Liga y luego había sido desplazado en el tiempo. Libre al fin (producto de Zero Hour, cuando Zero Hour se suponía que iba a ser algo importante) Will se encuentra con un equipo de la Liga compuesto por gente como Tasmanian Devil y L-Ron en el cuerpo de Despero, un equipo de mierda al que él tampoco contribuye con su insoportable actitud soberbia y sus estúpidos poderes que tienen algo que ver con el magnetismo de la tierra o algo así. Sin embargo, logran triunfar contra unos aliens que parecen gelatina de uva y justo cuando estaban a punto de bien venir al idiota este, la página se pone en blanco por Zero Hour, que tenía esa gracia, como los números de Invasion que eran tie ins de la Gene Bomb tenían la gracia de que tenían un par de páginas pintadas en NEGATIVO. Los cross-overs, siempre a la vanguardia de la utilización de la novedosa tecnología de la imprenta en formas inventivas.

De más está decir que, a esta altura, de la Liga de Giffen solo quedaban un par de nombres, un instinto devaluado de hacer malos chistes y la idea de que la Liga se podía sostener solo con segundones y sin ningún tipo de talento. No debemos, sin embargo, ser tan duros con el equipo creativo de la época, compuesto por algunos tipos muy buenos como Mark Waid y Christopher Priest (y por Howard Porter). Pero DC Comics en ese tiempo no tenía una idea muy clara de que es lo que quería que fuese la JLA, más que ordenar personajes de manera aleatoria en distintos equipos, porque había que mantener al menos tres series, un legado del éxito de la era Giffen pero también del exitoso ejemplo de los X-Men.

Luego de Zero Hour, las cartas cayeron así: en primer lugar, un equipo liderado por Wonder Woman con varios segundones, Flash y Nuklon y Obsidian. Debo decir que yo siempre le vi potencial a este grupo, a pesar de que jamás llegó a cumplirlo. Me gusta mucho el segundo look de Metamorpho, me gusta cuando los héroes adolescentes se gradúan a equipos “grandes”, me gustaba ese Hawkman medio salvaje e indígena que había salido de Zero Hour. En segundo lugar, un grupo llamado Justice League Task Force que era como un “equipo en entrenamiento” dirigido por el Martian Manhunter, que contaba entre sus filas al joven y promisorio Triumph al lado de “viejas glorias” como Gipsy (lo cual te hace preguntar: si 10 años después de la Liga de Detroit Gipsy aún es considerada material de entrenamiento, ¿qué tan laxos eran los estándares de Aquaman, que la dejó entrar así como así?). Obviamente este equipo nunca llegó a ningún lado.

Y, por último pero no por ello menos importante, EXXXTREEEEMEEEE JUSTICE. Liderado por el Capitán Atom, con Booster Gold en una armadura ridícula, Blue Beetle caminando como un insecto y con ojos gigantes, Maxima y un negro. Con dibujos dinámicos de Marc Campos, también conocido como el hijo ilegítimo de Rob Liefeld y Bart Sears, de la escuela internacional de músculos + cromado, y guiones del afamado mundialmente Dan Vado, esta serie lamentablemente no duraría mucho más de una docena de números.

El jóven Triumph finalmente venderá su alma al diablo pero de manera tan patética que ni siquiera se dará cuenta, y luego terminará viviendo en las calles y siendo engañado por un pequeño duende de la quinta dimensión. Al final, la estatua de hielo que alguna vez fue su cuerpo será destruida porque Grant Morrison se olvidó de sacarla de los cuarteles generales de la Liga antes de volarlos por los aires.

(Próxima y última entrega: de Morrison a Johns, con un hijo de puta en el medio).